
Enrique Garrido
Un rey decide probar la honestidad de su pueblo y coloca en la plaza central una copa de oro llena de vino. La regla es muy sencilla, cualquiera puede tomar de ella, pero nadie debe llevársela. El pueblo bueno y obediente cumple a cabalidad. Así, varios habitantes degustaban el vino; sin embargo, la copa seguía allí. Murió el rey y la copa siguió muchos años en la plaza a manera de recuerdo posmortem de quien los había gobernado durante muchos años, demostrando así que la honestidad es un valor innato en las personas. Uno recupera la fe en la humanidad y puede seguir con su vida con el ánimo a tope y siendo una mejor persona… Ojalá fuera tan sencillo.
Hay muchas atenuantes a la historia anterior. De entrada, el rey es, ni más ni menos, Vlad Tepes, famoso por hacer experimentos sociales y empalar gente. Su oscura leyenda sirvió de inspiración a Bram Stoker para la creación de Drácula. De modo que la honestidad era producto del miedo que los pobladores le tenían, y la copa permaneció porque creían que si la robaban, regresaría de entre los muertos a satisfacer su deseo de sangre.
Desde hace algunas semanas, mi algoritmo de YouTube y Facebook (redes sociales de gente vintage) me ha arrojado varios videos de lo que sus creadores denominan «experimentos sociales». Son situaciones artificiales donde alguien finge olvidar su cartera, ser asaltado e incluso secuestrado en un lugar público, esperando que la reacción de las personas sea consecuente a la magnitud del hecho. Como es de esperarse, y por varios factores, no siempre es así, por lo que se establecen conclusiones poco halagadoras para la sociedad.
Personalmente tengo muchos problemas con estos denominados «experimentos sociales». Los considero una afrenta a las ciencias sociales y al conocimiento en general. Para los que hicimos una tesis, y no morimos, la metodología resulta un aspecto estresante y aburrido, desde la delimitación de un problema, escoger el objeto de estudio, leer la teoría, extraer muestras de análisis, establecer una hipótesis, la observación, la experimentación y, de todo ello, extraer conclusiones. Sin duda, es tan cansado como suena, pero es la única manera de obtener conocimiento serio.
Lo sé, la ciencia es compleja y tardada, por lo que es más atractivo apelar a un video teatral de cinco minutos que nos explique la naturaleza humana. No obstante, el peligro más grande de aceptar estos someros resultados, más allá de su calidad de entretenimiento, es caer en un anti intelectualismo, es decir, en no aceptar las investigaciones serias, en no complejizar los contextos y menospreciar a quienes se esfuerzan en divulgar el conocimiento, aunque éste no concuerde con nuestra perspectiva de vida.
La última característica se encuentra relacionada con lo que se denomina sesgo de confirmación, el cual señala que cuando una tesis no confirma nuestras opiniones se deshecha, pese a que se encuentre documentada y argumentada, entre otras razones porque se considera que la opinión de cualquier persona, experto o no, vale por igual.
El conocimiento es objetivo y no siempre responde a nuestras necesidades. También es peligroso, pues revela dinámicas e instintos que muchas veces contrastan con la moral y ética. Los conejillos de indias que protagonizan los videos, y que son juzgados por sus acciones instantáneas, viven en una realidad que no se considera, donde la pobreza, el crimen y el miedo son parte de su contexto diario, ese al que no nos queremos acercar, pues podría terminar con nuestra esperanza en la sociedad; entrarle significaría dejar de lado nuestros prejuicios y nuestro yo, lo que nos hace vulnerables, tanto como beber vino de una copa en medio de una plaza en un poblado perdido en Rumanía.