
ENRIQUE GARRIDO
¿Por qué escribir en un mundo que parece condenado al caos?, ¿acaso algo de lo que hacemos quienes nos dedicamos al arte puede cambiar al mundo?, ¿salvarlo?, ¿destruirlo?
Lo cuenta Elías Canetti en su libro Fiestas bajo las bombas. En una tarde lluviosa en Londres se encontró con Oskar Kokoschka, un pintor y poeta austríaco, famoso por sus retratos y paisajes expresionistas y quien en ese entonces vivía el infierno del exilio debido al régimen nazi. Al iniciar la charla, una confesión sin precedentes por parte del artista cimbró el ambiente: él era “el verdadero culpable del conflicto”.
¿Un pintor expresionista podría estar involucrado en un acontecimiento de esta magnitud?, ¿cómo ensamblan las piezas? Hitler quiso ser pintor. Se trataba de un deseo que le duró décadas. Pensaba que podía alcanzar la inmortalidad con su obra, iniciar nuevos estilos, fundar una escuela con su arte, sin embargo, Kokoschka y la mediocridad de un adolescente Adolf con ínfulas de dictador se cruzaron en su camino y alimentaron la frustración.
A mediados de 1907, junto con otros 112 candidatos, entre ellos Oskar, se presentó al examen de admisión de la Academia de Bellas Artes en Viena. El artista aprobó mientras que Hitler se quedó en el camino. Su problema es que, más allá de los paisajes bucólicos, no sabía representar figuras humanas. ¿Acaso eso fue la antesala de su deshumanización? Para Kokoschka, si hubiera sido al contrario, se hubiera perdido un gran artista, pero el peor genocida de la humanidad se hubiera dedicado a pintar acuarelas en vez de arrasar países.
¿Qué tan cerca se estuvo de cambiar la historia?, ¿cómo nos hubiera afectado? Existe un proverbio chino que dice “el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”. Cuando se busca darle orden al caos surgen las relaciones más inverosímiles, lo cerca que hemos estado de la catástrofe o de la salvación. Así, el meteorólogo Edward Lorenz planteó una teoría que aprecia el poder de lo sutil: el efecto mariposa. Resulta curioso o aterrador pensar qué tanto una decisión tan insignificante como ir del lado derecho o izquierdo de una calle determinó nuestro futuro, o el del mundo entero.
Somos seres dentro de un Malestrom temporal, miles de decisiones y acontecimientos nos determinan, entonces ¿se puede cambiar algo? El arte se mueve como una carta sin destinatario fijo, se siente cómoda dentro del caos y el azar. Se apela a que las ideas cambien aunque sea un poco el nublado panorama que nos rodea, mediante un sutil encuentro, pues todos recordamos la primera vez que un libro, una película o un cuadro cambió nuestra vida, amplió nuestra perspectiva.
¿Cuántos encuentros casuales conforman nuestras historias, cuántos rechazos constituyen nuestro destino? Así como la oscuridad invade nuestra realidad, allí donde el dolor y la maldad permea, también es importante buscar los encuentros con otros tipos de discursos, pues del mismo modo que una trayectoria frustrada en el arte pudo contribuir a una de las peores tragedias de la historia, también la sensibilidad de un poema o un fresco pueden rescatar a alguien de las sombras, sólo depende de qué lado aleteé la mariposa.