
Fotografía destacada: Alberto Avendaño
BRENDA ORTIZ COSS
¿Qué pasaría si las ciudades se vaciaran de la figura humana y pudiéramos contemplarlas en su vitalidad más precisa, con el ojo omnipresente de un ser sin tiempo?, ¿qué pasaría si elimináramos los rastros de fragilidad y accediéramos a la visión de las estructuras arquitectónicas como concreciones masivas que se alzan y expanden hacia límites invisibles?
La colección que muestra H. Salazar en “Ventanas, un viaje interior” responde a esta pregunta; presenta la arquitectura de esa ciudad con traza virreinal que nos parece familiar, colorida, contrastante, de manera que nos lleva a la falsa certeza de conocerla sin haberla siquiera intuido. La presencia humana está ausente, en apariencia, por lo que el espectador se enfoca en el paisaje urbano y la interacción de las formas geométricas repetidas en cascada, cuadradas y rectangulares, que generan un ritmo visual unitario y congruente. Azules, verdes, amarillos, naranjas y rojos, todos vivos y contrastantes, generan profundidad, dinamismo y un efecto de vibración que sugiere vitalidad en las estructuras representadas; la paleta cromática brinda la sensación de tridimensionalidad, mientras que la percepción de los planos y el volumen se refuerza por las variaciones de los cálidos y los fríos. Los edificios citadinos, por su parte, se agrupan cobijados por la frialdad ambigua del violeta que nos recuerda el paisaje industrial enrarecido con el humo fabril o el invierno crudo.
La obra presentada por Salazar posee un claro vínculo con el cubismo y el realismo mágico, con influencias del muralismo mexicano. Aquí, estamos extrañamente conectados con la realidad mientras observamos la descomposición geométrica de formas arquitectónicas mediante las cuales se reinterpreta la ciudad, onírica y fantástica. Asimismo, algunos elementos pueden recordar al arte naíf, como el uso de colores saturados y contrastantes, la repetición de formas simples que crean un efecto rítmico y la representación de la ciudad con un enfoque más emocional y simbólico que realista.
El control técnico de Salazar está demostrado por la perspectiva fragmentada y la composición estructurada de sus obras; las formas se superponen y multiplican en un juego de perspectivas que persigue a nuestra vista desde todos los ángulos; aunque geométricamente estilizada, transformada en un espacio casi abstracto, es posible reconocer la estructura de una ciudad con casas apiladas en la colina desde el suelo o, quizá, desde el comienzo del sobrevuelo, ¿nuestra mirada está a ras del piso, o nos encontramos por encima de las estructuras? El adoquinado en el que descansa la silla, frágil ante el vértigo de ese límite que divide la composición, nos sugiere que la respuesta no es unitaria, sino ambigua y, a la vez correcta.
Las ventanas, huecas, despojadas de cortinajes y cristales que evidenciarían el deseo de aislarse del exterior y que, por lo contrario, revelan una proyección de lo interior —una voluntad de integrarse con lo que está fuera—, representan umbrales hacia lo desconocido, vacíos que aluden a la ausencia y al misterio de una ciudad deshabitada, la permeabilidad entre el interior y el exterior; acaso nosotros, espectadores, somos la propia ciudad y hemos decidido permanecer concretos ante la influencia del entorno y vacíos ante el dinamismo del aislamiento. En cambio, la ventana desde dentro con vista hacia el exterior, distinguida de las otras y desde la cual una presencia escudriña, se mantiene abierta, ajena a la posibilidad de cerrarse, quizá aludiendo a una voluntad de generar comunicación.
Ante la visión de esta ciudad sin personajes humanos, quizá, más bien, anónimos o solitarios, escondidos entre los muros, podríamos preguntarnos si la vida urbana nos ha despersonalizado, si las individualidades están supeditadas a la arquitectura y los espacios. Esta soledad que nos atrapa nos convierte en los personajes principales, protagonistas que recorren atentamente el paisaje para topar con significados generados en el monólogo, en el eco de una duda surgida en la caldera interior.
Por otro lado, el trazo en las obras de Salazar es preciso, geométrico, sin líneas duras o contornos demasiado marcados; construye las formas a partir de bloques de color y contrastes de luz y sombra, de cálidos y fríos, de texturas. Las pinceladas revelan cierta suavidad y matices en la transición de colores que aporta la sensación de profundidad y volumen. En la composición, los claroscuros en Salazar son elementos esenciales; las transiciones dramáticas entre zonas iluminadas y áreas de penumbra nos lleva a la idea de que la luz proviene de distintas direcciones. Este tratamiento de la luz refuerza la profundidad en la superposición de los edificios, entre los cuales destacan algunos elementos arquitectónicos (la iglesia con su torre) mientras que otros quedan en segundo plano; encontramos bloques iluminados en amarillo, naranja y rojo, todos cálidos y enérgicos, mientras que las sombras están representadas en azules y verdes oscuros, con lo que Salazar logra un contraste palpitante; el cielo azul profundo, común en nuestra cotidianidad provinciana, actúa como el fondo que acentúa la luminosidad de la ciudad o bien, la tétrica oscuridad de su silencio.
“Ventanas, un viaje interior” simboliza nuestras interacciones con los otros, el diálogo constantemente devuelto luego de proyectarse en las soledades ajenas. Somos quienes reposaremos en la silla para entregarnos a la contemplación que nos devuelve la mirada hacia nuestra propia soledad.
15 marzo 2025
¿Dónde ver?
La exposición “Ventanas: Un viaje interior” de H. Salazar puede visitarse en la Galería Vetagrande, ubicada en Calle Ameca, Vetagrande, Zacatecas.