
Óscar Édgar López
Lectores míos, dos, uno o el viento mismo: me confieso a ustedes. La terapia es cara y las drogas en esta etapa de mi vida no me vienen bien, salvo el porro que es canasta básica y la cerveza que es derecho humano, no consumo nada más que sea llave de las puertas de la percepción, ¿los cacahuates japoneses contarán como droga dura? Me he sentido fatal esta semana, apenas hoy que ya es viernes comienzo mi diatriba para esta columna, he sido víctima de un poderoso virus en el tracto urinario, aparte de atravesar momentos de harto hartazgo en mi chamba como profe de preparatoria rural, cada año que soy más viejo soporto menos a los adolescentes, el choque generacional aprieta más su abrazo y me hace aparecer a los ojos de los zagales como un rechoncho anciano de barba cana; canoso desde los veintiséis, pero anciano aún no, para mamá y papá aún soy un mozalbete de casi cuarenta, aun así cada día aguanto menos los berridos de los “tumbados” y las cursilerías de las “floricientas”. Siempre he sido un tristón, más por deporte que por real afectación, me gusta la estampa del romántico atormentado, aunque a estas alturas soy más un Homero Simpson que un Edgar Allan Poe.
Paso mucho tiempo solo y, aunque lo disfruto, el soliloquio es una poderosa arma de autodestrucción: masco una y otra vez los traumas de mi niñez, me reprocho cada error con detalle obsesivo, pienso con horror en el futuro de mis seres queridos y hablo con mis gatos, a los que debo tener hartos y por eso buscan romances con el silencio en el balcón bañado de luz de este subtrópico que es Tabasco, Zacatecas.
Rememoro los paisajes de mi vida, exceptuando los que he visitado como turista o visitante, me doy cuenta que soy una rata de campo, que he crecido entre huizaches y nopaleras, un ratón de la estepa, cálida y polvosa estepa del centro de México. Tengo esta tristeza de tuna reseca, esta melancolía como baba de nopal, este dolor placentero como espina de maguey retorcida y es que a lo Neruda “me canso de ser hombre”, de ser un humano en el gran espectáculo, no pretendo la eternidad ni coqueteo con la gloria, espero tener la dicha del siguiente beso, el siguiente desayuno y el siguiente día, hasta que el tren se detenga y no vea más los barbechos de mi infancia.
Este paisaje miniatura que pintó el artista Manuel Sánchez me ha transportado hacia los mencionados rincones, es una pieza ejecutada con estilo impresionista (un poco Joaquín Clausell y otro poco Dr. Atl), nótese el protagonismo de la luz y el cómo la nopalera parece salir del soporte por el magnífico juego tonal de la paleta, del azul al verde limón. Al centro del cactus un poste de hormigón parte la composición y entonces el paisaje no es más un idilio vegetal, sino una magra estampa de nuestra época, la mancha urbana no respeta romanticismos, hay que humanizarlo todo, hay que pisotearlo todo con nuestras botas de concreto.
Manuel Sánchez es un artista con una disciplina encomiable, lo mismo pinta murales que preciosas miniaturas, su trabajo discursa acerca de la plaga humana y su degeneración habitual: la voracidad de las ciudades, la paz chicha de los suburbios a las tres de la tarde, los solares baldíos como huellas del tiempo y la absurda pretensión de poseer. Estos rasgos hacen de la obra de Sánchez un “aleph” a donde todos vamos a vaciar la mirada, sin duda un artista al que hay que poner atención y seguir expectantes su producción futura.