
ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Uno de los recuerdos más preciados y preciosos de mi niñez son las largas expediciones junto a papá por los cerros de Zacatecas, Sombrerete y algunos municipios de San Luis Potosí. Mi padre es un aficionado al campo, cada que tiene oportunidad se lanza con emoción a disfrutar del cielo abierto, el paisaje y la naturaleza que lo embarga y le encanta; en estas expediciones solía (en pasado porque ha dejado su hobby por la violencia dominante) encontrar algunos cacharros arqueológicos, sobretodo puntas de flecha, alguno que otro “cortador” y una cantidad tremenda de lo que él llama “tepalcates”, que son pedazos de barro cocido que alguna vez fueron una vasija, un vaso, una cazuela; a estos últimos solía tenerles menor aprecio, yo los tomaba con curiosidad y los examinaba con entusiasmo infantil unos cinco minutos. En muchas de aquellas excursiones la lluvia era la invitada especial, aparecía violenta y fresca o lenta, pero acuciosa y otras tantas furiosa, llena de relámpagos y truenos. Nos guarecíamos entre las peñas y mientras ella caía sobre las laderas contábamos chistes, comíamos naranjas, veíamos la gloria del único Dios posible: el instante fugaz e inefable. Cuando la lluvia te asalta en el monte sientes mucho más su presencia, se forman pequeños charcos entre las rocas, la yerba se alza cándida y la tierra deja salir todo su aroma, la geosmina es una pócima mágica, un catalizador alucinante que revira toda melancolía, esto es lo que la vida es: esta fragancia, este vapor bendito.
La cerámica es un arte tan antiguo y tan fundamental que se ha convertido en una de esas cosas que solemos obviar por nuestra falta de atención y por la creciente comodidad desinteresada en la que actualmente se desenvuelven nuestras existencias, además, claro está, por su fútil reemplazo por el plástico, rey y símbolo de nuestra degradación. El arte de la cerámica contiene en esencia el germen de lo humano, el hommo faber que controla y manipula los recursos naturales, que transforma en utensilio los materiales del paisaje y que “fabrica” objetos con aquello que el entorno provee. La cerámica artística no sólo representa el afán humano por manipular la materia, también su impronta simbólica con la que habita el mundo y que posibilita a su propio ser, su particular estar.
Sarah Goaër es una artista que trasciende el aspecto utilitario del artefacto cerámico, ante sus piezas nos enfrentamos a una lúcida calma después de la tormenta, a la algarabía del campo llovido, esa alegre fiesta de los sentidos que chirría de emoción en los violines de los grillos, los tambores de los corazones de todo lo vivo; su trabajo minucioso y pulcro, su experto manejo de los materiales y las temperaturas y su precisa y elaborada curaduría en sus exposiciones nos muestran a una creadora exigente que nos devuelve al minuto cero de la humanidad, cuando no había más que danzar con los elementos. Algo tiene en consonancia con la también ceramista Julia Kunin, las formas orgánicas, la pluralidad de caprichos vegetales, aunque Goaër posee un sello distintivo y es que sus exposiciones no lo son de piezas aisladas, sino que funcionan en un conglomerado conceptual en donde el qué y el cómo son uno sólo.
En esta pieza de cerámica a la alta temperatura Sarah Goaër nos brinda un momento único, ese instante en el que acechamos el fondo de los charcos, de los pequeños riachuelos y descubrimos el microcosmos que ahí habita, las piedrecillas, las conchas, una flor que flota, delicada, sutil; es un llover constante, una brisa de piedra, una sonrisa floral y acuática de ardiente magma en el horno. Su pulcritud y delicadeza la convierten para mí en un recuerdo pétreo, un recuerdo de aquella infancia mía retozando en la yerba mojada en una tarde de paseo por el cerro.
Artista: Sarah Goaër
Técnica: Cerámica a la alta temperatura
IG: @sarahgoaer