
DANIEL MARTÍNEZ
1
¿Cuál es la relación entre lenguaje y realidad? El lenguaje, que nos ayuda a aprehender el mundo, ¿qué vínculo tiene con la realidad que designa? ¿Hay un nexo intrínseco o es sólo invención de la humanidad? ¿Qué relación hay entre nuestro nombre y nosotros? Hace como 2400 años Platón sugería en su diálogo Crátilo que el nombre de las cosas o de las personas no era una mera convención, sino que existía cierta conexión entre la esencia de los seres y la palabra que los denomina. Veintitrés siglos después Jorge Luis Borges lo menciona así en su poema “El Gólem”:
Si (como el griego afirma en el Crátilo)
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo.
Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales (…)
Visto de esta manera, el vocablo no es sólo la denominación que arbitrariamente la humanidad les ha puesto a los entes, sino que de alguna forma la palabra contiene a la cosa. Habría, entonces, una palabra correspondiente a la esencia de cada ser, incluyendo a un ser divino o a un Todo. El lenguaje es la realidad.
Por otro lado, este es un tema que también tiene tiempo inquietando a los poetas modernos, aunque de otra manera: cómo el lenguaje puede dar cuenta de la existencia, o en este caso el lenguaje poético, que intenta acceder a la realidad de otra forma, ya no con un lenguaje denotativo, sino connotativo, cabría decir. Juan Ramón Jiménez lo expresó en su poema “Intelijencia” (recuérdese cómo escribía el poeta español):
“Intelijencia”, dame
el nombre esacto de las cosas!
Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
En la poesía moderna el lenguaje es empleado no para indicar al mundo tal como es, sino para presentarlo de otra manera. El lenguaje poético recrea la realidad. Por la vía de la alquimia verbal, mezclando y acoplando significados, los poetas intentan acceder a otra cara de la realidad. Y tal vez a la totalidad: a ese “Aleph”, a ese “terrible Nombre” del que hablaba Borges.
Volviendo a la teoría del lenguaje, es muy conocida la distinción entre significante y significado que Ferdinand de Saussure hizo en su “Curso de lingüística general”. En términos simples, el significante es el signo lingüístico, la palabra escrita o hablada; y el significado es el concepto o la idea que se asocia con el significante, el sentido o interpretación que se le da al signo lingüístico. Él sostiene que la relación entre estos dos elementos es arbitraria, es decir, que no hay ninguna conexión inherente entre ellos, sino que se establece por convención social y cultural. Esto contradice por completo a lo dicho por Platón veintitrés siglos antes y es lo que, en términos generales, se ha convenido hasta hoy, aunque varios otros teóricos han criticado o ampliado esta visión (Barthes, Derrida, Foucault…).
2
Nos preguntábamos qué relación hay entre cómo nos llamamos y nosotros. ¿Qué hay más arbitrario que el nombre que se le da a una persona acabada de nacer? Sin embargo, esto es algo que cada uno experimenta de una forma muy particular. Hay quienes dicen que el nombre es destino; que, de alguna manera, somos nuestro nombre y el devenir de nuestra vida o de nuestra persona está determinado por este y su significado; que hay una relación directa entre el nombre y la personalidad. Que nuestro nombre, en fin, es parte consustancial de nosotros, como si estuviéramos predestinados a tenerlo. Es la palabra que nos designa, que refiere a eso que llamamos “yo”; es cifra de nosotros mismos. Durante nuestra vida estamos acostumbrados a decirlo y escucharlo: cuando nos interpelan, cuando nos mencionan o, incluso, en momentos de introspección nosotros mismos nos lo decimos, con una voz interior.
Hace unos días, en El cuerpo -segunda parte de la trilogía Cegador– de Mircea Cărtărescu, encontré una frase que me hizo detenerme a pensar en esto. Dice: “como ese susurro dulce que oímos a veces en nuestra mente llamándonos por el nombre”. No sé si eso nos pase a todos, pero cuando era niño, escuché muchas veces esa voz interior que me interpelaba. Pero no era la voz de mi conciencia, era otra voz. Como cuando alguien nos llama para atraer nuestra atención, para que volteemos, para que veamos a la otra persona. Con el paso de los años dejé de escucharla. Me estaba preguntando por qué sucede eso. Quizá es porque en la infancia con frecuencia nos llaman por nuestro nombre y, conforme avanzamos en edad, lo escuchamos menos. Cuando somos niños tenemos una identidad bien arraigada con el nombre; cuando somos adultos, parece que esa identidad se va dispersando, junto con nuestra persona y personalidad. El nombre se va separando de la cosa.
Hoy sé que me llamo Daniel, nombre de origen hebreo que significa “Dios es mi juez”. Me identifico con mi él y su significado: parece que en mi conciencia y mi vida se cumplió el destino que me traía. Pero este nombre ya no es tan mío como cuando era niño, soy un Daniel entre muchos -y quizá varios de ellos no se identifican tanto-. Esa forma en que de niño uno abraza su nombre y su identidad, se va diluyendo poco a poco con el tiempo. José Lezama Lima lo dijo en Oppiano Licario, con esa forma tan bella e inusual que tenía para decir las cosas: “…pues cuando somos niños nuestro nombre suena constantemente como una campanilla, y oímos que al paso de los años nuestro nombre se va apagando, y yo supongo que los que lleguen a viejo lo oirán cómo cada día se va amortiguando, de tal manera que la tierra se traga el nombre antes que el cuerpo”.