
Alberto Avendaño
Julián Herbert (Acapulco, 1971), quien nació con el ritmo atrabancado y preciso, como una máquina para cortar el pelo, o como un helicóptero que cada que hace girar sus hélices abre un tremendo incendio en los templos de la nada, nos presenta hoy La parte quemada (UAZ, 2023), un libro que lleva por corazón un chiste para poetas, pero no para cualquier poeta, en especial para los que comprenden el zen y el hermoso absurdo que provoca su eco.
Los poemas aquí incluidos traen un galgo en sus entrañas para poderlos hacer rápidos de leer, pero también precisos. Hay un montón de personajes y objetos marcándonos desde teléfonos públicos, algunos nos alientan a desechar las cosas pequeñas que podrían ser trascendentales, pero no nos damos cuenta “Vi al Buda meditar en / un pedazo de cebolla y / lo tiré a la basura”. Y otros nos hacen vislumbrar las conversaciones que no tendrán trascendencia, pero nos alientan a llegar al punto buscado “¿Y si fuera eso el amor: habernos separado?” Si a mí me marcara David Foster Wallace por cobrar desde el otro lado del suicidio y me pidiera le escribiera un poema con lo que sobra de mi nadir, le diría “yo no puedo escribir para los muertos con el humor que buscas, pero conozco al poeta perfecto, ¿sabes?, se llama Julián Herbert y está a mi lado esta noche”. También si me llamara la claridad, desde la confusa personalidad del lenguaje poético, y me pidiera “retratar el modo en que / las pequeñas experiencias se adhieren al lenguaje”, le diría que yo no comprendo nada de eso, pero Herbert sí.
En el libro hay una suerte de invocaciones psicofónicas, pero la que más pop hace en nuestras cabezas es la de Hart Crane, el poeta que llega nadando para confundirnos y no saber si su lugar en el libro es una oda o una elegía o tal vez un poco de todo, porque así es la vida: una confusión con mucho ritmo con tantas sorpresas como las de este libro.