
J. Luis Carvajal
Un rasgo específico de cierta poesía es su preocupación crítica. López Velarde la manifestó en su ensayo “La derrota de la palabra”, donde afirma que el alma humana atesora múltiples matices y que el poeta debe advertir y trasladar al lenguaje “por una adaptación fiel y total de la palabra y el matiz”. Aunque las siguientes generaciones conservan esta intención, muy pocos la expresan tan lúcidamente como Lorena Ventura (Oaxaca, 1983), una poeta oaxaqueña que también destaca por su trabajo ensayístico. Junto con María Andrea Giovine, Ventura es coautora del libro Palabra que figura. Hacia una configuración del sentido poético (UNAM, 2016), que se cuestiona sobre la esencia y la necesidad de la poesía en los tiempos actuales. En ese libro, Ventura y Giovine suponen que lo poético se manifiesta de muchas formas, no sólo lingüísticas, y que el poeta es “quien mejor sabe escuchar” lo poético y quien mejor lo figura mediante la palabra.
Pero lo poético no sólo implica una experiencia muy específica de lo temporal, sino también de la “subjetividad”. En su ensayo “La configuración del sujeto lírico en la poesía latinoamericana de vanguardia” (Círculo de Poesía, 2012), Lorena Ventura se pregunta cómo se configura el sujeto poético en la lírica moderna. ¿Quién es ese yo que habla en los poemas, el yo real del autor, o un yo que el lector asume como ficticio? Al final concluye que, al menos en cierta poesía, el sujeto lírico es “un sujeto en vías de ficcionalización, pero no ficticio, y anclado en la realidad, pero no autobiográfico, sino más bien mediador entre esos dos sentidos; en otras palabras, como un sujeto retórico o figural”.
Esta propuesta es seductora: nuestro yo puede leer cualquier poema como si nuestro yo lo hubiera escrito, o como si estuviera escrito para nuestro yo. Fue así, animado por estas reflexiones, que leí Marcas de viaje (Parajes, 2014), el primer y único poemario publicado por Lorena Ventura. Ahí, contra mis expectativas, se asumen todos los problemas de poética que la autora ha planteado, pero no los exhibe. Dicho de otra forma, se trata de un libro donde el yo lírico parece coincidir con el yo autobiográfico, un yo que se dirige al yo del lector y lo increpa: “Sé que estás leyéndome. Tachando / lo que escribo. No importa / que el tiempo haya pasado. La eternidad / que construimos no dejó de efervescer”. Un yo que es pródigo en imágenes, en paisajes, en emociones y en pasiones. Un yo repleto de amor por el mundo y por sus creaturas.
Debo confesar que Marcas de viaje, más que hacerme “reflexionar” sobre la poesía, me sacudió por su visión del amor y del luto: el amor ante el espejo de la muerte. La parte titulada “Tiempo señalado” se conforma por cuatro poemas cuyos títulos figuran otro: “Estuviste aquí / Orilla luminosa / Donde alguna vez crecimos / Miré por fin tu muerte”. Dedicado A Amaury, por los sitios en que estuvimos juntos, es uno de los poemas luctuosos más conmovedores que he leído. “Guardo la foto / que un desconocido nos tomó / hace diez años /… / Frente a esa imagen / el presente es un naufragio. / La ruina humeante de lo que perdimos”. Aunque sea tentador identificar al yo lírico con el yo real de la autora, es imposible no meterse en ese pellejo y no padecer ese luto. Por eso yo, al leer, “Entonces el amor / … / se instaló en la blancura apresurada de mis huesos / (Tu ausencia sería un animal menos salvaje / si hibernara todo el tiempo)”, supe que esos versos me concernían, supe que esos versos tenían que ser míos. Y que el yo lírico de la autora que me disculpe por figurar, con sus palabras, los lutos (pasados, presentes y futuros) de mi yo doliente.