SAÍD ANTONIO CRUZ
En la antesala de su nuevo estreno, donde colabora con uno de los más grandes realizadores cinematográficos mexicanos, Alejando González Iñarritu, te invito a echar un vistazo a su prominente carrera.
Léase con voz de tráiler cinematográfico:
“Corre, siempre corre, contra el tiempo, contra el viento, contra la gravedad.
Contra el crítico, contra la farándula y contra las nuevas tendencias.
En cada plano, su cuerpo es una promesa de que el cine aún puede ser verdad,
que el espectáculo no ha perdido el alma,
que el héroe no necesita capa, solo convicción o una magnética sonrisa.
Tiene el gesto que oculta el sacrificio,
como el padre que llega a casa después de un mal día en el trabajo
o el enamorado nervioso que finge seguridad frente a quien ama.
¡Tom Cruise no actúa! Se lanza, se entrega, se quema.
Y en ese salto —desde el Burj Khalifa, desde un avión o desde sus adentros— />es el actor que siempre da un salto de fe por el cine”…
¿Te imaginas el discurso de Tom Cruise si ganara un Óscar? ¡Exacto, yo tampoco! Aunque recientemente le dieron un Óscar honorifico (de mentiritas dicen algunos), ya lo ha dicho a través de sus cuarenta años de carrera:
“I want the truth.”
“I feel the need…for speed”
“You complete me.”
“Show me the money.”
Una crítica recurrente hacia Tom Cruise y su cine es que “siempre interpreta a Tom Cruise”. Qué es el héroe que corre, el hombre que salva el día, el rostro que nunca se descompone o el héroe que nunca falla. Para muchos, su presencia en pantalla es más una marca que personaje; más gesto que transformación. Lo que pasa es que Cruise ha construido una figura tan reconocible que se confunde con sí misma. Pero detrás del mito hay trabajos que desarman esa idea.
Es en Born on the Fourth of July (1989) que nos entrega una de las interpretaciones más vulnerables del cine bélico moderno. En Magnolia (1999) nos brinda una exploración brutal de masculinidad rota, con esa escena donde un hijo llora frente a un padre moribundo. Collateral (2004) es una clase de contención, donde Cruise encarna el vacío con una precisión escalofriante. En Tropic Thunder (2008) se burla de sí mismo, de Hollywood, del poder, del ego, con una actuación grotesca e hilarante. ¿Quién más podría hacerlo?
Basta con leer los nombres que lo han dirigido o los profesionales del cine con los que ha trabajado. Algunos son de los directores más exigentes, visionarios y autorales del cine contemporáneo: Stanley Kubrick, Paul Thomas Anderson, Michael Mann, Oliver Stone, Steven Spielberg, Cameron Crowe, Brian De Palma o Scorsese. Tampoco hay que olvidar cuando aún era una joven promesa y acompañó a Paul Newman en El color del dinero (1986) a ganar su Oscar. Mismo caso en Rain Man (1988) a Dustin Hoffman. En ambos casos, como buen compañero de misión.
Tom Cruise, lejos de evitar el riesgo, los ha buscado y acepta la misión, aunque parezca imposible. Él sabe que no es solo una figura pública, es figura disponible. Su vida privada —los divorcios, la relación con la Cienciología, la distancia con su hija— ha sido expuesta, comentada y convertida en contenido. No porque él lo haya ofrecido, sino porque el público lo ha exigido. En ese sentido, Cruise no es solo actor: es mercancía.
Su rostro vende películas, revistas y entrevistas. Su nombre garantiza atención, pero más allá del consumo, Cruise también funciona como desfogue. El público proyecta en él sus propias tensiones: la obsesión por el éxito, el miedo al fracaso, la necesidad de control y la búsqueda de fe. Cada gesto suyo —en pantalla o fuera de ella— se interpreta, se discute y se juzga.
Y así, más de 50 producciones cinematográficas y 45 años de carrera han bastado para que construya una filmografía que supera los 14.1 mil millones de dólares en taquilla mundial. Ha corrido más de 11 kilómetros en pantalla, desafiando el tiempo, el cuerpo y la lógica del espectáculo.
Replanteo la pregunta inicial: ¿Y si el Oscar no es el premio, sino el salto?
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Foto: cortesía de Warner Bros International.