
ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Mi adolescencia no fue dulce, la recuerdo con el sabor amargo de la cerveza tibia y el espeso humo de la “maría”. Una noche de martes acudí a un burdel que después se hiciera famoso por ser el objetivo de dos granadas de fragmentación que, como pueden imaginarse, terminó en tragedia. El ambiente era bueno, había danzas eróticas, show travesti y mucho baile de “cachetito”; yo iba con regularidad porque quedaba a un par de cuadras de mi casa, no me pedían la identificación de mayoría de edad y podía conseguir lo que muchos jovencillos inquietos buscaban: arrumacos pornográficos con alguna señora de gran corazón. Ya por esas fechas era afecto a las películas de terror, además empezaba el internet a mostrarnos sus capacidades nocivas: circulaban sin censura imágenes ultra sangrientas y esa mezcla siempre perturbadora de gore y porno. Aquel martes el lugar estaba solo, la clientela se reducía a dos albañiles trasnochados que se estaban gastando los resabios del salario y yo, enfundado en mi chamarra de cuero china, estilo Jacky Chan. Pedí una cerveza y tomé asiento frente a una gran pantalla que usaban para proyectar videos de gordos rancheros millonarios cantando corridos, a un lado de mí, una trabajadora sexual fumaba y bebía con parsimonia, era un día flojo en la chamba, ni siquiera me ofreció sus atenciones, un mesero subió el volumen y la concurrencia vagabunda nos dejamos envolver por aquella historia que convirtió nuestra esperanza lúbrica en una noche de cine club. La película que vimos era Veneno para las hadas (1986), con la niña Ana Patricia Rojo como protagonista. Terminó la película y aplaudimos, es increíble lo nutricios que pueden llegar a ser los burdeles para la cultura popular.
El cine de terror en México no goza de tanta popularidad como en otros países, Estados Unidos o Italia; sin embargo, ha dado notables nombres de talentos histriónicos y directores y algunas piezas de incalculable valor artístico, lo que es innegable es que nos hemos divertido, asustado, reído y estremecido con las producciones nacionales de horror. Destaca el director Juan López Moctezuma, por su biografía y sus trabajos, Alejandro Jodorowsky filmó Santa Sangre (1989) en la Ciudad de México y ¿quién no acompañó su comida mientras Pedrito Fernández sufría lo indecible por arte y perversión de unos muñecos percudidos en Vacaciones del terror (1989)? Quizá porque en México el terror social supera cualquier otra monstruosidad, no hay nada más horrible que nuestros políticos, adefesios de cuello blanco que prodigan miseria e injusticia; los artistas de todas las disciplinas se han abocado a la crítica social, a los realismos y naturalismos y se ha desatendido la ficción y más el horror, pero no del todo y como ya lo mencioné hay preciosas obras maestras también dentro de este género, en poesía algunas obras de Ramón López Velarde podrían entrar a la perfección en tal bolsa, otros versos de Efrén Rebolledo y novelas como Farabeuf de Salvador Elizondo y las de Juvenal Acosta, los cuentos de Amparo Dávila y muchos otros nombres que se escapan a las posibilidades dimensionales de esta columna, ¡es un shot, no la botella entera!
Alberto Avendaño, poeta, amigo, colega y personaje de nuestra querida Zacatecas capital, nos presenta este año Catálogo mexicano de cine de horror, libro de cine-poemas editado, preciosamente, por Espina Dorsal, en su colección “Amnios”, se trata de un libro de bolsillo, con pastas de cartón suave, color rojo, cuya ilustración de forros recuerda la baba del monstruo del pantano, la sangre derramada por el orificio del colmillo vampírico o la burbujeante pócima de una bruja. Avendaño comienza su inventario con Él (1953) de Luis Buñuel y termina con El exorcismo de Carmen Farías (2021) de Rodrigo Fiallega, pasando por clásicos como Alucarda (1977) de Juan López Moctezuma, y filmes más recientes como Feral (2018) de Andrés Kaiser.
Este catálogo, que sobretodo es poemario, puede leerse como una colección de emociones o de imágenes emocionantes que Avendaño va lanzando en la página, como si de gritos y suspiros se tratara, leemos: Vivimos en el recuerdo de un cadáver, verso que aparece en la página 17 y que alude a una de las versiones cinematográficas de la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo; el verso cobra vida propia, no necesita de la película para existir, pero existe por ella y en ella se refuerza, recomiendo ver cada una de las películas citadas por Avendaño y después acudir al libro, la experiencia se vislumbra múltiple y polifónica, sublime y terrible. Este libro es uno de los grandes momentos editoriales de este 2025 al que vale la pena frecuentar con disposición al doble gozo del amor y el miedo.
Alberto Avendaño, Catálogo mexicano de cine de horror, Espina dorsal, colección “Amnios”, México 2024