
ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
¿Han corrido desnudos por las laderas? Dudo que los menores de treinta años hayan experimentado tal placer, tan imbuidos en la frivolidad material y económica de sus futilidades criminales, pero aquí no hablaré de las generaciones, quiero hablar de ser un cuerpo, quiero hablar de la desnudez primigenia puesta al goce de la naturaleza. Algunas tardes en que íbamos a los arroyos solíamos encontrar concentraciones de agua más o menos profundas que nos servían como yacusis privados, ahí, una vez despojados de la ropa, retozábamos y compartíamos cigarrillos y bebidas, las cigarras coreaban melodías de sopor solar, las ranas avizoraban nuestra presencia desde sus húmedas cavernas y las aves, los grillos y el viento tomaban su lugar frente a nosotros, muchas veces hice el amor sobre una roca lisa, muchas veces sólo dormitábamos en una ensoñación bucólica que pensábamos eterna, por desgracia no era así y siempre volvíamos a la ciudad y en ella: a la vestimenta, a cubrirnos con esa cáscara cruel que nos oculta.
El cuerpo desnudo es una verdad, el cuerpo vestido aparece a los ojos de las personas modernas como una carcasa de identidad a la que nadie esquiva, pues si lo hace le espera la sucia celda de los separos, el acoso o la agresión, como si bajo el algodón y la popelina no hubiese nada, como si tener un cuerpo fuese siempre un secreto bien guardado, puedes mostrarlo en internet y hasta sacar jugosos dividendos de él, puedes rentarlo y hasta imprimir calendarios, pero en algún punto tendrás que suprimirlo, ocultarlo, pues parece que las infancias deben ser protegidas de la desnudez, como si fuese, por sí misma, un signo sexual y sexualizante. La verdad es que un cuerpo enteramente desnudo no causa morbo, siempre es necesario otro elemento para cargarlo de valor erótico o sensual: aretes, medias, tacones, hasta los tatuajes pueden jugar aquí un papel importante; pero una persona desnuda, con sus vellos, sus estrías, sus encarnaciones, sus vuelcos dérmicos, sus caídas, su flacidez, sus variedades tonales, se despoja de la simbolización habitual que los seres humanos utilizamos para crear nuestro personaje, quiero decir: mi persona-personaje es en gran parte como me visto y como me afeito, un Óscar de botas vaqueras y chamarra tamaulipeca sería irreconocible aun para mi madre, acostumbrada a los lamparones de mugre sobre prendas nejas.
El desnudo en el arte es una constante, es un tema y una requisición académica, los estudiantes de bellas artes analizan la anatomía humana y se llevan a cabo talleres con modelos vivos en casi todas las escuelas de pintura y dibujo. Desde Apeles hasta Cindy Sherman, el cuerpo humano es materia de reflexión plástica, porque la cuestión de la forma se manifiesta en nuestra carne, con tal intensidad que incluso pretendemos vencer y domesticar la forma al crear la “nueva carne” de nuestros replicantes, androides y cyborgs. El cuerpo humano desnudo como símbolo de nuestro origen remoto, como confirmación de nuestra animalidad y como regreso a la realidad después de la borrachera del civilizado nos recuerda nuestra finitud y nuestra pequeñez en un mundo que nunca entendimos y que por eso creamos una realidad alterna, en donde vamos por ahí con pieles ajenas de terciopelo y látex. ¿Podríamos vivir desnudos?, sí, pero la locura del ser humano inventó la vergüenza, la moralidad hipócrita y “la moda”, sistema de subjetividades al servicio de la construcción de personas-personajes y sus sistemas de producción de realidad.
El fabuloso pintor Daniel Aldaba Villareal, otro elemento de lo que he llamado en esta columna el “New wave Durango”, nos presenta un estudio de cuerpo humano en un desnudo delicioso por algunas razones que enseguida esgrimo: la composición goza de buen equilibrio, no hay saturación, el amplio aire a la izquierda hace respirar bastante bien a la mirada de la modelo y del espectador, que ve tranquilamente al vacío, con un dejo de melancolía y añoranza, el cuerpo de la mujer representada recuerda a las pintadas por Rubens, Renoir y Freud, no se trata de un cuerpo canónico de modelo comercial, la paleta de colores también nos remiten a cierto clasicismo, cuyas ágiles pinceladas hacen pensar en un Tiziano tardío, podríamos, además, ver ciertos rasgos cromáticos y morfológicos de Jenny Saville, pero sin la violencia de sus representaciones. En la pieza de Aldaba más bien hay calma en la postura, pero se atisba cierto dolo en la gesticulación de la personaje. En este trabajo podemos contemplar no sólo un desnudo, sino un cuerpo cargado de pureza, de volitiva proteína de lo humano, o de lo humano en estado primigenio, un cuerpo pleno de fuerza, dulzura y belleza sin la carga semántica ornamental y de vestuario.
Autor: Daniel Aldaba Villareal
Técnica: Óleo sobre conglomerado
Medidas: 40×60 cm.
Instagram: @aldabavdaniel