
DAVID CASTAÑEDA ÁLVAREZ
A finales del siglo XIX y principios del XX, en México, se pueden contabilizar unos pocos poemas de largo aliento que ponen en el centro una meditación profunda sobre la muerte y el tiempo. Quizás el que inaugura esta tradición del poema filosófico contemporáneo sea “Ante un cadáver”, de Manuel Acuña, una obra en la que el yo poético se sitúa ni más ni menos que frente a una plancha donde yace un muerto. Otro gran poema de esta tesitura es Muerte sin fin, de José Gorostiza, del cual he hablado en otra ocasión en mi columna (véase ¡Hop!).
¿Qué sería entonces un poema filosófico contemporáneo? Al menos se pueden reconocer dos características. La primera, que es una pieza extensa y se constriñe a una métrica rigurosa (versos de siete, ocho y once sílabas, casi siempre; obras que sobrepasan los 100 o 200 versos). La segunda, que es un poema que justamente profundiza en el ser, el tiempo y la muerte como sustancias que se deterioran con el devenir de la vida misma.
Aquí me gustaría hablar de un tercer poema con estas características: Canto a un dios mineral, de Jorge Cuesta. Se trata de una obra compuesta por 37 estrofas de 6 versos cada una (222 versos en total) que, en temas y motivos, se asemeja a otros de sus contemporáneos tanto mexicanos como de otras latitudes. Estudiosos como Anthony Stanton o Evodio Escalante han emparentado esta pieza con los otros poemas que he referido, con el Primero sueño de Sor Juana, o con poemas mayores de la lengua francesa como Un golpe de dados, de Mallarmé, o Cementerio marino, de Valéry.
En efecto, Jorge Cuesta fue una rara avis en el panorama de las letras mexicanas de principios del siglo XX. Sus amigos (Gilberto Owen, Xavier Villaurrutia, José Gorostiza) le atribuían una inteligencia desbordante y un pensamiento quirúrgico. Cuesta veía la poesía como un sistema de coordenadas, más que una expresión de lo sensible. La poesía debía ser pura, es decir, desprovista de afectos y emociones. Es así que el tratamiento del lenguaje en Canto a un dios mineral evidencia esas ideas: una poesía hermética y difícil a nivel conceptual, pero no ilegible.
Imagina, amable lector, que eres un risco frente al mar. Observas la transparencia del horizonte. Mientras más se acerca, la nube se confunde con la espuma. Eres un ser inerte, pero vivo. Existen en tus entrañas una serie de leyes que te mantienen unido a ti mismo al mismo tiempo que te une con el mundo exterior. Así lo dice el poeta:
Como si fuera un sueño, pues sujeta,
no escapa de la física que aprieta
en la roca la entraña,
la penetra con sangres minerales
y la entrega en la piel de los cristales
a la luz, que la daña.
Como si la vida misma dañara tus paredes, los átomos minerales de los que te conformas comienzan a disolverse en la red transparente del agua. De esa manera transcurren los días o, por lo menos, cuando la luz alumbra lo visible. No obstante, cuando oscurece, la espuma misma y la profundidad liberan de su entraña un rumor extraño. Como de la nada, surge y emerge el lenguaje:
El lenguaje es sabor que entrega al labio
la entraña abierta a un gusto extraño y sabio:
despierta en la garganta;
su espíritu aún espeso al aire brota
y en la líquida masa donde flota
siente el espacio y canta.
Desde la entraña oscura, el lenguaje se multiplica en los recovecos de tus raíces de piedra (recuerda que eres un risco marino). El mar alimenta aquel idioma. Para Cuesta, ese lenguaje arde pues, pese a engendrarse en las concavidades sombrías, genera formas alumbradas:
Denso el silencio trague al negro, obscuro
rumor, como el sabor futuro
sólo la entraña guarde
y forme en sus recónditas moradas,
su sombra ceda formas alumbradas
a la palabra que arde.
Al contrario de seguir imaginando lo que digo, lo más prudente sería, querido lector, que continuaras con la lectura de este poema profundo y extraño para que presencies, directamente, la visión del dios mineral creado por Cuesta.
Nos leemos después.