ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay una edad en la que uno empieza a sospechar que el amor no siempre fracasa por falta de amor. A veces fracasa porque llega en martes, a las ocho de la noche, cuando uno tiene pendientes, planes, una vida armada a medias y, sobre todo, una cantidad bastante incómoda de conciencia.
Porque sí: nos gustábamos.
Y ése era precisamente el problema.
Hubiera sido mucho más sencillo si uno de los dos hubiera sido insoportable. Si tuviera una risa espantosa, si hablara demasiado de sí mismo, si dijera «yo no leo» con orgullo o si creyera que tener buen gusto musical consiste en escuchar exclusivamente vinilos. Cualquier defecto contundente habría permitido cerrar el expediente con dignidad: «No funcionó porque era un imbécil». Fin de la historia.
Pero no.
Nos gustábamos. Había interés, conversación, cierta electricidad que uno reconoce, aunque pretenda hacerse el científico. Y, sin embargo, después de mirarlo con un poco menos de ilusión y un poco más de honestidad, apareció una conclusión bastante poco cinematográfica: no coincidíamos.
No porque alguno estuviera equivocado. No porque faltara química. No porque hubiera un villano escondido detrás de una puerta. Simplemente nuestros proyectos personales no caminaban hacia el mismo lugar.
Y eso, curiosamente, puede ser mucho más difícil de aceptar que un corazón roto.
Estamos acostumbrados a pensar que para terminar algo tiene que existir una tragedia. Una infidelidad, una mentira, una pelea monumental, una traición que permita bloquear a alguien mientras uno escucha a Adele y contempla la lluvia. Pero hay relaciones que no terminan porque hayan salido mal. Terminan porque, si siguieran adelante, tendrían que empezar a salir mal.
Hay una diferencia enorme.
Yo lo rechacé porque no veía una coincidencia suficiente entre lo que quería construir y lo que la otra persona podía —o quería— construir conmigo. No era un juicio sobre su valor. Era una pregunta mucho más incómoda: «¿Esto cabe en la vida que quiero tener?».
Y la respuesta fue no.
La otra persona, por su parte, tomó su propia decisión por una razón distinta: el tiempo. No tenía el tiempo que una relación requeriría. Y, aunque mi ego habría preferido una explicación más romántica —algo como «el universo nos separó porque todavía no era nuestro momento»—, debo reconocer que «no tengo tiempo para esto» es una respuesta bastante más honesta.
Además, qué agotador sería convencer a alguien de que tiene tiempo para nosotros.
El amor adulto, entre otras cosas, consiste en dejar de hacerle auditorías al calendario ajeno.
Durante mucho tiempo nos enseñaron que cuando dos personas se quieren deben luchar. Que si existe amor, hay que intentarlo. Que quien realmente quiere encuentra la manera. Que el amor verdadero sobrevive a la distancia, a los horarios, a los proyectos incompatibles, a las agendas imposibles y, probablemente, hasta a una declaración del SAT.
No siempre.
A veces querer a alguien también significa aceptar que no puedes convertirte en una obligación dentro de su agenda. Y también significa no pedirle que abandone su camino para entrar en el tuyo.
Hay algo profundamente amoroso en decir: «Me gustas, pero no quiero que para estar conmigo tengas que dejar de ser quien eres».
Y hay algo igualmente amoroso en escuchar: «Me gustas, pero ahora mismo no puedo darte el tiempo que esto necesitaría».
No es una historia de amor frustrada. Es, quizá, una historia de amor propio que tuvo la decencia de no disfrazarse de sacrificio.
Porque también existe esa tentación tan humana de aceptar cualquier cosa con tal de no perder la posibilidad. Uno empieza negociando consigo mismo. «Bueno, no importa que no coincidamos en esto». Luego: «Ya veremos». Después: «Quizá cambie». Y finalmente termina uno viviendo una relación imaginaria con una versión futura de la otra persona que, además, nunca firmó contrato para existir.
Qué peligroso enamorarse de las posibilidades.
Yo prefiero, cada vez más, enamorarme de los hechos.
Y los hechos eran éstos: nos gustábamos, pero nuestros proyectos no coincidían. Yo no podía ofrecer una relación que contradijera lo que quería para mi vida. La otra persona no podía ofrecer el tiempo necesario para construirla.
Entonces ocurrió algo extraordinariamente poco dramático: dijimos que no.
Sin portazos. Sin discursos de aeropuerto. Sin publicar indirectas. Sin convertir Instagram en una sucursal del Ministerio Público.
No continuamos.
Y quizá ésa sea una de las formas más elegantes de quererse a uno mismo: saber retirarse antes de empezar a pedirle a la realidad que se comporte como nuestra fantasía.
Porque el amor propio no siempre se ve como una persona caminando sola al atardecer con una copa de vino y una frase de Sylvia Plath en la cabeza. A veces se ve como cancelar una cita. Como decir «esto no me funciona». Como no insistir. Como aceptar que alguien no puede darte lo que necesitas sin convertirlo en una mala persona.
También se ve como no convertir nuestro propio rechazo en una medalla.
Porque rechazar a alguien no significa que hayamos ganado. Y ser rechazados tampoco significa que hayamos perdido.
Ésa es otra costumbre absurda: convertir los vínculos en competencias. ¿Quién dejó a quién? ¿Quién quiso más? ¿Quién tardó menos en subir una foto sonriendo? ¿Quién tiene pareja primero? ¿Quién quedó más afectado?
Como si el amor fuera una especie de torneo y al final entregaran una copa al que sufrió con mayor elegancia.
No.
A veces dos personas se encuentran, se gustan, se conocen un poco mejor y descubren que no pueden caminar juntas. Eso no borra lo que sintieron. Tampoco obliga a convertirlo en una tragedia.
Quizá haya algo especialmente bello en eso.
Porque no todas las personas que llegan a nuestra vida tienen que quedarse en ella para siempre. Algunas llegan para recordarnos qué buscamos. Otras para mostrarnos qué ya no queremos negociar. Algunas simplemente nos gustan. Y eso, aunque parezca insuficiente, también puede ser suficiente para agradecer.
No todo cariño necesita convertirse en relación.
No todo deseo necesita consumarse.
No toda posibilidad merece ser perseguida.
Y no todo «no» es una derrota.
A veces un «no» es la manera más limpia de decir: «Me respeto demasiado como para entrar en algo que no puedo sostener».
Y, quizá todavía más importante: «Te respeto demasiado como para pedirte que seas alguien que no eres».
Así que aquí estamos: dos personas que pudieron haber sido algo y decidieron no serlo.
No hay villanos. No hay ganadores. No hay una gran moraleja con música de fondo.
Sólo dos adultos intentando no hacerse daño mientras descubren que quererse a sí mismos también implica reconocer cuándo una historia, por bonita que pueda parecer, no tiene las condiciones necesarias para escribirse.
Y quizá eso sea crecer.
Entender que algunas historias no necesitan un final feliz.
A veces basta con que tengan un final honesto.