
SARA ANDRADE
Terminé el mes pasado de leer la saga de las Dos Amigas de Elena Ferrante y apenas hoy me siento valiente para escribir un poco lo que su lectura me afectó. Muy pocas veces me encuentro ante una serie de libros que me apelen de una manera tan precisa: sus temas, su estilo, sus imágenes, sus intenciones. Me parecía que estaba leyendo algo que solamente yo podía descifrar o entender de manera total. Incluso aunque fuera la historia de dos mujeres en Nápoles, Italia. Quiero suponer que esa es la experiencia con los buenos libros. Los tomas, los lees y te das cuenta de que entre las letras y los signos de puntuación hay algo parecido a un espejo. Estás tú allí y la historia está acá contigo. Se forma un canal de comunicación precioso y la lectura se convierte en una experiencia total.
De todas las cosas que podríamos decir de Elena Ferrante y de su obra, lo que quiero rescatar en esta columna es su obsesión por hablar de su tierra natal. Nápoles está en todas sus novelas, pero es un personaje principal y necesario en su tetralogía de las Dos Amigas. En sí, la trama de estas novelas aparenta ser sencilla: Lenù y Lila son dos amigas en un barrio de clase baja en Nápoles, y solo una de ellas tiene la oportunidad de estudiar más allá de la primaria. Pero cuando terminas de leer el último libro “La niña perdida” te das cuenta de que acabas de recorrer una vida entera, un tratado sobre la amistad entre mujeres, una oda hacia la experiencia de vivir en una ciudad que te apresa mientras intentas apresarla de vuelta.
Me conmovió la honestidad con la que Ferrante se acercó a su ciudad. Nunca lo hizo desde el sentimentalismo ni el pesimismo. Nápoles aparece caótica, histórica, sucia, antigua, única y terrible. No es solamente el destino turístico de un gringo ruidoso, sino la casa de personas que se ven atravesadas por las circunstancias particulares de la ciudad. La corrupción, el Vesubio, el dialecto napolitano. Ferrante te lleva por toda la bahía, te mete en las vecindades, en las calles ricas, en las playas y las estaciones de autobús. Es una autora que nunca niega su origen y que intenta descubrirse partiendo desde ahí.
Además, se hace la pregunta que nos atormenta a todos, sobre todo a los zacatecanos: ¿Qué es mejor? ¿Irse o quedarse?
Y en la lectura yo veo razones a favor y en contra de cada opción. Veo a Lenù Greco, huyendo de la pobreza, de la violencia de su nacimiento. La veo estudiando en las grandes ciudades, apostándole a la universalidad que otorga la literatura. Pero también veo a Lila Cerullo, persistiendo y resistiendo desde Nápoles, negándose a explotar más allá de los confines conocidos de su casa, haciendo cambios reales en su contexto. Me veo a mí misma, encontrando similitudes en la geografía del Nápoles de Elena Ferrante y mi Zacatecas. Me debato también entre si irme o quedarme. Y al final, me quedo con la elección de Ferrante: si la ciudad en la que nací la cargo a todas partes, entonces más me vale sentarme y, con honestidad, escribir de ella.
No puedo recomendarles lo suficiente la lectura de estas novelas. Esta saga se convirtió de inmediato en una de mis favoritas y voy a estar pensando en Lenù, Lila y Nápoles por un largo, largo tiempo.