
ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Llegué, no puedo creerlo. No me perdí, aunque el tiempo ha estado un poco extraño. No precisamente la temperatura del día. Llegué a este pequeño café, El laberinto, era mi primera vez, a pesar de haberlo visto unas semanas después de haberme mudado al lago Toluca. La primera vez. Sin embargo, quedé con una amiga, A. (una escritora y cronista, de las que más disfruto de leer), a quien conocí en tiempos del encierro por el covid. Encierro, escritura y conversaciones no solo sobre literatura.
El café me llamó desde el principio la atención, parecía diminuto, pero era una vieja casa, que fue ambientada para una cafetería. Dos plantas y la terraza. La primera planta con un buen espacio para una librería, no estoy seguro si de libros de segunda mano, lugares así siempre me han fascinado por los posibles tesoros que bien se pueden encontrar, y la misma cocina (acogedora), y la segunda con mesas y sillas para los clientes, con imágenes y grabados de artistas. La terraza se abría hacia el frente del Paseo Colón, en el que hace años llegué a acompañar a mi hermano y sus perros a caminar. De eso fue ya tanto tiempo, los perros ya fallecieron hace unos años, y solo tenemos imágenes y sonidos como recuerdos.
La reunión con A. me puso nervioso, emocionado. Nos conocimos en charlas y reuniones del taller literario en línea. A mi pesar, pero, ya se sabe, la pandemia nos jodió tanto y, creo, estamos en recuperación. Aunque, para ser sincero, pensé que no le agradaba, a veces me comporto como un imbécil. Creo recordar que así era, pero aquí estamos —L. me decía, no por preocupación o condescendencia, que me preocupaba demasiado e intentara acercarme—, lo cual, en cierto modo, es extraño. El encierro por el covid, o la emergencia sanitaria, terminó en mayo del veintitrés, hace casi dos años. Es poco tiempo, a decir verdad, de la conclusión de la emergencia.
Me senté en la planta baja, había una chica con su computadora, ¿trabajando?, y no había, de momento, meseros. Esto me permitió echar una mirada a esa parte de la casa. Realmente por fuera se veía una mirringuita de casa, un chorizo toluqueño frente al Paseo, un lago de árboles. Pero a veces eso lo hace distinto y placentero.
Pedí una suerte de smoothie, o creo que era eso, pues era más bien una bebida con frutos rojos y hielo picado, no tanto un raspado o un refresco (al menos si fuera en bolsa habría sido francamente nostálgico). Y senté a esperarla, miré el reloj. A tiempo. Le escribí para avisarle que ya había llegado, por cualquier cosa. No tanto por obsesivo, aunque sí podría ser eso. Obsesivo y compulsivo, vaya dinámica.
Después, ella llegó. La noté completamente distinta, la imaginaba como lo que veía en la cámara de Zoom!, gafas, cabello suelto y una mirada sería. Todo lo contrario, y lo agradezco. Cara fresca, suelta y risueña, sin gafas y el cabello suelto, aunque más corto de lo que me imaginé. Nos saludamos y subimos a la terraza. Era la reunión pendiente, en El laberinto, la cafetería que era más o menos lo que no esperaba. El lugar amplio y la bebida extraña deliciosa, claro hecho porque no debía tomar lácteos.
Ella fue la primera en hablar, después del saludo. Noté que estaba cómoda, contenta, aunque la verdad, recordé, había vuelto de algún lugar, fuera del Lago Toluca, incluso más lejos. Confieso que cumple lo que siempre quise para mí, eso me da gusto, y es viajar por el mundo, conocer espacios y escribir sobre ello. Tengo mucho tiempo sin escribir, además de mis colaboraciones con el periódico cultural en línea. Me sentí un poco comprometido, o traicionado a mí mismo, pues siempre la he visto como un modelo para la escritura, para liberarme de ciertas construcciones académicas que los posgrados me dieron.
“Tengo mucho sin escribir”, me dijo, “¿sigues escribiendo?”
“No, desde Dum spiro”, le respondí, e hice una recopilación mental. Esa antología, que en sí mismo recupera los textos que consideré mejores, Aunque comencé a escoger el título para un libro que contiene, además de los evidentes cuentos con temas bien particulares (no en el sentido de únicos), el proceso de rehabilitación por mi depresión, con el que enfrenté algunas de mis sombras. “No sé cómo ponerle al libro”, le dije a A. en esa ocasión, realmente titular libros e historias no es mi fuerte, “é que soy más académico”, y era verdad, y aún lo es, disfruto tanto la academia como la escritura creativa. A. fue quien me dio el título del libro, supo qué quería, y así quedó. “Bueno, sigo con la columna, pero no es lo mismo, es retadora en el sentido ensayístico, ¿sabes? Mi padre es un buen ensayista, pero no tiene mucho publicado, él básicamente se quedó con esa parte y yo con la narrativa y después me fui a la academia”.