
Por: Victoria Laphond Domínguez
En la actualidad muy pocas veces caemos en cuenta que nuestra corporalidad es un territorio con un peso social, político, el cual entra a diario en una faena para luchar con el poder y hacer posible el acto de existir: llevar una vida posible. Hemos sido capaces de reducir —desmantelar— nuestra percepción como organismos sociales, por una nueva retórica donde lo erótico es pieza fundamental y el cuerpo es una máquina individual de consumo —casi de manera exclusiva para el placer.
A través de todos los canales de comunicación, desde afiches de revistas de moda hasta el cine, hemos vuelto al porno un objeto pop de nuestra cultura, aceptándolo en nuestro inconsciente colectivo. En esta masificación, el pudor se ha desdibujado hasta llegar a límites donde es normal ver cuerpos desmembrados —porque la sangre vende—, o enviar imágenes —consensuadas o no— de partes íntimas. Por ello podemos decir que vivimos en una especie de pornificación de lo cotidiano.
Por si fuera poco, en este despojo del ente personal, no dimensionamos la historia particular junto a los desafíos que enfrenta cada corporalidad. Escapamos a la idea que cada ser —unos más que otros— nos encontramos en una constante lucha por tener validez —consciente o inconsciente— dentro de esta necrosociedad, la cual criminaliza, invalida derechos y asesina de manera impune.
A lo largo de la historia han existido corporalidades periféricas, expuestas al rechazo —por tal en resistencia—. En este sentido, nosotras las mujeres, dentro de esta pornificación de lo cotidiano inserto en la necrosociedad, nos volvimos un territorio de placer o de muerte, se nos despojó de nuestra identidad para volvernos un objeto. Se nos exige un canon de belleza determinado donde no importa la radicalización de los métodos para llegar a ello —aunque se pueda fallecer en el intento—. Además, la juventud no se puede perder, por ello el botox, el ácido hialurónico, etc., son herramientas indispensables para mantener la piel tersa, seguir en el juego del deseo y mantenernos sexys ante el ojo del otro. Por si fuera poco, nos hemos acostumbrado a vivir con miedo, de ser atacadas o asesinadas y que nuestros cuerpos sean expuestos ante las cámaras de los medios de comunicación como si de trofeos se tratarán.
Además del peso social de ser mujer, ser parte de la disidencia sexo-genérica vuelve mi existencia en un acto de resistencia contra-sistémico, debido a que mi cuerpo en esta sociedad del espectáculo se ha vuelto parte del circo mediático, donde una parte hipersexualiza y me vuelve un fetiche, mientras que la otra busca mi exterminio —físico o social— por ser este “error”, el cual no encaja en los cánones preestablecidos. Tenemos una doble exigencia social, no sólo de ser bellas o provocativas, también que no se nos note el pasado cercano, lo cual lleva a un estado de ansiedad y de angustia progresiva por no alcanzar esto.
De manera lamentable, hemos condicionado nuestra existencia al placer instantáneo, frío y rápido de darle un swipe a la pantalla, estamos tan acostumbrados a lo instantáneo —como la comida— que en esencia nos volvimos comida rápida, sólo para comer y desechar.