
Enrique Garrido
Existen situaciones que ponen en entredicho la noción de una vida fácil gritada por los entusiastas del coaching, o, como diría John Lennon, “la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”. Controlar todo es una idea atractiva para los que vivimos en constante ansiedad, ese monstruo insaciable, un Pennywise que puede tomar cualquier forma y se alimenta de nuestros más profundos miedos, muchas veces provenientes de la infancia. Así, resulta complicado admitir que hay cosas que van más allá de nuestras manos como la muerte, la economía, las guerras, el hambre, el cambio climático o los resultados en el fútbol; sin embargo, ¿qué hacer frente a aquello que, se supone, sí está en nuestras manos como puede ser evitar una discusión, escribir una columna o ser anfitrión de una fiesta?
En el año 2000, el director Roland Joffé trajo a la pantalla la vida de François Vatel, un cocinero y maitre francés, famoso por haber inventado la crema chantillí (fundamental en la historia) en el castillo del mismo nombre y por ser alguien conocido por organizar, de manera obsesiva, banquetes reales. La película retrata la preparación y supervisión de un banquete que ofrece el príncipe de Condé para buscar recobrar los favores del rey Luis XIV de Francia. Frente a una necesidad tan grande, la demanda de perfección se vuelve insostenible.
Sin duda, hay gente que lo disfruta pues son santos contemporáneos, seres con la capacidad de abandonar su placer por el de los otros, entregarse para que los demás tengan una experiencia grata y recuerdos inolvidables de cualquier evento. Ser anfitrión debería garantizar un retablo. Personalmente, la inmortalidad y veneración nunca han sido mi meta. Desde hace unos meses me ha tocado ser anfitrión de distintos eventos y confirmo lo antes dicho: disfruto de las fiestas, pero no las mías.
Nunca he confiado, ni confiaré, en los que dicen que la ansiedad y la organización, juntas, tienen grandes resultados. Las fiestas son un gran ejemplo. Los grandes anfitriones, desde su experiencia, dicen que todo se resuelve con anticipación y planeación, pero, ¿cómo planificar el caos? Por más que uno lo busque, siempre algo sale mal. Ni siquiera a Dios le funcionó con la humanidad. El caos siempre le ganará al orden. De modo que la comida se empezará a quemar, los invitados llegarán tarde, o muy temprano, faltan vasos, platos e invitados; sobran manteles, piñatas, sillas y contratiempos. Quizás saber lidiar con esto te hace más fuerte ante la adversidad, sin embargo, entre más fiestas me tocan, más grande es mi ansiedad.
Quien espera tener el control total de una fiesta es el primero en perder el control, por lo que es mejor dejar que las cosas pasen. Como una avalancha o una tormenta, las fiestas suceden, y lo que sea que vaya a salir mal, saldrá mal; no obstante, también el caos tiene algo de amigable y la improvisación es el ingrediente de las mejores anécdotas. Al final, uno tiene que soltar. Una de las fiestas que me tocó atender incluía una piñata. En medio de los cantos y palazos, sentí envidia, pues, después de la golpiza, su trabajo terminaba y a mí, me faltaba un rato.