
ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
La infancia es la única posibilidad y la gastamos o la gastan por nosotros, oportunidad para inventarse un mundo y habitarlo, oportunidad para inventarse un personaje y encarnarlo. Apenas comienza uno a diseñar ese hábitat, a vestir esa piel, cuando los “otros”, quienes están ya enajenados vienen a intervenir y a imposibilitar que la muy cacareada identidad sea una realización autónoma, ¿puede ser de otra forma?, ¿puedo construirme como sujeto a partir de la nada?, no; siempre caemos en un relato, en una vinculación discursiva que jamás es independiente, podemos alucinar con la fantasía del individuo, con el cuento del “tú mismo” original, sé tú mismo, reza el viejo mantra publicitario. Sí entendemos que no somos únicos, ni originales y que “ser tú” recae sólo en la condena de cargar con un cuerpo y una conciencia latosa, comprenderemos bien pronto que nuestras existencias son posibles sólo dentro del gran organismo, la gran criatura de la especie. ¿Y los relatos de la identidad?, pues eso: relatos, construcciones metafísicas de un yo múltiple. Nacionalidad, raza, etnia, preferencia sexual y política, trans, macho, conservador, liberal, liberalista, mariguanero… todos son productos porque todos somos consumidores, esto es lo que al final nos estandariza y fija nuestra vida en la comunidad neoliberal-capitalista. Luego construir una identidad o acostarse sobre una y enredarse en sus sábanas es un espectáculo inesquivable, ni siquiera el suicida puede zafarse, ni el neonato, la pesadumbre ontológica es nuestro sino trágico.
El performace, entre otras categorías del arte conceptual, relacionan o de acción, plantea a la obra artística fuera de los objetos, no podemos hablar de un performance si no lo presenciamos, como no podemos hacer crítica de una pintura si sólo la vemos en lámina o en libro, lo paradójico es que, aunque la cosa no es la obra, sí necesita de cierta materialidad que le sirva de vehículo, incluso el cuerpo humano, o los cuerpos, pertenece a este mundo de lo físico. La pieza de arte puede librarse de su valor objetual pero no le es posible prescindir de los objetos, considerando que el pensamiento también lo es, que los argumentos, la imaginación, los discursos son objetos en tanto son consecuencias del tránsito del ser por la realidad o las realidades. El performance nos devuelve a un estado primigenio, infantil, en el que es posible revolver, desgarrar, triturar, acariciar, recomponer los relatos de la identidad proyectada en el mundo psíquico-material, ésta es su gloriosa quintaescencia.
Hace unas semanas fui espectador de un performance de la artista Mariana Atómica. Aunque la pieza se desarrolló en la sala de una galería, la composición del cuadro escénico me llevo a las llanuras de los pastizales mexicanos del centro, a las tejedoras de ixtle y a ciertas experiencias bucólicas de mi propia infancia, cuando me perdía en el campo para jugar con la arena, las plantas y las oquedades del terreno; largos monólogos con la tierra en los que descubrí quién era y quién podía ser en este gran cuento que es el vivir. La performer dispuso una media luna de flores de pasto precedida de otra con cabello, ella al centro, su vestido una referencia al mundo agrícola de hace dos siglos, tejía y tejía la hierba, mientras desplegaba una oración susurrante apenas audible en la que hablaba con ternura de infante acerca de su relación con el mundo vegetal. La acción transcurrió en casi cuatro horas, que podríamos traducir en un parsimonioso proceso de formación de una crisálida, pues casi al final la artista estaba envuelta en una serie de trenzas artesanalmente producidas que, desde mi lectura, se trataba de la construcción de un relato identitario y su posterior e inevitable destrucción y asimilación en el mundo normativo, mundo que apareció cuando la performer regresó a ser Mariana Atómica.
Acercarnos a las manifestaciones de un arte no objetual, en donde el valor estético no reside en el esfuerzo fabril es una ardua y apasionante aventura intelectual y emocional, hace falta llegar bien bañados del prejuicio, bien peinados con la disposición al choque y bien maquillados con la apertura, pues la batalla no es pequeña: nada más luchar contra los relatos semióticos que le dan sentido a nuestras invenciones de identidad.
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