
DANIEL MARTÍNEZ
Un fotógrafo se encuentra en París pasando el rato haciendo tomas de la ciudad. Va a la catedral de Notre Dame y toma unas cuantas fotografías casuales con su cámara Leica. Más tarde en su cuarto oscuro, al revelarlas repara en un curioso detalle: en una de las fotografías de la catedral se alcanza a ver, en segundo plano, a una pareja haciendo el amor. Hace un acercamiento en la imagen y no había lugar a dudas. Sin proponérselo, había capturado un momento íntimo y quizá ilícito para las “buenas costumbres”: una pareja haciendo el amor en plenas calles de la ciudad de eso, del amor.
Ésta es una historia real. El fotógrafo era chileno y se llamaba Sergio Larraín. Fue alguien destacado en su arte y llegó a trabajar para la agencia Magnum a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, pero en 1961 regresó a Chile porque Pablo Neruda lo invitó a fotografiar su casa. La historia de la fotografía “indecente” habría quedado como mera anécdota, si no se la hubiera contado al gran cronopio, Julio Cortázar, quien para entonces se encontraba en París trabajando como traductor para la UNESCO. Julio se inspiró en ella para escribir su cuento “Las babas del diablo”, uno de los más sobresalientes de su conocido libro Las armas secretas, de 1959 (en el que encontramos ese gran cuento que algunos consideran un antecesor de Rayuela: “El perseguidor”). La fotografía que inspira un cuento.
Julio Cortázar modifica la historia real y crea una gran obra de literatura fantástica, en la que el momento justo del click de la fotografía crea una especie de bifurcación de la realidad en dos planos: lo que hubiera ocurrido y lo que ocurrió. Realidades alternas. Pero aquí no se trata de una pareja convencional ni de un mero acto de amor. Cortázar le da un giro un tanto siniestro a la historia, pues se trata de una mujer adulta y un joven de unos 16 o 17 años y la posibilidad de un hecho lamentable, en el que estaría involucrado un hombre mayor que se encuentra cerca vigilando la escena que se captura. Es un gran cuento y hay que leerlo, como “El perseguidor” y todo el libro. Luego, este relato fue utilizado por Michelangelo Antonioni para adaptarlo y escribir el guion de una de sus obras más conocidas. El cuento que inspira una película.
La historia real, entonces, inspiró un cuento fantástico y el cuento fantástico inspiró otra ficción entre psicodélica y criminal: la película Blow-Up de 1966 (“Blow-up” en fotografía significa algo así como “ampliación” de una foto); la primera del director italiano hablada en inglés y quizá la más popular, también conocida como Deseo de una mañana de verano. En su filme Antonioni trasladó el escenario de la historia de París a Londres y le da al relato un toque de glamour y un aire detectivesco: aquí se trata de un fotógrafo de modas que con su toma descubre un crimen ya consumado y se obsesiona con investigarlo. Además de esto, la cinta intenta retratar el espíritu de la segunda mitad de los sesenta, en particular en Londres: música -especialmente rock y jazz-, drogas, sexo y un ambiente muy colorido. Alberto Blanco lo dice en su libro 1966. Año del nacimiento del rock: “Hay una película de 1966, Blow-Up, de Michelangelo Antonioni, que de muchas formas condensa esa atmósfera. (…) Película emblemática de la cultura pop y mod de los sesenta”.
El soundtrack de Blow-Up, salvo un par de canciones, es en su mayoría jazz y estuvo a cargo de Herbie Hancock, quien anteriormente estuvo trabajando con Miles Davis. La música en este caso cumple una función meramente ambiental. La excepción mencionada son dos canciones de bandas de rock que son íconos de mediados de la década. La primera es “Did you ever have to make up your mind” de The Lovin’ Spoonful (que está en su célebre álbum Dou You Believe in Magic?, donde también encontramos esa hermosa canción que se llama igual que el disco); la segunda, amerita mención especial: se trata de “Stroll on” de The Yardbirds.
The Yardbirds es una banda excepcional que, aunque poco conocida, puede presumir como ninguna de haber tenido en sus filas a tres de los mejores guitarristas -quizá top 10- de la historia del rock: nada más y nada menos que Eric Clapton, Jimmy Page (antes de Led Zeppelin) y Jeff Beck. Estos dos últimos coincidieron en 1966 en la banda y algo de lo que hace tan especial a esta película es que ambos aparecen interpretándose a sí mismos en una escena memorable: el protagonista, como parte de sus pesquisas, rastrea a una mujer que estuvo involucrada en el crimen y va a dar a un club londinense donde la banda se encuentra tocando en ese momento. Se ve a Jimmy Page disfrutando del momento mientras interpreta “Stroll on” y a Jeff Beck destruyendo su guitarra y lanzándola al público, como lo hicieran los de The Who en aquel entonces.
Fotografía, literatura, cine y música. Anécdota, cuento, película y banda sonora. El cuarteto forma un conjunto extraordinario y fascinante: un fotógrafo chileno, un escritor argentino, un cineasta italiano y una banda de rock inglesa convergieron en una serie de obras que es obligación explorar y una experiencia alucinante. No es porque se trate de uno de mis escritores predilectos y uno de mis guitarristas favoritos: vale mucho la pena la inmersión en estas obras. Vale el viaje a la atmósfera y la música de los sesenta.