
Por Daniela Albarrán
Últimamente experimento la sensación de que, así como existen los no-lugares, también existe el no-tiempo. Me refiero a que, si pensamos que los no lugares son espacios que se entienden como de transitoriedad, el no-tiempo también lo es. Es un tiempo que utilizamos para transitar de un tiempo a otro.
Me refiero a que siempre nos han dicho que no debemos desperdiciar el tiempo y que es lo más valioso que tenemos, esa idea preconcebida, era algo que no comprendía en mi juventud, pero ahora, con los años, he aprendido que no sólo es verdad eso, sino que hay momentos temporales en los que son transitorios, y que es imposible recordar al otro día.
Recuerdo mucho una frase de Oscar Wilde, que no recuerdo ni cuándo ni dónde la leí, pero que dice más o menos que en nuestros féretros, en vez de poner la fecha de nacimiento y muerte, se debe poner el tiempo que verdaderamente disfrutamos, que algunas personas sólo quince minutos en su vida, otras tan sólo una hora, las más afortunadas algunas semanas.
Pensar en esa figura, y ahora que paso la mayor parte de mi vida en una oficina, con la misma rutina, no puedo dejar de pensar en eso. En que todos los días, aunque sea lunes, martes o miércoles, es exactamente el mismo día. Es una mise en abyme de días en los que no sé cuáles son los que recuerdo, y tampoco sé si hay momentos memorables, que toda la semana es un no-tiempo perpetuo para llegar al fin de semana, drenarme, y así sucesivamente.
También, si seguimos con la idea de transitoriedad, podría pensar que en sí misma la vida es un devenir de no-tiempo, me refiero a que, si la muerte es nuestra meta, la vida, en su discurrir es un no-tiempo en el que eventualmente uno se trasladará a lo que todos hemos llegado: la inevitable muerte.
El no-tiempo es la concepción de lo que jamás vamos a recordar, instantes secuenciales gráficos que nuestra mente no va a recordar porque es insustancial y, finalmente, ¿qué es lo que hacemos con las cosas que olvidamos?