
SARA ANDRADE
Mi narración comienza en el cerro, para sorpresa de nadie. Es sábado por la tarde, ¿dónde más estaría?
Estoy caminando por las faldas de la Bufa y lo que me sorprende, a mí, la narradora, es que estoy rodeada por mariposas monarcas. No las falsas de papel cartón, si no las verdaderas, las emblemáticas, alitas de polvo brillante, posándose entre las flores resecas de Zacatecas. Tengo un momento de descolocación. Hace unas semanas hablaba de mi momentáneo encuentro con las mariposas monarca en las estampillas de Correos de México, y ahora estoy entre una nube de todas ellas, posándose en todo aquello que no sea humano. ¿Las mariposas monarca pasan por Zacatecas? ¿Acaso ya estamos entrando al invierno? ¿Qué día es? ¿Dónde estoy? ¿Por qué mataron a Homero Gómez? Oh, dios, ¿por qué lo mataron?
En la alquimia que solo es posible mientras uno camina, encuentro una conexión entre todas las cosas. Ese es mi secreto. Por eso me gusta tanto salir a caminar.
En el centro de Zacatecas todo está repleto de mariposas de papel, con la intención de celebrar al invitado de honor para el Festival de Día de Muertos, que es Michoacán. Así que, muy ad-hoc, han llenado las calles con el color intenso del cempasúchil y las alas de las mariposas. Una especie de naranja vibrante, muy amarillento, que me recuerda también al color de las flamas de las velas en los altares de muerto.
Me sorprende también ver que ahora el festejo muy personal del Día de Muertos ha tomado tintes institucionales de alta alcurnia. Ahora, se celebran convenios y hermanamientos bajo la bandera de celebrar la Disney-ficación, James Bond-ficación de todos nuestros elementos culturales. No se trata ya de la apreciación pequeña y particular de nuestros muertos, sino de la mercantilización de nuestros rituales. Es por eso que ahora vemos a niños pidiendo el muerto el 31 de octubre, en lugar de hacerlo el 2 de noviembre, o es por eso que ahora escuchamos “El latido de mi corazón” de Coco, en lugar de “Cien años” de Pedro Infante. Por lo menos, el canto tenebroso de “el muerto quiere camote” persiste en las calles de Zacatecas.
Y no es queja, sino mera observación.
No hay manera de reemplazar el amor y el duelo que le tenemos a nuestros muertos. Esta es una tradición que sin las garras del capitalismo seguiría existiendo. Nuestra cercanía con la muerte es más fuerte que el brillo enloquecedor de los hashtags en redes sociales. Nuestra esperanza de que, aunque sea por un día, ellos vuelvan a visitarnos, no puede ser comprada por nada.
En el cerro, las mariposas revolotean en un color que me remite a las flores llenas de agua de los panteones. El aire está frío, el zacate está seco. Con cada paso que doy pienso en la depredación cruel de las grandes corporaciones, de cómo son capaces de salar la tierra por unas monedas. Les deseo a las mariposas feliz viaje de aquí a Michoacán. Les deseo la fortaleza del cartón en sus alas, que no las atrapen manos avariciosas. Pienso en mis muertos, pienso en el vacío que dejan en la vida de los vivos. Con cada paso que doy, en la alquimia que solo es posible en el cerro, deseo que la vida de Homero Gómez no sea en vano, ni la mía, ni la de mis amigas aladas.