
El grabado es un lenguaje de sombras y relieves, una danza entre la ausencia y la presencia. En cada línea impresa sobre el papel de algodón, resuena el eco de un gesto antiguo, un diálogo entre la materia y la mano que la guía.
El metal, la madera, la piedra o el linóleo se convierten en superficies de memoria donde el artista hiere, corta o acaricia para revelar una imagen oculta en el silencio de la materia. Ácidos y gubias abren caminos que, al contacto con la tinta, se transforman en una huella indeleble, en un vestigio del pulso creador.
El papel de algodón, noble y receptivo, acoge la impronta con suavidad, absorbiendo las texturas y las profundidades que la plancha ofrece. Cada fibra contiene el aliento del proceso, su tiempo detenido en la opacidad o el fulgor de un negro absoluto.
El grabado es resistencia y entrega. La repetición, lejos de restarle singularidad, lo convierte en un ritual: cada estampación es un nacimiento, cada copia, una variación mínima de su origen. Es la imagen que resiste la fugacidad, anclada en la presión del tórculo, en la meticulosidad del entintado.
En su juego de luces y sombras, de vacíos y plenitudes, el grabado nos enfrenta a la fragilidad y a la permanencia. Nos invita a recorrer con la mirada las hendiduras y los relieves, a descubrir lo oculto en la tinta, a escuchar la voz del papel que susurra historias en cada pliegue. Es una piel de memoria, una materia viva que, con cada impresión, sigue latiendo.
En esta edición de El Mechero, queridas lectoras y estimados lectores, les dejamos un poco de la obra y vida de Oscar Alcázar, un joven artista que nos visita desde Querétaro. Como para él, para el equipo de este suplemento es importante las historias y la comunidad, por eso celebramos los encuentros. No lo olviden ¡juntos incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero