
ENRIQUE GARRIDO
Erick (personificado por el genial Lon Chaney), un ser deforme, aislado y con una profundidad en el alma, secuestra a Cristine (Mary Philbin), una joven y bella actriz, quien se presenta en el Teatro de la Ópera Garnier de París durante una puesta en escena. Al mostrarle su talento en la música, ella se siente con la confianza de quitarle la máscara que cubre su rostro para quedar pasmada ante la deformidad que mantiene oculta. Ante el rechazo, él le dice: “Embriaga tu alma con mi fealdad maldita”. Se trata de El fantasma de la ópera, película de 1925, basada en la famosa obra de Gastón Leroux, una de las tantas historias que explora el aislamiento social como forma de lidiar con el rechazo, pero, ¿es ese el camino para todo aquello que no encaja en los cánones de belleza?
Viajemos en el tiempo, estamos en el 2012 y caminamos por las calles de Borja, un poblado muy pequeño y olvidado de España. Allí, en alguna de sus intricadas calles se encuentra el Santuario de la Misericordia, el cual alberga una obra de arte olvidada: en una de sus paredes se encuentra el fresco Ecce homo del pintor Elías García Martínez. Al no ser una obra tan reconocida, el paso del tiempo le ha cobrado factura y comenzó a verse deteriorado. Sin recursos, la única manera de restaurarlo fue confiarle el trabajo a la buena de Dios; una de sus hijas más devotas, Cecilia Giménez, con 81 años en ese entonces, se ofreció para restaurar la obra y sin técnica, pero con mucho corazón, puso manos a la obra.
Aquí se esperaría el milagro, la iluminación, pero no llegó. En su lugar, un rostro con una mirada que te juzga desde la deformidad, el Salvador rogando por salvarse a sí mismo. ¿Existe peor destino que la crucifixión? Al parecer en Borja lo descubrieron, pues ni Herodes se atrevió a tanto, y el hijo de Dios parecía sufrir la agonía del internet, cargar la cruz de los memes.
Según Umberto Eco, la fealdad debe ser entendida con relación a la belleza; no obstante, ambos términos siempre responden al momento histórico; se alimentan mutuamente, y no puede existir una categoría sin la otra; son sus contrapartes, se reflejan. Distanciarse de una es acercarse a otra, aunque, en nuestra sociedad superficial, el alejamiento de los cánones de belleza, de lo convencionalmente lindo, provoca rechazo, incluso repulsión u horror. Esta cualidad también es interesante, pues no responder a los cánones establecidos te aleja de lo convencional y te acerca a los creativo, a lo diferente.
En una época donde bodrios como Sin Título (Superama) de Gabriel Kuri, o Todos los buenos momentos que pasamos juntos de Alexandre Lavet son considerados arte y cuestan miles. El Ecce Homo de Borja destacó como el fenómeno artístico de la década, pues impulsó el turismo en el pueblo, además de que se repensaron los valores estéticos. Para el cineasta Álex de la Iglesia era el “icono de nuestra forma de ver el mundo”. Las entrevistas a Cecilia Giménez muestran el noble corazón de la mujer y la honestidad con la que realizó el trabajo, quizá eso es lo que nos haga disfrutarla más, pues, pese a que no cumple con las normas estéticas, tiene menos pretensión que todos los museos del mundo.
Tal vez si el fantasma de la ópera no se hubiera ocultado y tuviera memes, hoy sería una celebridad. Dentro de la fealdad hay un campo de exploración, de creatividad. Eco también señaló que muchas cosas consideradas feas con el paso del tiempo son resignificadas y se vuelven bellas, así que no perdamos la esperanza, quizá nuestro momento está por llegar, ya sea para nuestra obra o nosotros mismos, o, como lo dice la adorable Cecilia Giménez respecto al Ecce homo de Borja: «A veces, de tanto verte, pienso ‘hijo mío, ya no eres tan feo como me parecías al principio'».