
SARA ANDRADE
La primera vez que vi a alguien muerto fue en el funeral de mi bisabuela. Nunca la conocí. Ni siquiera me sabía su nombre. Cuando llevaron su caja al panteón, lo abrieron por última vez y, entre la bola de tíos, primos, vecinos y amigos de los amigos, me acuerdo que me empujaron hasta el frente, porque yo también tenía curiosidad de saber por qué la gente lloraba tanto. Dentro vi el cuerpo de aquella mujer, que había compartido mi sangre, la abuela de mi mamá, la mamá de mi abuelo. Tenía el pelo larguísimo, iba vestida de fantasma. Me asustó verla diferente. No era una vieja dormida, era el cadáver de una persona. Una diferencia enorme, incalculable, incomprensible. Es imposible engañar a los sentidos de que quien está delante de ti no está vivo. Es una sensación conmovedora y espantosa.
No sé muchas cosas respecto a la muerte. Nunca he escuchado estertores de muerte, nunca he escuchado el pitido de un paro cardíaco, nunca he tocado la piel endurecida del post-mortem. He visto los huesos de un esqueleto, el cerebro de un humano, pero solamente en el ambiente clínico y escolar de un laboratorio. Pero es diferente ¿no? Un esqueleto y un cerebro en formol, separados de la carne, del gore de estar vivo. Una parte aislada, sin contexto, de esto mismo que yo llevo dentro y que me compone. No es lo mismo verlo todo junto, quieto, detenido para siempre, sin ser nada más que eso, un cuerpo y ya. Sin palabras y sin gestos, sin sentimientos y sin malos hábitos.
No me puedo imaginar, entonces, la labor de las madres buscadoras. Cada hueso que encuentran es una posibilidad. Cada zapato, cada pantalón, cada mochila llena de arena, es una certidumbre. Para ellas, el rostro abyecto de la muerte es un paso más a la resolución de su pena. ¿Será este hueso blanco un pedazo de mi hijo? ¿Serán estos tenis llenos de tierra los que usó mi hija antes de desaparecer? Cuando lo único que te queda entre el dolor y la justicia es el olor de la descomposición, torcer la cara hacia un lado no es posible. Debes hacerle frente al horror de la fosa común. Debes vencer el tabú de tocar aquello que está muerto. Debes destruir el miedo y caminar entre espinos y tierra roja y debes comenzar a cavar con las manos. La muerte es lo único que les queda, realmente. Los muertos, despedazados en formas irreconocibles, son los únicos que les responden. Los cerros y las casas abandonadas se han convertido en anti-panteones, donde los que ya fallecieron no regresan a visitar a los vivos, sino los vivos son los que los buscan, para regresarlos al nicho de la palabra, para devolverles el nombre, para tocarlos por última vez y despedirse de la esperanza, pequeña, casi inservible, de que quizá, quizá, están vivos, en otra parte, muy lejos, pero vivos, calientes, gesticulando, con su ropa todavía puesta, pensando en ellos también.
No soy tan valiente como las madres buscadoras que se enfrentan diario a la muerte y, mi petición de hoy, es que ellas tampoco tengan que serlo y que la única valentía que ejerzan sea la de ver crecer a sus hijos, felices y completos, hasta que la muerte nos lleve a todos, naturalmente, como siempre ha sido.