
SARA ANDRADE
La compra más impulsiva que tuve recientemente fue la de una memoria externa de 2 TB.
Mi memoria vieja (un ladrillo de goma azul que puede ser usada como arma en caso de emergencia) comenzó a presentar fallas en el hardware, que en el caso de un disco duro representa una apuesta entre el todo y la nada. No hace falta más que el cable usb suelte una chispa berrinchuda y todo nuestro patrimonio digital se verá irremediablemente perdido. Así que la idea de perder mis invaluables selfies del 2013, mis cuentos escritos a medianoche, las 650 entradas al diario que escribí durante los años de pandemia y mis películas pirateadas me hizo darle un COMPRAR DE INMEDIATO en la página de Amazon, sin pensar en si realmente tenía esos casi dos mil pesos para gastar.
Con la culpa del gasto, con la ansiedad de extraviar mi propio rastro y con la consciencia de que la Humanidad está hecha para recolectar frutos maduros y explorar cavernas y no para morirse en el espejo-trampa del narcisismo hipermoderno, me senté en la cochera de mi casa a analizar el por qué es que hemos llegado a un punto en el que todo es un archivo.
En mi trabajo, sin ir más lejos, yo nado entre documentos que deben ser apropiadamente indexados, atados y guardados para la posteridad, tanto de manera física como digital. Soy una empleada de un futuro al cual no tengo acceso. Soy un escalón que debe afianzarse para que otro escalón construya encima de mí. Tengo que alfabetizar, cronologizar, etiquetar y resguardar. Soy la ardilla ambiciosa que guarda todas sus nueces en el agujero más recóndito de la tierra. Y el hecho de que lo haga, que viva ansiosa por el futuro que no sé si tendrá el mismo respeto por mi trabajo que el que yo tengo por mis predecesores, es digno de reconocimiento. Me palmean la espalda y me dicen “bien hecho”. Bien hecho que has perdido el sueño y la tranquilidad por petrificar un pedazo de papel que dirá que, hace 100 años, una godina pasó 8 horas luchando contra la muerte.
En el resto de mi vida, me parece, todo se trata de tener cosas para guardar. Trastes, ropa, calcetines, maquillaje, pulseras, libros, gatos. Fotografías encuadradas para subir a Instagram, axiomas radicales de 240 caracteres para Twitter, canciones que me remitan a la sensación de ser un gusano sobre una rama de árbol para Spotify, reseñas irónicas de películas populares para Letterboxd. Nada ya tiene el privilegio de habitar el presente y desaparecer. Todo tiene que perdurar siempre, porque nos hemos comprado la mentira de que si nos sobrevive un selfie de cuando teníamos 14 años y el copete largo sobre la cara, entonces tampoco moriremos.
Y yo me he creído esa mentira también.
Pasé cuatro o cinco días pasando mis fotos de mi viejo disco duro a mi muy nueva memoria externa ultra-ligera, de diseño vanguardista, con el cuerpo un poco más sosegado. Todo en orden: mis carpetas divididas por años, mis documentos organizados por grados de desasosiego, mis películas por el tiempo que pasé viéndolas, quizá un poco celosa, pues ellos podían vivir para siempre en el bucle eterno de un fotograma bellamente filmado. Y yo aquí, conmigo misma hasta el cuello.