
DAVID CASTAÑEDA ÁLVAREZ
Subes a una montaña. Gritas palabras en voz alta. El sonido rebota en las paredes y los árboles. Es el eco (eco, eco). Griegos y latinos representaron este fenómeno acústico a través de un mito. Eco era una ninfa que fue castigada por Hera, la esposa de Zeus, debido a que la distraía deliberadamente para que el padre de los dioses cortejara a otras ninfas. La furiosa esposa la condenó a repetir el último sonido de las palabras que dijera la gente. La ninfa sufrió un castigo más: se enamoró de Narciso quien, desdeñoso, sólo tenía ojos para él mismo.
Este mito griego lo reescribió, con múltiples alegorías religiosas, Sor Juana Inés de la Cruz en el auto sacramental El divino Narciso. Mis partes favoritas son cuando, en la obra, dialogan la Soberbia, El Amor Propio, Narciso y la ninfa para destacar, en ecos, los sentimientos de desamor de la propia Eco. Son conversaciones dramáticas donde se pone de relieve el sufrimiento de la ninfa. Aquí reproduzco un fragmento:
AMOR PROPIO: Pues eres tan sabia,
dinos qué accidentes
tienes, o qué sientes.
ECO: Tengo pena, rabia…
AMOR PROPIO: ¿Pues qué has echado de ver?
ECO: De ver.
SOBERBIA: ¿De qué estás así, o por qué?
ECO: Que.
AMOR PROPIO: ¿Hay novedad en Narciso?
ECO: Narciso
SOBERBIA: Dinos, ¿qué te hizo
para ese accidente,
o si es solamente…?
ECO: De ver que Narciso…
SOBERBIA: No desesperes aún…
ECO: Aún.
AMOR PROPIO: que aún puede dejar de ser…
ECO: Ser.
SOBERBIA: que ese barro quebradizo…
ECO: Quebradizo.
AMOR PROPIO: No logre su hechizo,
ni a su amante obligue.
Mas ¿Él a quién sigue?
ECO: A un ser quebradizo.
AMOR PROPIO: ¿Es posible que la quiere?
ECO: Quiere.
SOBERBIA: ¿Ese agravio me hace a mí?
ECO: A mí.
AMOR PROPIO: ¿Así por ella me agravia?
ECO: Me agravia.
[…]
ECO: Tengo pena, rabia,
de ver que Narciso
a un ser quebradizo
quiere, a mí me agravia.
En la literatura, el eco se ha usado como un recurso poético que juega con la significación y la sonoridad de las palabras para recombinar esas propias significaciones. Comúnmente, los poetas repetían el sonido de la última palabra de los versos y lo reproducían a manera de eco. La misma Sor Juana escribió un romance a la condesa de Galve donde el eco funcionaba como un encadenamiento del verso que le sigue:
En el mito griego, el eco es un castigo. Repetir lo mismo el otro hasta el cansancio. Eso es lo que orilla a la ninfa a aislarse para no reproducir los sonidos de los demás. Es un juego de reiteración de sonido que parece que responde lo mismo que decimos en voz alta. Quien escucha los ecos en la montaña cae en un hechizo de sonido, como si estuviéramos enamorados de nuestra propia voz. Y eso puede parecer otro castigo.
No obstante, el sonido en ecos nació en la naturaleza, los bosques, las oquedades y las alturas. Después este sonido migró al papel, fijado en el ritmo que tienen las palabras. El eco, como los juegos de ingenio que escribió Sor Juana, puede provocar conexiones mentales inusitadas: encadenación de imágenes sorpresivas, o bien, cadencias que permiten extensiones o prolongaciones de significados al interior de los versos. Dicho recurso todavía se utiliza en la música, por ejemplo, y cuando se logra, crea bellas armonías. Finalmente, dejo esta liga de una canción de El David Aguilar como otro ejemplo de los usos del eco. Nos leemos después. Pues. Es.