
MARIFER MARTÍNEZ QUINTANILLA
Fue una mañana movida, llena de pendientes. Hay dos movimientos que desconozco en mi tarjeta que, además, no puedo desconocer pues siguen en tránsito. Empieza a llover, busco refugio en un café de especialidad que está en la plaza. Aprovecho para tomar un café y sentarme a leer. Elijo una mesa redonda y pequeña al lado del ventanal que da al pasillo de la plaza. Dejo mi abrigo en el asiento de enfrente, acomodo mi bolso entre la pata de la silla y la mesa y saco mi libro. Me dispongo a leer. Los primeros minutos transcurren con interrupciones: notificación en el celular, llaman mi nombre para recoger el café, los chicos de unas mesas al lado hablan efusivamente de Taylor Swift y de la carrera existosa que tiene y del stand by en el que Ariana Grande se encuentra a sus ya treinta años. Dos mesas frente a mí hay una pareja de jóvenes estudiantes, me parecen. Llega una chica joven con cabello largo y rubio, pide un café, sube a la segunda planta y se sienta en la mesa de madera, amplia y central, en la que hay otras tres personas con la computadora. Todos trabajan. Tanto los clientes de arriba como los de abajo, en la misma planta en la que me encuentro, todos tienen su laptop sobre la mesa. Todos teclean o se inclinan sobre la pantalla para ver más de cerca… ¿Qué miran? Números, reportes, gráficas. Detienen los dedos y desvían la mirada para tomar el café y descansar la vista posándola sobre ningún objeto en particular. Después vuelven a la carga. Porque es eso: una pausa para seguir cargando el peso del trabajo. Todos trabajan, excepto yo. Estoy cómodamente sentada en una mesa individual, con libro en mano. He aprovechado para sacar la pluma y el cuaderno y ya he hecho algunos apuntes. Usualmente soy yo una de esas personas que se sientan en una mesa central, común, como una comunidad de operadores anónimos que no se saludan, pero coinciden con asiduidad en un espacio que debería ser de ocio y conversación, pero que con el paso de los años, y asentuado por la pandemia, se ha metamorfoseado en una oficina ambulante para los godines ambulantes. O freelancers. O quien sea que necesite trabajar en un espacio que no sea la casa y no la oficina. Un lugar polivalente.
Al salir por la mañana sabía que iba a tener un espacio para ir a un café, así que cargué con mi laptop para aprovechar ese momento y trabajar. Al momento de elegir sitio para sentarme, escogí esa mesa pequeña y decidí no sacar la computadora del bolso. El trabajo, hoy, puede esperar.
Pasé días, semanas y meses dedicando más horas a escribir contenido para otros, utilizando mis lecturas, mis ideas, mis inquietudes éticas y políticas para darle contenido y views a otros, más tiempo para otros que tiempo para leer y estar ocupada de un libro, sentada sola, en una mesa. Más tiempo para otros que para mí, me he dedicado como buena entusiasta a producir y producir. Parar un poco es necesario. Esto también es resistir.
Buen texto para reflexionar.