
Un teléfono rojo en una cabina amarilla resalta por el contraste, alrededor no fluyen las palabras, pues la boca está sellada y tampoco hay ojos; la cerradura –que también hace de cripta- toma el lugar de lo que se tiene qué decir y abruma la sensación, pues se sofoca el verbo antes de devenir en mensaje. Sin embargo, existe la esperanza: forma de llave, fondo de elección que pudiera estar equivocada. El lenguaje de los sueños se nos revela en las manos que entran o salen –difícil saberlo- de una cajita que bien pudiera ser purgatorio, pantano o simple rincón onírico en medio de una sala. También hay peces que aparentan ser sólidos, sensaciones contrarias, cuerpos a medias, ángeles que sobresalen a edificios.
¿De qué materia están hechos los sueños? ¿Cómo tomar un cachito de aquello que nos acompaña solitarios en las actividades nocturnas o en las disociaciones de cada día? ¿Cómo nombrar aquello que no alcanza a convertirse en concepto? Y, sobre todo, ¿cómo encajonar aquello que no es éter, materia ni transportable? Marbella Melo tiene la clave: el arte.
Ella se convierte en sibila, oráculo e intérprete. Su obra no es fácil de descifrar, pero sus Cajas de sueños nos invitan a ver a través de las ventanas de un edificio rosa los circuitos que acompañan una pluma amarilla. Tal vez si intentara explicar el arte de esta mujer diría más allá de lo real, pero tropezaría con los conceptos y las sensaciones no son fáciles de detallar. Tal vez si intentara explicar a esta artista diría que, efectivamente, ver su obra se siente como el despertar de un sueño y que ese sueño se ha petrificado en una pequeña cajita para llevarlo sobre sí por el camino que tenemos por delante y que apenas comienza a ser horizonte.
Es por esto, estimados lectores, que en esta edición los invitamos a entrar con los poros receptivos, a tomar un cubito de madera para materializar un pedacito de cielo, de mar o de arena, guardar el tiempo, los jabalíes o la pradera, los miedos y el sigilo, las palabras convertidas en imágenes. También les abrimos la puerta para que tomen una taza de té con Elizabeth Alvarado García, quien con voz más elocuente nos da una probadita de lo que significan las Cajas de los sueños de Marbella Melo.
Además, si de lenguajes y procesos internos hablamos, también le traemos una bella reflexión de Ezequiel Carlos Campos sobre la voz interior que surge en nosotros cuando leemos, ese diálogo que se tiene uno a uno con el autor y uno a uno con nosotros mismos cuando las letras mutan en seres vivos que nacen de la vista, pero no viajan sin sonido: somos escuchándonos a nosotros mismos.
Y, como estamos muy misteriosos en este número, les presentamos también “La ciencia de proteger secretos: criptografía y materiales nanoestructurados”, en la pluma de nuestra colaboradora Perla Yanet Rosales Medina. No sólo eso, también nos enfrentamos con la crítica audaz de no nombrar lo que es aparente con “La mujer invisible o el fantástico lenguaje invisibilizante” de Leonardo Cardona García.
Y como aquí ya hablamos de ciencia, lenguaje y mensajes, Alberto Avendaño se aventura a hablarnos de la Inteligencia Artificial y la poesía, ¿qué nos depara, simples poetas mortales, con una herramienta como el ChatGPT? ¿Estamos destinados a vivir “La rebelión de las máquinas”?
Sin spoilers, como muestra de lo que yo también opino, les dejamos a nuestro querido Ibán de León, quien nos viene a demostrar que ninguna máquina puede alcanzar lo que sólo un oráculo viviente tiene qué decir y que jamás la Inteligencia Artificial alcanzará para escribir veo a mamá y ya no reconozco este lugar que fue mi casa en otro tiempo.
No lo olviden, juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero