
ENRIQUE GARRIDO
El dolor, las pérdidas, las ausencias son constantes en la vida. Todos cargamos con el peso de tragedias personales las cuales se instalan en nuestro interior, enraízan y nos definen en el mundo, en nuestras relaciones personales, sociales y familiares. “Tú no sabes lo que pesa un muerto”, le decía Nicolás Márquez a su nieto, un muy joven Gabriel García Márquez, y no sólo aplica a quienes abandonaron este plano, también a las parejas, amistades, hermandades, pues las traiciones y los olvidos también nos marcan y definen.
La historiadora y escritora (tal vez más conocida por su carrera como modelo y su familia) Ernestina Sodi falleció en noviembre de 2024. Se trata de una noticia que en su momento tuvo su impacto en el sector interesado en esos temas; sin embargo, hubo una actualización que llamó mi atención. Resulta que su hija, la actriz Camila Sodi, respecto al duelo por la pérdida de su madre publicó en Instagram lo siguiente: “Es mi primera terapia de EMDR, tengo muchas ganas de probarla, es una onda así como en “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, me van a borrar todas mis memorias y voy a salir como nueva, no es totalmente así, pero es increíble, es lo que usaban para el síndrome de estrés postraumático, lo usaban para los soldados después de la guerra»
La terapia Eye Movement Desensitization and Reprocessing (EMDR) utiliza movimientos oculares, sonidos o toques para estimular ambos hemisferios cerebrales y facilitar la reorganización de la información en el cerebro de manera más adaptativa; en ella guían al paciente a través de una serie de movimientos oculares mientras éste se concentra en un recuerdo traumático, ayudando a desensibilizar la respuesta emocional negativa asociada con el recuerdo y reorganizando la información de manera más adaptativa. De acuerdo con los expertos sirve para varios trastornos e incluso depresión.
Alexander Pope, en 1717, publicó el poema extenso Eloisa to Abelard, basado en una leyenda medieval, la historia de un amor prohibido entre un clérigo y una joven que a la postre se convertiría en monja. El poema es un diálogo entre ellos donde se hace una apología al olvido, a la ignorancia como sitio de felicidad. En una parte dice: “¡Que dichosa es la suerte de la vestal inocente! / Al mundo olvida, por el mundo es olvidada / ¡Eterno resplandor de una mente sin recuerdos! / Cada plegaria aceptada, y cada deseo abandonado”. Ese verso sirvió de inspiración al genial Charlie Kaufman para escribir uno de los mejores guiones relacionados con el género humano y lo complejo de sus relaciones.
La historia de Joel Barish y Clementine Kruczynski es tan completa que permite muchas interpretaciones, o como diría Italo Calvino, un clásico es una obra que no deja de decir lo que tiene que decir. Su actualización es inevitable, pues en una sociedad que busca paliar el dolor de muchas maneras de cualquier forma, las cicatrices en la memoria se vuelven heridas de guerra.
Y es que un mundo sin dolor, sin malos recuerdos es un mundo anestesiado. Si bien es cierto que nadie quisiera pasar por las pérdidas o traumas, debemos admitir que son las que definen nuestra perspectiva. La felicidad nos eleva, mientras el dolor, emocional o físico, pesa, se siente, se carga. “La levedad es lo que nos da la ilusión de libertad, pero en realidad nos deja vacíos. Si nada tiene peso, nada tiene sentido. Y esa falta de sentido es la peor pesadilla”, nos dice Milán Kundera en La insoportable levedad del ser.
Para Juan Villoro, de lo poco que nos separa de las máquinas es el dolor. Una máquina no ha sentido dolor, por ello no sabe dónde detenerse, allí radica uno de los peligros. Al final resulta perturbador que nos aproximamos más a las distopías, no sólo políticas, sino amorosas. Nos aislamos para evitar el dolor de la ruptura, sin saber que nos estamos perdiendo de la experiencia del amor, de la vida. El presente se desvanece y la única forma de contener el tiempo es en la memoria, en los recuerdos, y es allí donde también la tecnología está penetrando. Junichiro Tanizaki en El elogio de la sombra nos dice que la belleza siempre se le asocia a la luz; sin embargo, la luz no sería nada sin la sombra, su enigma. Nosotros no seríamos humanos sin nuestras sombras, y si se borran, el exceso de resplandor nos dejaría ciegos.