
Óscar Édgar López
Una obra de arte no es nada más la materia con la que se produce, ni los soportes, mucho menos los costos de los insumos o la ausencia total de ellos, lo son la emoción y la intuición en el momento de ser captada por la consciencia humana; un Vermeer no es especial sólo por su “factura”, pues ésta es el medio. Existen miles de copistas de pinturas y pintores, los hay incluso quienes realizan estas reproducciones en graffiti, sobre cartón común, en tatuaje… No es la técnica, ni es la maniera, la obra sólo se realiza (es) en el momento en que se percibe. ¿El plátano pegado con cinta plata de Cattelan es arte?, sí, porque impacta sobre las percepciones, porque mueve a la opinión, porque desata abucheos y fanfarrias, porque incita a la acción, promueve la burla y la discusión. La obra no es sólo la fruta, la cinta y los miles de dólares en se valúa, también, y más importante, es el diálogo que abre. Las obras que están en los museos suscitan ya muy pocos alegatos, si acaso entre un puñado de expertos de pelo cano y pipa, en cambio los atrevimientos del arte contemporáneo inician incendios y procuran bomberos por millares, unos atizan el fuego y otros intentan controlar su ígnea marejada.
En el año 2012 la artista Cath Zuñiga realizó lo que ella llama una pieza de “arte relacional”: Valdríalapenaintentarlo.com, para el que diseñó artefactos luminiscentes dentro de botellas rotuladas con el título del proyecto. Fabricó 100 dispositivos y los puso a disposición de los transeúntes en calles y plazas aleatorios en la ciudad de Zacatecas y otros entre conocidos y asistentes a un bazar de creativos; los que aceptaran la invitación debían escribir un mensaje “desde su subjetividad […] y meterlo en la botella”. Con el apoyo de un ingeniero en sistemas la artista creó una página web en la que recibiría los mismos mensajes, y respuestas, pero ahora escritos por aquellos que los encontrarían al ver un refulgente brillo entre el pasto y el asfalto, así se crearía una conversación, quizá muy íntima, entre dos desconocidos.
Zuñiga dice que la respuesta “no fue muy buena”, pues de los 100 artefactos sólo recibió 20 mensajes en la página web… Es entonces que la pieza cobra vida y se “realiza”, pues se presentó un incidente que, aparte de concretar los esfuerzos de la creadora, puso de manifiesto la paranoia, el miedo y el estrés social con el que ya empezábamos a convivir de forma cotidiana en Zacatecas, por los concurrentes actos de violencia: balaceras, incendios, retenes, siembra de cadáveres. Algún morboso despistado u otro influido por el miedo, denunciaron a la policía municipal el hallazgo de unas botellas con lo que parecía ser un mecanismo explosivo, una famosa página de amarillismo ramplón en Facebook publicó la noticia, alegando la siembra de “bombas”, estuvieron a nada de llamar al escuadrón anti-terrorismo, pero los agentes municipales vieron frustrados sus anhelos de emular a Robocop al descubrir que se trataba de vidrio, papel y un foquito como los de las series navideñas. La página amarilla contactó a Zúñiga, quien explicó su pieza, pero estos, quizá decepcionados al no clavar el colmillo en el rojo sangre habitual, no prestaron más atención y no brindaron el apoyo solicitado para dar a conocer la verdad acerca de esta intervención artística.
La obra de Cath Zuñiga sacudió el cuerpo de algunos transeúntes, las burlas de otros y la obnubilación de algunos más, demostró que, en efecto, “valió la pena intentarlo” porque la obra de arte cobró vida, se metió en el pensamiento de algunos y demostró en qué grado nos tiene enfermos la narco-violencia; así la materialidad de la pieza no hace a la pieza, sólo su vehículo.