
CAROLINA BARRERA
Entre muslos
Sobre sus muslos, como en la madrugada, pero con la mirada fija, las pupilas aún brillantes, las cejas impávidas, con cierto aire de desprecio en el ceño, aún tibia al sostenerla entre sus manos, mientras estaba sentada frente a la mesa del comedor, envuelta en una bolsa de plástico transparente, la cabeza de Misael.
Venía con un mensaje, Señora. Ella lo arrancó de las manos del Grande luego de volver a poner sobre sus piernas y cerca de su vientre, el rostro de quien hasta hace unas horas había amado: “Si sigues escribiendo te pasará lo mismo.”
Acercó sus labios a la bolsa, a la boca de Misael, luego se la entregó al Grande.
Vete a avisarle a Doña Maricarmen, a Junior, a sus hermanos que los espero en la casa de Matamoros, que crean que es para los planes de la cena de Navidad, habla a Aguas que no se les desmarquen por nada a mis papás, que nadie haga olas, hoy finjan que conocen la discreción, dile al Pozolero que la incinere y un melón de dólares a quien encuentre el cuerpo.
Se metió a su habitación con una botella de Don Julio 70, su tequila favorito. La puso en el buró, aventó un tacón con los dedos del pie y luego el otro, se empezó a quitar la blusa blanca de gaza, liberando los diminutos botones de arroz nácar y solas, sin sollozo ni eco, comenzaron a brotar, largas, lentas y pesadas las perlas de jazmín salado recorriendo su rostro hasta llegar a su pecho.
Al levantar la cabeza se encontró con una desconocida en el espejo del baño, sintió temor y sin mucho pensarlo sonrió mientras secaba las lágrimas. Se quitó el pantalón y en tanto se llenaba la tina trataba de encontrar entre las burbujas que el chorro dibujaba, la pieza que faltaba.
Abrió la botella y sin intentar buscar un caballito, se la empinó hasta sentir que el ardor del vientre subía por el esófago, llegando al cerebro. Entonces se sumergió en la tina, que ya estaba llena y con el agua bien caliente, puso el jabón líquido de lavanda, prendió un incienso y la mitad de un porro que en el borde de la tina la esperaba.
Y, como eco, creyó escuchar: quien vende no se mete, mi Reina, quien vende no se mete; pero yo no vendo; pero yo sí y eres mi mujer y en esta casa yo mando.
Pero Misael ya no estaba.
En madrugada, estando a los pies de la cama, cual felina hambrienta, acarició con su lengua su tótem. Él la tomó del cabello y guió con su puño cerrado el vaivén. Ella extrañaba el cosquilleo de su glande al fondo de su paladar.
Así me gusta ¡con rudeza!, sino de seguro ya te descargaste con otra. Le gustaba sentirse sometida en medio de sus piernas y con su mano jalándole los cabellos como quien lleva la crin de una yegua. La tiró al piso, aún seco, le arrancó la ropa.
¡No! Esa tanga era nueva. Ahogó su queja con un profundo beso y así empezó a penetrarla, pellizcando sus pezones, bailando con su barba en todo su vientre hasta sumergir la lengua en su vulva.
Por eso le había perdonado lo casado, por esa habilidad de saber dilatar el placer como a ella le gustaba. Así Misa, así, bien sabes que con esto me matas. Gimió ella. Entonces el piso se mojó, de ella, de él.
Me voy unas semanas. Pero si acabas de llegar. Tú sabes cómo está ahorita de caliente todo. Pero ¿cuánto es, unas semanas? No lo sé el tiempo que el Patrón tarde en arreglar las cosas en Costa Rica. No vas a allá, siempre me mientes. Es por tu seguridad. Por mi seguridad nunca me hubieras traído acá.
Presagio
Ella lo conoció un año atrás en su ciudad natal: Aguascalientes. Se lo presentó Laura, excompañera de ella del banco. Mira es un compañero de mi nuevo trabajo, no es de aquí, es de Tampico, y pues quiere conocer la ciudad, ¿cómo vez? Entonces aceptó que se reunieran los tres a cenar.
En cuanto lo vio le disgustó, físicamente era horrible: chaparro, gordo, viejo y algo hubo que no le vibró. Caballerosamente quiso pagar con tarjeta y, como no aceptaban plástico, ella acabó pagando la cena de los tres. Intercambiaron números de celular. Aún no salía del estacionamiento cuando ya le estaba marcando para disculparse por no haber sido él quien pago la cuenta y reiterarle el interés que tenía en volver a verla.
Ella, madre soltera, sin relaciones recientes y con la autoestima destrozada, decidió volver a ver al Ingeniero-Gerente de Refacciones de una importante compañía de tractocamiones.
La primera vez que por fin ella pudo hacer un espacio para que Misael le pagara la salida que le debía, fueron con el hijo de ella a un restaurant del Picacho. Ella no quería que nadie lo viera con ese tapón de alberca viejo y mucho menos alguien que le pudiera decir a su familia.
Emiliano, encantado, jugando en la resbaladilla y los columpios con otros niños de una familia que estaba sentada en una mesa cercana. Misael se desvivía demostrando su buena educación teniendo buenos tratos con el mesero y sobre todo en prestarle toda su atención a ella. Ella se sentía intimidada por tantas atenciones, piropos y caballerosidad, con ese muy norteño acento que a él lo caracterizaba.
Apenas habían traído la botella del tequila que a ella le gustaba. Sólo por aperitivo, si no se acaba nos la llevamos. Cuando Emiliano empezó a llorar, tirado al pie de la escalera tomando con el par de sus manitas su cabeza. Lloraba y gritaba al mismo tiempo.
Misael de inmediato pago la cuenta, dejo la botella y salieron conduciendo lo más rápido posible, de regreso a la ciudad. ¡No lo dejes que se duerma, no lo dejes que se duerma! Pero sólo es un golpe, tranquilo. Mientras el niño cesaba un poco su llanto, afortunadamente, no había sangre.
Llegaron a urgencias de la primera clínica del seguro social que encontraron, 15 personas por delante. Al Star Médica. No tengo dinero y ya no está llorando. No pregunte por el dinero, llámale a su pediatra para que él personalmente lo atienda. Pero… Márcale, por favor.
El doctor se disculpó, pero no podía acudir. Luego de quince minutos, al llegar al hospital, el pediatra estaba un tanto estresado, pero atendió a Emiliano. Después llegarían los padres de ella, asustados y extrañados por el individuo que muy amablemente estaba acompañando a su hija y a su nieto en tan lamentable situación.
La radiografía no arroja más que una inflamación en el cerebro, pero habrá que dejarlo en observación porque podría suscitarse una hemorragia interna. Gracias, doctor, lo encamino. El pediatra vio con desconfianza a Misael, pero estrecho su mano. Ella alcanzó a ver varios billetes que había dejado en la mano del doctor al soltarlo.
Al darse cuenta Misael de la mirada ajena de la acción, encaminó al doctor hasta la puerta del hospital. En el rostro de ella se podía leer aún la extrañeza.
Quieres que me quede contigo esta noche, te puedo acompañar, permíteme hacerlo. No, mis papás me acaban de preguntar lo mismo y también, como a ti, los mandé a dormir a su cama. Pero yo estoy acostumbrado a no dormir y así tú te duermes y yo lo cuido. Te agradezco mucho, pero apenas y sé tu nombre, vete a casa, no sé cómo explicarles a mis papás que estábamos haciendo en el Picacho. Fácil: te pretendo y te invité a comer. Gracias, pero no gracias. ¿Segura? Segura.
En la mañana, antes de la visita del médico, estaba en la puerta con un arreglo de flores y un racimo de globos formando el nombre Emiliano. Ella se sentía muy rara con tantas atenciones, sabía que podía acostumbrarse, sabía que no debía hacerlo.
Zacatecas y martinis
Al poco tiempo de hacerse novios empezaron las peleas. En una de ellas, La Jaiba decidió ir a un concierto a Zacatecas con el padre de su hijo. Rafael estaba muy emocionado de volver a verla, llevaba preparado un soundtrack especial para ella, para el camino. Café Tacuba sonaba cuando ella ya no pudo más. Se abrazó a él, quiso fundirse en él y que así Rafael entendiera todos sus miedos.
Secó sus lágrimas y no pudo más que explicar que le daba mucho gusto volverlo a ver. Llegaron a Zacatecas y ahí creyó ver una camioneta (pick up blanca de modelo reciente) que estaba justo a la entrada del hotel donde ella había hecho reservación.
Bájate, regístrate, ahorita te alcanzo, voy a estacionarme. Cuando ella regresó, no estaba la camioneta que creyó ver en la entrada del hotel. Rafael se metió a bañar antes que ella, tenían tantas ganas de estar juntos que prefirieron esperar hasta después del concierto, como antes, como la primera vez en Guadalajara.
A Rafael lo conoció porque la mandó invitar a Guadalajara, por medio de Julián, su compañero de la facultad, al concierto de Red Hot Chili Peppers. Ella estaba tratando de olvidar, con cualquiera que pasara por su vida, a Beto, su novio del salón.
Beto había decidido terminarla en un viaje de estudio para poder iniciar una relación con Azucena, amiga de ella, compañera también del salón de la facultad. Ella lo sospechaba, pero fue hasta que Azucena murió de una extraña enfermedad, que Denisse se lo confirmaría.
Rafael, se sorprendió cuando la conoció, era demasiado para él, pensó que no aceptaría ir a Guadalajara a pasar el fin de semana. Pero decidió que quería experimentar la adrenalina de viajar con un desconocido, era ¡Red Hot y gratis!
Sabía que sólo tenía que seguir sonriendo y ser agradable, sabía que en algún momento, en especie, tendría que pagar el viaje. Estaba dispuesta a hacerlo.
Durante el resto de la carrera (3 años) siguió saliendo de viaje, mintiéndole a sus padres y teniendo por cómplice a su amiga Amanda con quien decía que se quedaba mientras iba a varios conciertos, conviviendo con músicos, rockeros famosos, así pudo conocer a Bunbury, a Cerati y a otros músicos menores nacionales, en todos los casos era la misma dinámica: conciertos tras bambalinas, fiestas en algún antro de moda, afters en los hoteles hasta ver el sol salir.
Ese fin, era Zoé en la plaza de Zacatecas. Después del baño salieron tomados de la mano hasta la carpa que era para la venta de playeras y discos de la banda de la que estaba encargado Rafael.
Rumbo a la carpa, La Jaiba creyó mirar a Misael enfundado en un traje de policía motorizado, el casco impidió que ella pudiera estar segura de que realmente así era. Cuando llegaron a la carpa había dos personas que le llamaron la atención: uno vestido muy elegante a la norteña y un chavito con ropa deportiva de marca Puma muy nueva, uno de cada lado de la carpa, así nomás, ahí parados como cuidándola.
Rafa, quiero acercarme más al escenario. Pero cuando termine “Paula” te vienes para que me ayudes a despachar. Como conocía el rol playing le indicó en qué canción regresar.
Ella no sabía nada aún de cierto, pero sentía que algo podía pasar. Le dio toda la vuelta por atrás a la plaza para escabullirse entre la gente y lograr un excelente lugar en medio de la muchedumbre.
Sintió una mirada fuerte en uno de los balcones del hotel Emporio (que está justo a un lado de la plaza) y creyó adivinar la silueta de Misael. Trató de tranquilizarse por segunda vez y achacarle las coincidencias al estrés de haberle mentido a Misael: le dijo que estaba con sus amigas en Zacatecas.
Cuando “Paula” empezaba, ella regresó por el camino corto al punto de venta de Rafael justo cuando el Norteño y el niño Puma estaban más cerca de él, ambos con una mano en la bolsa de la chamarra. Al verla, se separaron entre sí y del puesto también.
Ésta sería la primera vez que el Puma no llevó a cabo una orden del patrón. Gracias a esa y la siguiente la suerte le cambiaría.
Terminaron de vender casi todas las playeras y discos. ¿Quieres ir a la fiesta del grupo? Rafael sabía la respuesta. Ella sólo quería volver a perderse entre sus brazos, recordar lo que era estar con él.
Le preguntó si quería ir a cenar, lo único abierto era el Sanborns. A ella le encantó la idea porque botanear en esa cerámica blanquiazul le fascinaba. Pidieron unos martinis de sabor, ella era fan de las bebidas raras y él, aunque casi no tomaba, bebió uno igual porque había 2×1. En tanto que llegaba la cena un grupo de unos 30 Harley´s boys llegó ruidosamente a ocupar una larga mesa que les dispusieron, ella volvió creer mirar a Misael, pero cuando se acercó a la mesa rumbo al baño se dio cuenta de su confusión.
Luego de tres martinis más, acabaron de cenar y se fueron al hotel. Con un sueño mágicamente agotador, luego de quedarse dormida en la tina, sin saber cuánto tiempo, logró irse a la cama, donde Rafael, con la ropa puesta, roncaba estrepitosamente. Tendría que esperar hasta el mañanero.
***
Eyacula el cielo sobre las plantas, el aroma de ellas inunda la recámara, de fondo La Vargas: «de tres balazos mató a la mujer de su hermano», su tequila, un limón y el salero, sus víctimas de la tarde; el cielo sigue gimiendo, no ella, no hoy. Un trago más, largo y profundo, la estremece. Pareciera que es un transportador.
Era la tarde de un lunes del verano del 2008, estaba en el bar de Sanborns de Torre Plaza Bosques, con una bandera de Julio Reposado (éste era blanco y de 70 años, pero se sentía igual, aunque sabía mejor, “pero qué le hace” pensó y un intento de sonrisa se dibujó en su rostro).
Misael la veía como quien lleva el coraje y la esperanza en la misma expresión. Ella había pasado el fin de semana con Rafael, el padre de su hijo, en Zacatecas.
Ella recordó que la noche anterior había soñado que él entraba junto con otros tres hombres a la habitación y había intentaba meterle un tiro a Rafael. Ella había despertado justo a tiempo para evitarlo.
Sé mi esposa. En la mano tenía un tulipán amarillo con un anillo de compromiso puesto entre sus pistilos. A ver, a ver, a ver: primero ¿me lo estás pidiendo o me lo estás ordenando? Te lo pido. Vamos a platicar y a tomarnos un tequila porque estas decisiones no se toman en seco.
¿Para qué quieres que sea tu esposa? Con un discurso romántico y convincente le dio sus razones. ¿Sabes? en Zacatecas tuve un sueño… Ella disimuló su sorpresa, al darse cuenta de la incomodidad que Misael tenía conforme avanzaba con la narración del “sueño”. Ella había despertado, eso había hecho que el niño Puma dudara en disparar, siendo la segunda orden que, al no cumplirla, firmaría su destino.
Suspiró. Se tenía que morir, era la única forma de que saliera de tu vida, además ¿no ibas a ir con tus amigas? No me digas nada, no te apures chiquita, te perdono, hoy me voy a ocupar de él.
Ella lo miró con rabia, dolor y esforzándose por disimular el pavor que sentía por dentro. Me caso contigo, pero sólo si lo dejas vivir, es el padre de mi hijo y tal vez algún día quieran conocerse, tú no eres nadie para negarle ese derecho a Emiliano, si bien ya le quitaste a su madre, no lo dejes sin padre.
Misael tomó su mano izquierda, la acarició, la besó con agradecimiento y ternura. Y puso el primer anillo de compromiso de su historia, oro blanco y un diamante de 7 puntos pequeño. Ella pidió otro tequila, mientras que en clave y en un radio que ella no conocía empezó a cancelar la orden.
Despedidas
Misael la llevó al centro comercial nuevo y le dio una tarjeta de oro. “Es tuya, fírmala, es para lo que tú quieras. Cómprate un vestido, unos zapatos, un coche, lo que sea. Quiero que te veas más hermosa de lo que ya eres, para esta misma noche darles la noticia a tus papás: serás mi esposa.”
La primera vez que Misael había ido a la casa de ella a pedirles permiso a sus papás para ser su novio fue el 15 de noviembre, cumpleaños de su abuela materna. Ese fue el último cumpleaños que festejarían, ya que moriría el siguiente febrero.
“Mijita, quédate con quien te quiera de verdad, porque para darte de comer cualquiera lo hace”, le solía decir su abuela.
Misael había ido vestido con la elegancia tradicional de su tierra: botas de piel de cocodrilo color miel, texana del mismo color con un detalle en color plata, camisa azul de cuadros con rayas blancas, pantalón de mezclilla y cinto piteado con una hebilla de plata que trataba de hacerse notar entre dos lonjas.
“¿Quién logra conseguir una botella de crema de whiskey con el nombre de su suegra? Tú le dijiste que nomás este licor tomaba, ¿verdad? Barbero…”
Se movía en el auto de la empresa y les había dado tarjetas donde ostentaba su cargo de gerente de refacciones de una transnacional de tractocamiones. La señora suegra repetía: “Éste algo chueco tiene”, en cada visita que hacía.
Sin embargo, ella se había vuelto más responsable como hija, madre y banquera, y su madre no podía más que pensar que era resultado de la relación de ya tres meses con ese “Señor”, como se refería a él.
“Pues Misael me ha propuesto casarme con él. ¿Y tú quieres? ¿Crees que es lo mejor para ti?”
“Pues sí, papá, quiere bien a Emiliano y a mí no me gusta faltar a dormir aquí. Nos gustaría hacer las cosas bien, Señor.”
Sus padres se voltearon a ver; la mirada de su hija algo les quería decir que su boca no podía.
“¿Por qué no viven un rato juntos? Se calan a ver si es lo que quieren y ya luego ven los planes para la boda. Mientras, Emiliano se puede quedar con nosotros.”
“No, Emiliano se va conmigo.”
“Pero hija, si para dos es complicado que tres agarren una nueva dinámica. Además, tú trabajas todo el día. ¿A qué hora vas a atenderlo? Lo dejarás más tiempo en la guardería y, con lo enfermizo que es, ¿y luego las terapias en el CRIT?”
“No, Emiliano se va conmigo. Tengo los muebles de cuando intentamos vivir con su papá. La casa de Misael tiene tres recámaras; nos podemos acomodar muy bien, ¿verdad, Misa? Tal vez lo mejor para el niño es lo que tu madre dice.”
Ya no escuchó nada; nada del resto de la reunión lo pudo escuchar ella. Veía cómo se movían las bocas de sus padres, de Misael. No podía no casarse con él porque sería desdecirse del trato por la vida de Rafael, pero tampoco podía contarles a sus papás lo que había vivido en Zacatecas.
“Está bien. Solo en lo que nos acomodamos y fijamos la fecha de la boda.”
Subió a buscar a Emiliano, olió su cuello, lo abrazó, lo llenó de besos y le dijo cuánto lo amaba. “Siempre estaré contigo, aunque no me veas. Cierra tus ojos y estaré como ahora abrazándote, llenándote de besos. Te amo, nunca lo olvides.”
Le leyó un cuento: ahora releían “Mil y una noches…” el mismo libro que a ella le había leído su padre cuando tenía tres años.
“Quédate hasta el fin de semana aquí, no hay prisa. Sirve que empaco con calma. Me quiero llevar mis muebles; mi mamá se ha quejado mucho de ellos, le estorban, y tu casa está casi vacía.”
Llegó el fin de semana y la mudanza con él. El trabajo la mantenía distraída y pensar en Emiliano, en trabajar para él, la llenaba de fuerza. Aunque las primeras semanas, todas y cada una de las noches, lloraba porque lo extrañaba.
Su madre se lo alistaba y ella lo dejaba en la guardería como si viviera aún con ellos. En la tarde, había veces que no alcanzaba a recogerlo de la guardería y entonces no lo veía sino hasta la mañana siguiente.
Al cabo de las semanas, un viernes, su madre le pidió que firmara un papel: era la custodia. “Es un trámite meramente formal, para que estemos todos tranquilos.”
“No quiero firmarlo; aquí dice que yo se los dejé, cuando ustedes fueron quienes no me dejaron llevármelo.”
“Si no lo firmas por las buenas, vamos a meter abogado. Emiliano va a ser revisado por psicólogos; tendrá que hablar con un juez: Fírmalos. Misael ya sabe de esto y está de acuerdo. Nos dijo que te sigues drogando y eso lo podemos usar en tu contra.”
Ella se llevó los papeles, los puso en la mesa del comedor junto con una botella, limones, chile piquín, sal y su pipa. Desde las 7 p.m. hasta las 10 p.m. que llegó Misael, había estado escuchando a Chavela Vargas, repitiendo la misma canción: “Piensa en mí”. La decisión ya estaba tomada, la botella vacía.
“¿Qué ya habló tu mamá contigo?”
“Sí.”
“Es lo mejor para Emiliano; no eres buena influencia para él ahorita. Además, yo voy a empezar a viajar y me gustaría que me acompañes, y con él no se podría igual. Justo mañana tenemos una cena en Guanajuato; a ti te gusta Guanajuato, ¿no? ¿Qué no, mi chiquita?”
“Sí, mucho.”
Intentó sonreír. “Firma ya, pues, un día hasta se te habrá olvidado. Mañana de paso se los dejamos.”
Dejaron los papeles en el buzón de casa de sus papás. Camino a Guanajuato, mientras ella manejaba su Sentra verde ’96, empezó la canción de Chavela. Sus ojos se empezaron a empañar, a tal punto que tuvo que salirse de la carretera y, sin poder despegar las manos del volante, lloró durante toda la canción como niña, por una decisión que había tomado como adulta. Misael la abrazó: “Es lo mejor para todos, principalmente para Emiliano.”
No dejó de beber desde que Misael tomó el volante. Llegaron al hotel que ella escogió, se dieron una ducha larga y, aunque no paró de llorar, él no dejó de intentar hacerla reír. Luego, a punto ya de vestirse, la aventó a la cama, acarició sus senos con sus manos ásperas y besó lenta y tiernamente todo su cuerpo, hasta que logró distraerla de su dolor.
A pesar del cansancio del camino, se maquilló y se vistió con un nuevo modelito que había comprado. Aunque le faltaba entrenamiento, dominaba cada vez más los tacones. “¡Mi amor! Ahora sí me voy a ver chiquita a tu lado.”
“Señor, bienvenido de nuevo, Señor.”
“Gracias, Pepe. ¿Todo bien?”
“Sí, Señor, su mesa ya está lista y sus invitados tienen escasos 15 minutos de haber llegado.”
“Gracias, Pepe, te presento a mi prometida.”
“Mucho gusto, Señora, esta es su casa.”
Por primera vez, ella notaría, como en muchos otros lugares de la república, la solemnidad con la que serían tratados.
Esa noche, ella no fue consciente del asunto tan importante que su prometido había ido a arreglar a Guanajuato. Los señores, tres, y Misael se disculparon y fueron a un salón aislado, mientras las señoras quedaron platicando de los hijos, de la última cirugía plástica o la nueva por venir.
Ella deseaba una sola cosa: ir a Las Damas de las Camelias y bailar hasta que se le acalambraran las piernas. Se disculpó con las señoras alegando que estaba agotada, pero justo cuando se vio en la calle, recordó lo cercano que estaba el lugar de salsa y se fue, sin avisarle a Misael, hacia allá.
Después de haber contenido su sed (Misael le había pedido que durante la cena se limitara a beber como una dama), pidió un tequila doble y bailó, bailó, bailó con quien le ofrecía la mano y, sin hacer escrúpulos, hasta que luego de un par más de tequilas dobles y un par de horas, era la mano de Misael quien la sacaba de la pista.
“Te he estado buscando toda la noche. ¿Por qué te saliste del restaurante sin avisarme? Dejas a nuestras invitadas con la excusa de que estabas muy cansada. Fui al hotel a buscarte, preocupado, y resulta que mi chiquita está bailando con cualquiera.”
“Pos parece que ojos en la espalda tienes, mi rey.”
“Sí, y acostúmbrate porque también hay oídos en las paredes.”
“Vamos al Bar 8 a jugar billar.”
“No puedes ya ni hablar, preciosa.”
“Quien gane, reta y manda.”
Llegaron al Bar 8; difícil era ya para ella caminar, mucho más subir escaleras. Como pudo, subió y empezó a coquetear con uno de los jugadores. Él, con tan solo sentir la mirada de Misael, se limitaba a reírse. Fue su turno. Misael le ganó por mucho y fácilmente. Ella quería seguirla, pero Misael se puso serio, como nunca antes lo había visto.
Se fueron al hotel, discutieron un rato. Él la metió con todo y ropa a la regadera con agua fría para que se le bajara la borrachera. Manoteó, hasta que, sin saber cómo, llegó con su pijama y ya seca a una de las camas matrimoniales que tenía la habitación.
Cuando despertó, lo vio dormitando con un arma de cacha dorada en la mano. Le habló desde la cama: “Misa, ¿por qué tienes un arma?”
“Porque te pusiste muy necia anoche, ¿no te acuerdas? Me golpeaste, gritabas que ya nada tenía sentido y que te matarías.”
“¿Y el arma era para ayudarme?”
“Ay, tontita, qué bueno que ya recuperaste el buen humor. Me baño y vamos a almorzar al lugar ese del Truco que dices que te gusta. Vístete, no te me vayas a escapar otra vez, ¿eh?”
Las semanas pasaron. Hubo un fin de semana en que Misael fue a ver a su familia a Tampico y trajo a su hijo, Misael Junior, a Aguascalientes. Ella seguía trabajando y acababa de lograr un ascenso. La fecha de la boda estaba puesta; sería para el cumpleaños de ella, 12 días antes del cumpleaños de él: 14 de abril.
Ese fin de semana, un mes antes de la boda, una de sus mejores amigas de la facultad venía a Aguascalientes: Denisse. Junto con Penélope y Arcelia, harían una despedida de soltera en la República Bar. Misael le había autorizado utilizar su tarjeta.
Pidieron una botella de whiskey, con boosts y el servicio. Sus amigas se quedarían en su casa, ya que él no estaría. A medianoche, luego de bailar y festejar el fin de su soltería, llegaron dos copas con cerezas, tal y como solo él sabía que le gustaba a ella tomar el whiskey. Empezó a buscarlo por todo el antro y, luego de batallar, lo vio bajar por las escalinatas.
La besó como si tuvieran años sin encontrarse. Saludó a sus amigas, caballeroso y solemne como sabía serlo. Luego, en el oído, le pidió que se quedara ese fin de semana con su mamá, para él poder disfrutar a su hijo.
Le explicó que ya tenían plan de pijamada y le sugirió irse a un hotel del centro, donde por la mañana almorzaría con ellas.
Luego que se fueron sus amigas y aprovechando que Junior estaba distraído en un escaparate, siguiendo su instinto y tras verle la mano, le preguntó: “¿Sigues casado y ella está aquí, verdad?”
“No.”
“¿Y esa argolla?”
“Bueno, sí, pero ya me voy a divorciar; el lunes se va. Quiero todas mis cosas y muebles en la casa de Jesús María, todas, no quiero que falte nada y no te quiero volver a ver.”
Se lo dijo sonriendo, con una fortaleza que no supo de dónde sacaba, y empezó a cancelar el templo y la hacienda en Zacatecas que juntos habían escogido para su boda.
Hasta el más allá
Jaqueca, desánimo y una casa nueva; otra más que habitar y hacerla habitable, le impedían sentir la felicidad por el cierre de semana en el banco, aun sabiendo que ya había cubierto su cuota. Sentada en el escusado, tardó unos minutos en hacerse consciente de que estaba contemplando su dedo anular de la mano izquierda, con la huella de una farsa que, de nuevo hoy, le escupía lo crédula e ingenua que era. Ese anillo le gritaba que todo se había ido: su hijo, su matrimonio, su «felices para siempre».
Unas semanas antes, había ido de nuevo a Zacatecas, esta vez sí con sus amigas de la prepa. Celebraron su próximo matrimonio y allí conoció a un posible socio con quien empezó a construir la idea de un negocio viable: una hacienda spa. Después de platicarle la idea a Misael, fueron a que él le diera el visto bueno al potencial inversionista. Aprovecharon para ver la capilla Nápoles en el templo de Guadalupe y la apalabraron, así como también vieron los salones de la Hacienda del Bosque, cerca de la Bufa.
Ver su dedo esa mañana era como ver todos esos planes rotos. Un día antes, había manejado durante una hora sin saber hacia dónde dirigirse. No podía ir a casa de sus padres y platicarles lo ocurrido; en casa de él estaba su esposa. Así que, tras darle vueltas, recordó que traía la tarjeta y que en su nuevo hogar de soltera hacían falta varias cosas.
Eligió irse al Sam’s, donde compró insumos de limpieza, cereales, leche, cosas para el desayuno, una cafetera, café, y objetos útiles: un cuadro, un tapete, velas, inciensos, botanas, enlatados y cinco diferentes botellas de alcohol. «Mucho mal, mucho remedio», se dijo para sí, mientras las ponía en el carrito.
Cuando llegó a la casa de Jesús María, Misael y Junior estaban sacando una de las camionetas del trabajo de Misael, ya vacías.
—Entiendo que estés molesta. Si te decía que seguía casado, ¿me hubieras regalado tan solo una cita? ¿Todo, Misael, todas mis cosas están adentro?
—Sí, mi reina, pero déjame explicarte.
—No soy tu reina; de seguro a ella le dices igual. Ya vete, que te ha de estar esperando. Y Junior, tapándote que existo, ¡qué ejemplo de papá!
—Es que no es como lo ves tú, en verdad ya le pedí el divorcio. Me quiero casar contigo.
Se quitó el anillo de compromiso que aún llevaba en la mano izquierda. Tomó la mano de Misael, la puso al centro y cerró la palma.
—Yo no quiero volver a verte; me has jodido la vida como no tienes idea. ¡Lárgate!
Cerró la cochera ante la mirada atónita de Misael.
—¡Pero me vas a perdonar ésta y muchas otras verdades que aún no sabes! Porque tú ya eres mía, y eso nunca va a cambiar.
Bajó el mandado, acomodó sus nuevas adquisiciones y verificó que todo estuviera en su casa. Le llevaría tiempo revisar caja por caja, pero al parecer lo más importante estaba ahí: refrigerador, estufa, recámara, colchón King, sus maletas con ropa, las cajas de los trastes.
Misael se había quedado con su almohada, una gemela a la de ella, y una imagen de la Virgen de Guadalupe que la Jaiba había heredado de su abuelita paterna. Muchos años después se daría cuenta de esta gran pérdida.
Tendió la cama; era muy grande ahora para ella. Le había dejado instalada la televisión. No había notado un arreglo de 36 tulipanes multicolores en la otra habitación hasta que pasó por ahí camino al baño.
—Cásate conmigo, sigamos con los planes; mañana mismo soluciono esto. Te amo, mi reina, no me dejes, por favor.
Rompió la nota hasta los añicos y comenzó a patear la mesa sobre la cual estaban las flores, hasta que el llanto la hizo menguar.
Sus buenos resultados y el nuevo puesto la hicieron ganar 15 días de capacitación en León, Gto. El trabajo y la distancia serían su mejor medicina. Eso creía ella, pero una tarde, en un restaurante cercano a su hotel, llegó una copa de cerezas junto con su whisky; de postre, un anillo más grande, con una zirconia en forma de rombo, acompañado de tres diamantes de cada lado, todo montado en oro dorado.
Hincado, le mostró los papeles de su divorcio, fechados el día anterior en Tampico.
—Sé mi esposa.
—¿Para qué quieres que sea tu esposa?
—Para respetarte, amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe.
—¿Hasta la muerte, Misael? ¿Sólo hasta la muerte?
—No, mi reina: hasta el más allá.
Sin decirle nada, asintió con la cabeza y estiró la mano izquierda. Él besó la palma, el dorso y colocó el anillo, besándola en los labios lenta y suavemente mientras se incorporaba y se sentaba en la silla de al lado.
—Me hablaron de Zacatecas y no cancelé nada: el templo y la hacienda están puestas. Vámonos hoy mismo a Aguascalientes, para que veas lo de los preparativos.
—¿Cómo crees? Acá me falta otra semana de capacitación; no puedo aventar así mi chamba.
Esa noche la pasaron juntos en el hotel donde el banco la tenía hospedada. Acordaron hacerlo todo a la medida de los tiempos de su trabajo. Él dejaría su casa y viviría en la de ella; al fin y al cabo, era más amplia y segura. Emiliano pasaba los fines de semana con ellos, ya que Misael había intercedido por ello. Las ganancias de ella iban en aumento. Al enfermar el padre de Misael, él tuvo que marcharse a su tierra. La boda se suspendió indefinidamente. Hablaban todos los días, a todas horas, pero la distancia hizo que la Jaiba se sintiera sola.
Un sábado a las 3:00 a.m., sonó al fondo de la bolsa que acababa de aventar en el sillón, el radio que le había dado Misael. Luego de lograr ponerse los calzones y salir del baño, corrió a contestarlo.
—Mi rey, ¿cómo va todo por allá?
—Mi reina, no tan bien como por allá.
—¿Por qué lo dices?
—¿Apenas vas llegando?
—Sssí.
Escuchó que tocaban a la puerta, la puerta que tenía un portón de distancia a la calle.
—¿No me vas a abrir?
Incrédula y con el radio en la mano, abrió la puerta y pegó un grito al darse cuenta de que Misael estaba ahí.
—¿Qué haces aquí?
—A, pos si quieres me voy.
—No, no, no. ¿A qué hora llegaste?
—Hace un rato.
—¿Y tú dónde andabas?
—Pero, ¿cómo entraste?
—Ya sabes, uno que es creativo.
—¿Con quién andabas?
—Psss, con mis amigas.
Y el instante en que le dio la espalda y caminó hacia el estudio fue suficiente para que volviera a aparecer el arma de la cacha dorada.
—No me mientas, te vi. ¡Te vi! Y es el tercero en este mes con el que te fajas a todas luces. ¿Qué crees, que estoy pintado? Contéstame, chingao, clik clak.
Cerró los ojos, se arrinconó de cuclillas en una esquina de la habitación y, por primera vez, conoció la sensación de un cañón en la cabeza.
El Puma
Anteriormente se oía decir que la colonia Insurgentes era donde más delincuentes había, pero parece que la esquina de Canario y Paseo del Cóndor, en Pilar Blanco, se ha convertido en el dolor de cabeza de quienes viven por allí.
Francisco Alonso llegó al barrio cuando tenía 16 años, a un edificio habitado en su mayoría por familias de paracaidistas que, presuntamente, se encargaban de la venta de droga. Ahí conoció a Iván y Alejandro, hermanos que se dedicaban a vender crystal, coca, mota y a asaltar a quien pasara. Junto con Los Chaparros, Pancho fue invitado a hacer funciones de vigilancia: pasar horas en las esquinas alertando sobre la policía o posibles víctimas.
Era tan sagaz y meticuloso que pronto se ganó el mote de «El Puma». Sus funciones se volvieron más complicadas; le otorgaron una escuadra .38 súper y comenzó a acompañar al patrón a Reynosa con la mercancía.
El Puma se fue ganando poco a poco la confianza del patrón, quien lo entrenó en técnicas israelíes de defensa y ataque, le enseñó a manejar armas de alto calibre y a distinguir entre cocaína pura y de baja calidad. Pero, sobre todo, lo acostumbró a ganar dinero fácil y sucio, para luego blanquearlo. “¡Qué ganas de seguir estudiando le iban a quedar!”
Con lo que ganaba, no era necesario que nadie en su familia trabajara. A veces, cuadruplicaba el sueldo de su padre como obrero en Nissan. Pronto fue creciendo, y las encomiendas se volvieron más elaboradas.
Aquella noche en Zacatecas, él tenía la orden directa de matar a Rafael, el papá de Emiliano, sin que se notara. “El Sinaloa tiene que encañonarlo por la espalda”, le dijo el patrón, “mientras tú lo acuchillas, tratando de picar pulmón y vaso”.
Ella había regresado demasiado pronto a la carpa, y más tarde impediría que concluyera su tarea, despertando inexplicablemente, a pesar de la gran cantidad de somníferos que, por orden de Misael, le habían puesto en los martinis.
Gracias a esa noche, como una maldición, la gloria del Puma empezaría a descender. Ocho años después, en un operativo sorpresa, lo capturaron junto con otros cinco, entre ellos El Sinaloa, con 47 mil dólares, drogas, armas, cartuchos, camionetas, un rancho y hasta ganado; todo producto de la venta de drogas en Estados Unidos. Se declararon una célula independiente del crimen organizado. Dijeron haber estado apenas 15 días en Aguascalientes, después de operar en Calvillo, Puebla y, casualmente, Reynosa.
—Patrón, cálmese, al fin la señora ya entendió que le va a ser fiel y leal, ¿verdad, Señito? —Asintió con la cabeza.
—¿Y quién chingaos te pidió que te metieras, Puma? —preguntó Misael.
—Pos es que acaba de pasar una patrulla y usted me pidió que le avisara si pasaban.
Misael guardó su arma.
—Vete a descansar, yo me voy a quedar aquí con mi reina.
—Me quedo aquí afuera en la troca, por si se le llega a ofrecer algo.
—No se me va a ofrecer nada, pinche Puma.
—¿Pero qué tal que a la Seño sí?
—No me hagas encabronar tú también y vete a ver a tu mamá, que vea que sigues vivo.
Con la característica mirada 10/40 de Misael, el Puma dijo buenas noches y, sigiloso como entró, desapareció cerrando puertas tras de sí.
Misael le extendió las manos a quien, con temor, le permitió ser auxiliada para levantarse.
—No juegues conmigo, mi reina. Yo te quiero bien derecho y si no nos hemos casado, no ha sido por falta de querer. Mi viejo no anda bien y debo estar cerca de él; pueden ser sus últimos meses con vida. Vente conmigo a Tampico, pide tu cambio para allá. Me haces mucha falta.
—Voy a darme un baño, ¿quieres venir?
Ella sabía que no se negaría. Prendió velas e incienso, y después de una hora, terminaron con el coraje de él y el pavor de ella, como mejor sabían resolver sus diferencias.
Ella empezaba a acostumbrarse a escuchar Oldies cuando él estaba en casa. No era lo más erógeno para su gusto, pero a él le funcionaba.
A la mañana siguiente, la acompañó al banco. Mientras ella hablaba con su gerente, él salió a Calvillo por dulces y mermeladas para doña Maricarmen, su madre.
Misael le propuso terminar el mes y mudarse con él.
—Al fin y al cabo, eres una chingona, mi reina; de cualquier cosa agarrarás trabajo allá. Aunque con que le hagas compañía a mi madre será suficiente, en lo que nos terminan la casita. Está quedando rechula, te va a encantar.
—¿Y Emiliano?
—Lo vienes a ver una vez al mes o dos, si quieres. De cualquier forma, yo tengo que estar viniendo. Total, ya casados y bien establecidos, hablo con tus papás y nos lo llevamos. No te apures, mi reina; nomás pa’ la muerte no hay solución.
Ella comenzó a cerrar los movimientos pendientes con sus clientes, a empacar, a vender muebles y a pasar más tiempo con Emiliano, todo el que le quedaba después del trabajo. Sabía que no habría vuelta atrás. No estaba segura, pero, ¿qué más podía perder ya?
Miramar y Carpintero
La distancia entre Aguascalientes y Tampico son: 9 horas de viaje, 10 discos escuchados, 5 paradas al baño, la vida metida en 3 maletas y un prometido sonriente al volante. Cuando el sol caía en la playa de Miramar, llegaron.
Después de comprar un six de Rubia Superior para él y una botella de Julio Reposado para ella, calando los bufers hasta el tope, con Pesado y “Hasta la cantina” a todo lo que daba, el Jaibo ausente regresaba a su terruño. Pitaba y alzaba la mano; en ocasiones, sólo los dedos por encima del volante; en otras, hasta tocar la visera de la gorra de Los Rieleros, regalo de su amada.
—¿Y luego de cuántas vueltas al Malecón ya cumplió uno con el rito? —soltó una sonora carcajada—. Pos hasta que se nos acabe la gasolina, mi Reina, o qué, ¿ya te quieres bajar?
Conforme anochecía, se iban apilando más carros: trocas lujosas, autos tuneados, placas de éste y de aquel lado del Bravo. Todos a vuelta de rueda.
Cuando se acabaron las chelas, ella apenas iba a la mitad de su tequila.
—¿Más limones, más sangrita, mi Reina? —preguntó.
Tras afirmar con la cabeza, se estacionaron cerca de una barra de las que adornaban la playa. Saludó de mano al cajero y alzó la cabeza a uno que otro cliente.
Regresó al Sentra ’96 verde de ella, que con sus placas de Aguascalientes desentonaba, al igual que el arreglo de ella.
—¿Quieres estirar las piernas, mija? —preguntó, volviendo a mover la cabeza afirmando.
Misael se estacionó a la orilla del malecón, lejos del rehilete de autos, lejos del ruido y las luces. Le abrió la puerta, se hincó a su lado. Besó sus manos, luego sus labios, con ternura.
—Gracias, gracias, mi Reina, gracias. No estés triste, pronto regresaremos por él, te lo prometo. Aquí, delante de la luna —¿ya la viste?— la mandé traer para ti.
Ya no pudo evitar llorar, ya no pudo quedarse callada y sentada. Bajó con la botella en la mano, caminó hasta la orilla de un embravecido mar, se descalzó y un calambre le recorrió toda la médula espinal al sentir el agua helada del Golfo. Gritó:
—¡¿por qué, por qué, por qué, por qué yo, Mar?!
Misael se quedó a la distancia, sabiéndola suya y respetando su espacio de dolor y obstinación. La vio acabarse la botella, la vio aventarla, la vio hincarse, llegar al sollozo; y sólo entonces, la cubrió con su chamarra, con sus brazos y besos.
La Jaiba cerró los ojos al sentirlo cerca; lo abrazó también, se dejó besar y lo besó con hambre, con derrota, con evasiva pasión. Con sus dos manos tomó su rostro y lo llevó a su cuello. Misael intentó detenerla, pero mejor deslizó una mano por debajo de su playera, acariciando sus senos, y con la otra abrió el cierre de su pantalón.
Se llenaron de arena hasta las culpas. Se quedaron boca arriba, mientras la luna los miraba.
—Bienvenida a Tampico; quien no coge en Miramar es extranjero. Tú ya eres una jaiba más; lindo ritual de ciudadanía, Misa. ¿A poco sí te gustó, mi Reina?
Pasaron por la laguna del Carpintero.
—Aquí aventé el anillo que me regresaste, una madrugada como esta; justo llegué de Aguas, grité y lloré como tú hoy, y luego lo aventé.
Una hora más tarde, cerca de las 5 de la mañana, estaban en su nueva morada. Arriba de la casa de sus papás, Misael había construido dos estancias grandes y un baño completo para ellos, sólo mientras acababan la casa de Reynosa, que le había prometido.
La familia es primero
A la entrada, un nicho con la Virgen de Guadalupe, un busto de Malverde, la Santa Muerte, veladoras y flores. En el momento en que la vio barriéndola de arriba abajo, supo que iba a tener que ser muy cuidadosa con su trato hacia su suegra.
—Bienvenida, ojalá te sientas cómoda el tiempo que estén aquí —dijo Doña Maricarmen.
—Gracias, doña Maricarmen.
—Será temporal, mamá, cosa de unas semanas, las suficientes para que le enseñes a cocinar, porque tu sazón es el mejor del mundo, mamita —añadió Misael, con una sonrisa.
—Ay, mijito, oye, no les puse sábanas porque a esa camota que compraste no le quedan ningunas de las mías.
—No te apures, ahorita vamos mi Reinita y yo a hacer unas compras. ¿Qué más hace falta?
Almorzaron los cuatro. Don Misael, totalmente lo opuesto a Doña Maricarmen, amable, atento, muy respetuoso. Dejaron las maletas y salieron al centro comercial, compraron sábanas, toallas, un poco de despensa. Misael la llevó a comer al centro y luego por la mejor nieve del mundo, según los conocedores: El Globo, junto al quiosco del parque, frente a la presidencia municipal.
Le parecía todo tan ajeno, como si estuviera de vacaciones y pronto regresaría a vivir a casa de sus papás con su hijo. Y cada vez que recordaba lo lejos que estaba de él, no podía evitar sentirse triste e impotente.
Por la tarde conoció a Oscar y su familia, el hermano menor de Misael. Serio y con una mirada de reojo analítica, demostraba la desconfianza que sentía hacia la desconocida. Misael acabó sacándolo de la casa con el pretexto de traer cena para todos.
—Claro que no sospecha nada, ella cree que regresé por la enfermedad de papá.
—¿Sabe de Isidro?
—Sabe que es nuestro hermano mayor, que tiene cinco años en la cárcel purgando una condena que no le corresponde porque es inocente.
Silencio. Ambos rieron.
—Además, ¿qué daño crees que puede hacer una mujer aislada de su familia, deprimida, sin trabajo y sin dinero?
Regresaron con hamburguesas, papas, hot dogs y refrescos. Aquello parecía una gran fiesta, celebrando el regreso del hijo pródigo. Se fue Oscar y su familia. Misael y ella se despidieron de los señores y se subieron a su nuevo lecho de amor.
El sonido de las cuijas, el calor de la costa, la luz del alumbrado público, de los autos que pasaban por la calle, los estrepitosos ronquidos despreocupados de Misael, no la dejaron dormir en toda la noche. Cerraba los ojos, los apretaba fuerte, deseando volver al lado de su hijo, pero solo lograba que sus ojos se convirtieran en lluvia que terminaba en su cuello.
—¿Qué tal dormiste, mi Reina?
—Más o menos.
—Baja a ayudar a mi mamá a hacer el desayuno y todo lo que ella te pida, es buena la vieja, solo que tiene sus modos.
Cuando bajó, Doña Maricarmen ya tenía listos dos sartenes en el fuego: uno con huevo y el otro con frijoles refritos. Estaba amasando y haciendo tortillas, con el comal ya bien caliente.
—¿En qué le ayudo, señora?
—Ya en nada.
—¿Y mi hijo?
—Se metió a bañar. Yo pongo la mesa.
—A ver, sí, mira: los platos están por allá, los cubiertos en el cajón y los vasos arriba del otro mueble.
Durante el desayuno, Misael no dejó de elogiar las tortillas hechas a mano de su mamá, el delicioso sabor de los huevos y lo extraordinario de sus frijoles.
—Pronto aprenderás, mi Reina. Voy a estar trabajando el carro de mi papá mientras estemos aquí. Vengo a la hora de la comida y me vuelvo a salir.
La Jaiba lavó los trastes, barrió y trapeó la cocina.
—Doña Maricarmen, ¿qué más hago?
—Nada, niña, nada. Al rato que empiece a hacer la comida, te grito. Vamos a hacer jaibas que mijo me va a traer.
—¿Hay algún ciber café cerca?
—Como a dos cuadros hacia la avenida, pero no te vayas a perder. Mejor espera a que Misael te lleve.
—No me pierdo, no se apure, tengo buen sentido de orientación.
El barrio estaba compuesto por casas sumergidas en junglas caseras. Selvas que crecían entre camionetas descompuestas, entre casas tipo playeras de los años cincuenta. La calle de la casa de su suegra era empedrada, pero las siguientes solo contaban con la arena comprimida. La calle donde encontró el ciber sí estaba pavimentada y era de doble sentido, aunque al parecer, así lo eran todas las calles en Tampico, sin ninguna señalización en las esquinas, sin el uno-uno en el paso vehicular al que estaba acostumbrada la Jaiba.
Se metió a occ.mx, el sitio donde se podía buscar trabajo, ya que por parte del banco no había vacantes para hacer su cambio. Subió su CV con su nueva dirección y poniendo el celular de Misael, así como él se lo había sugerido.
—Porque si ven la lada de fuera no te van a llamar, mi Reina. Al cabo yo te paso el recado si te llaman a alguna cita.
Vio los clasificados buscando un posible trabajo en el banco. Mandó correos.
Cuando regresó, el taxi ya estaba estacionado afuera. Sonrió al saber que Misa ya estaba de regreso en casa.
—¿Pues hasta dónde te fuiste?
—Se dice hola, ¿cómo te fue?
—Si mi mamá te dijo que no salieras, ¿por qué no la obedeciste?
—Salí a buscar trabajo, a mandar mi CV.
—Te dije que no hace falta que trabajes, que no urge. Traje jaibas, fíjate cómo se preparan y no te vuelvas a salir, al rato regreso a comer.
Era tal vez la tercera vez en los seis meses que veía tan molesto a su prometido. Las jaibas estaban en una cubeta, aún vivas.
—Pícate esas dos cebollas —ordenó Misael.
Molesta, Doña Maricarmen picaba jitomate, mientras una olla con agua estaba en la estufa.
—A ver, pásame la cubeta con las jaibas, mientras yo las pongo a cocer. Tú pica ese chile verde y el cilantro que está en la tabla.
Cada chillido de cada uno de los crustáceos al entrar en contacto con el agua hirviendo hacía que la Jaiba pensara más en Emiliano, en su llanto de bebé, en su llanto cuando meses atrás se había golpeado en la resbaladilla, en su decisión de irse de Aguascalientes.
—Pero niña, no seas tonta, si a ellas no les duele nada, ni sufren, ¿entonces tú por qué lloras?
Regresó de sus pensamientos, luego de ver que ya había cortado el chile y el cilantro.
—Anda, ve a limpiarte esa cara, luego vas a la tienda por unas caguamas, porque sin ellas, las jaibas no saben igual.
Cuando iba saliendo con los envases de caguamas rumbo a la tienda, llegó Misael.
—Pero, Reinita, ¿qué no te dije que no te volvieras a salir?
—Es que tu mamá…
—Ahaaa, bueno, si mi mamá dijo, no hay poder superior a eso.
Comieron, la Jaiba comió menos que los demás, “no le hallaba el modo al bello arte de chupar jaibas”, como decía su suegro.
Pasaron un par de semanas y la Jaiba empezó a desesperarse de que nadie le llamara para ningún puesto. Las horas de ausencia de sueño se iban acumulando, a tal grado que andaba como zombie día y noche.
Una tarde, llegó Teresa.
—Me tomé la libertad, cuñis, de subir porque Doña Maricarmen te gritó y gritó y nada que contestabas. Vine por ropa para llevarle a Isidro, voy a ir a verlo, yo soy su mujer.
—Mucho gusto, yo soy…
—Ya sé, la prometida de Misa, la que conoció en Aguascalientes, trabajas en un banco, ¿no?
—Trabajaba.
Parecía que la mujer guapa de tetas falsas, que entonaría más en un video de BandaMax que en esa casa tan gacha, sabía más de ella que ella misma. Hablaba a tal velocidad y con un acento norteño tan característico de esos lares, que la Jaiba se quedaba a la mitad de entender lo que decía.
—Ya te digo que cuando lo apañaron junto con el Lazca, pensé que me quedaba viuda, aunque claro, una sabe que en cualquier momento eso puede suceder andando con estos traviesos, pero mira lo que son las cosas, el Patrón en una jaula de oro, al otro la jaula de oro, al otro lado y mi viejo aquí en la sombra dirigiendo toda la compañía y sin sudar. Bueno, pues un gustazo, ya me voy porque luego se pone muy pesado el regreso. Cuídate, chula, ahí luego vengo a verte.
Por la noche, Misael llegó muy contento.
—Reina, haz maleta que vamos a tu tierra.
—¿Te acuerdas de Carlos, mi cliente? Ganó las elecciones y quiere que le vaya a dar una asesoría.
—Claro, ¿por qué le hace falta otro ingeniero?
—Pensé que te iba a dar gusto ir a ver a tu hijo.
—Sí me da gusto, pero necesito que me expliques, ¿cómo es que me puedo quedar viuda y eso que ni nos hemos casado?
Misael suspiró largamente, se tronó el cuello girándolo hacia un lado y hacia el otro, la miró a los ojos.
—¿Qué te dijo Teresa? Sé que se quedó un buen ratotote acá arriba.
—No mucho, solamente quiero saber realmente quién eres.
—Soy Misael y te amo, con eso debe bastarte. ¿Vas a ir a Aguascalientes conmigo o me voy solo?
—Voy. En una hora salimos y nos llevamos todo.
La Jaiba empezó a juntar las cosas que no tenía en las maletas, emocionada y confundida. No importaba a quién le había entregado toda su vida; regresaba a ver a su hijo y con eso bastaba.
Con la bendición de Doña Carmen, con el “cuídense mucho” de Don Ismael, salieron a las diez de la noche.
—¿Quieres que yo maneje?
—¿Qué pasó, mi Reina? ¿Luego para qué estoy yo?
Al llegar al boulevard, aunque la Jaiba notó el cambio de luces que les hiciera antes de cederles el paso una pick-up blanca (parecida a la que había visto afuera del hotel en Zacatecas), no dijo nada. Misael puso su música: Oldies, y ella reclinó el asiento. Pareciera que el viaje a casa era el somnífero que durante un mes había requerido.
Señora y ama
—Reina, Reinita; ¿ya llegamos?
—Sí. Al lograr abrir los ojos, se encontró en medio de una gran cochera rodeada de pilares y paredes de mármol.
—¿Dónde estamos?
—En tu casa, mi reina.
—¿En Aguascalientes?
—No, mi vida, en Reynosa. Necesitaba recoger unas cosas de acá y quise aprovechar para que dejaras tus maletas y la conozcas. ¡La mandé construir para ti!
Cinco habitaciones: cada una con su baño, perfectamente amuebladas y equipadas; la principal, con un vestidor amplio, jacuzzi, sauna y vapor. «¿A quién iba a meter en tantos cuartos si solo éramos tres?», se dijo para sí. Una biblioteca enorme con un piano de cola Yamaha, que le recordó sus primeras clases de solfeo. Un despacho, sala, comedor, cuarto de juegos con una mesa de billar. La Jaiba iba del asombro al enojo. Una cocina amplia, cuarto de limpieza, dos cuartos para el personal de servicio, alberca olímpica, mesa de pin pon. Un chofer, una cocinera, una auxiliar doméstica.
—Dime, ¿quién eres? Por favor.
—Entre menos sepas, es mejor para ti, por tu seguridad.
—¿No confías en mí?
—No, no confío en nadie, ni en mi propia sombra. Tú deberías hacer lo mismo.
—Si lo hubiera hecho, no estaría aquí.
Misael hizo como si no la escuchara.
—Llena el jacuzzi, deja, doy unas indicaciones y ahorita te alcanzo, mi Reina.
—¿No vamos a Aguascalientes?
—En la madrugada salimos para allá.
—¿No quieres que te preparen algo de cenar?
—No tengo hambre, gracias.
—Descansa un poco. Bienvenida a tu casa; aquí sí, solo tú eres la señora y ama.
La mansión contrastaba enormemente con la humilde casa de sus suegros y la desamueblada casa en un barrio bajo que había habitado Misael en Aguascalientes. Afuera solo se veía la oscuridad; no se escuchaban ruidos de autos ni se veía alguna luz de alumbrado público.
No tenía miedo, sino pavor. Cuando entró a la habitación, el olor a nuevo inundó su nariz. Notó que sus maletas ya estaban en el vestidor. Abrió las llaves del jacuzzi mientras sacaba su pijama y sus cosas de baño.
El olor a lavanda del jabón la empezó a arrullar, hasta que sintió el cuerpo de Misael a su lado y se sobresaltó.
—No te oí entrar.
—¿Te gustó?
—¿Qué cosa?
—La casa.
—Esto es una mansión, es demasiado.
—No es nada a comparación de todo lo que tú me has dado. Te mereces esto y más. Quiero que nos casemos este mismo fin de semana, solo nosotros, Dios y el juez.
Silencio.
—¿Cómo ves?
—No sé, Misa, ya no sé qué quiero.
—No te preocupes, yo sí sé.
Empezó a acariciar sus piernas desde el tobillo hasta sumergir un par de dedos en su vulva, mientras que con la otra mano tocaba su seno izquierdo.
—Estoy muy cansada, Rey. En verdad no he podido dormir nada bien desde que me vine para acá y, aparte…
La calló con besos y siguió recorriendo su piel, esos puntos precisos que sabía que no se podría resistir. Ella trató de pensar que pronto estaría con Emiliano y lo dejó acabar sin que ningún poro se erizara.
Luego de un par de horas de sueño, se levantaron.
—Llevas cosas sólo para una semana.
—¿Y tu ropa, tus cosas, por qué no están aquí, Misa?
—Ya están en la camioneta.
—¿En mi carro?
Misael sonrió.
—Es que te falta ver el otro regalo que te tengo.
Regresaron a la cochera. Estaban estacionadas la pick up blanca, una negra y una gris, de diferente modelo y marca, el Sentra verde de ella y una camioneta Lincoln Navigator blanca del año.
—Esta camioneta es tuya, para tu uso, pero de vez en cuando me la vas a prestar. Mira, las placas están hechas para nosotros. Eran del estado de Guanajuato con el año de nacimiento de él y de ella.
Del lado de las habitaciones de servicio salieron tres sujetos.
—Ya está todo listo, Patrón, en cuanto usted nos diga.
—Bueno, pues como quedamos, cada quien en su troca, mi Reina. Ellos son el Grande, el Norteño y al Puma ya lo conoces. Son mi gente de más confianza.
El Norteño era ese otro individuo que cuidaba la carpa en Zacatecas. El Grande no solo era su chofer, sino su guardaespaldas y su mejor gatillero. Al año siguiente, el Grande sería el encargado de orquestar, por órdenes de Misael, la fuga de más de 53 reos de la cárcel de máxima seguridad de Cieneguillas, Zacatecas. Pero eso, aún no lo sabía la Jaiba.
—Están para cuidarte y servirte.
—¿Cuidarme de qué o de quién?
Misael soltó una carcajada y los tres rieron en eco.
Aquí no pasa nada
Al salir de la cochera, recorrieron un sendero hasta un portón que un par de hombres vestidos de negro, luego de saludar a la manera militar a Misael, abrieron. Avanzaron por cerca de media hora un camino de terracería hasta llegar a una carretera de dos carriles, que luego de dos horas los puso en la autopista. “45” alcanzó a leer la Jaiba; luego cerró los ojos, el amanecer le solía dar sueño.
—A desayunar y estirar las piernas, Reinita.
—¿Ya llegamos?
—Casi.
Entraron en un comedor al pie de la carretera. Por la ventana vio cómo el Grande cerraba su camioneta al igual que el Norteño y el Puma. Los tres entraron a la Lincoln y se fueron. Luego de una hora regresaron.
La Jaiba estuvo a punto de preguntarle a Misael por qué paraban ahí, pero decidió quedarse callada; al fin y al cabo, sabía que no le diría nada. Regresaron los muchachos, subieron a sus respectivas camionetas y arrancaron hacia la misma dirección, todos excepto el Grande, que se quedó a bordo de su camioneta.
—¿Cuánto le debemos?
—$75.00.
Misael puso un billete de $200.00 en la mesa y salió seguido de la Jaiba.
—¿Me ayudas a manejar, mi Reina?
—Sí. Me voy a dormir un ratito; me despiertas cuando lleguemos.
El Grande iba al frente y ella lo seguía. Pasaron los dos retenes de Zacatecas, el norte y el sur. La Jaiba notó cómo el Grande agachaba la cabeza y tocaba la punta de la visera al mismo tiempo que bajaba la velocidad. Misael, con el respaldo del asiento hasta atrás, no se movió en todo el trayecto, sino hasta llegar al Centro Comercial Altaria.
—Rey, ¿para dónde le doy?
El Grande se estacionó y me hizo con la mano que le siguiera.
—A casa de tus papás, para que veas a tu hijo, y en la noche paso por ti, o ¿quieres dormir ahí?
—Sí.
—Ah, pues entonces mañana paso por ustedes y vamos al cine y a pasear.
—¿Dónde dormirás tú?
—Ay, mi Reina, tan preguntona. Solo dormiré, si eso es lo que quieres preguntar.
Enfrente de la casa de sus papás estaba la camioneta del Norteño.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana, mi Reina hermosa.
Mientras ella se bajaba de la camioneta, el Norteño cerraba la suya. Cuando le abrieron la puerta de casa de sus papás, vio cómo el Norteño tomó su lugar en la Lincoln: al volante.
—Mamita, mamita, te quiero, mamita.
—Yo más a ti, yo más a ti.
Lo cargó y lo llenó de besos. No podía dejar de llorar.
—Hija, me asustas, ¿qué pasó?
—Nada, mami, es que estoy muy contenta de verlos. ¿Cómo han estado? ¿Qué me cuentan?
—Aquí no pasa nada, ya sabes, aquí todo está igual. Emiliano te extraña mucho.
—Y yo a él, mamá, y yo a él.
—¿Y sigues viviendo con tu suegra?
—Hasta antes de venirme sí, pero ya dejé mis cosas en mi casa.
—¿Qué pasa, hija? A mí no me puedes mentir.
Su papá llegó de la oficina en ese momento y la salvó del interrogatorio de su mamá. Ella podía incluso mentirse a sí misma, pero a su mamá, su rostro no podía ocultarle nada.
—¡Qué milagro! ¿Qué te trajo por acá? ¿Ya te aburriste de la playa? Pero si ni quemada vienes.
—Ay, papá, una sola vez fui en todo el mes. Misael trabaja mucho y no tiene tiempo de llevarme.
—Achis, ¿qué no tienes piernas, mijita?
—Es que no conozco allá.
—¿Y dónde está el susodicho?
—Fue a un asunto de trabajo.
—¿Te quedas a dormir?
—Sí, papá, una semana voy a estar dándoles lata.
—Bienvenida, Emiliano va a ser muy feliz, y nosotros también, hija.
Su antigua recámara había sido ocupada por su hijo, así que durmió con él. La tranquilidad de dormir escuchando el corazón de su hijo, oliendo su aroma, abrazándolo, le permitió empezar a discernir la cantidad de información que en un mes había recibido.
Empezó a tratar de recordar las armas que les había visto e identificarlas: nombre, comercial y real, número de tiros. Investigó acerca de cómo estaba repartido México, tratando de descifrar a qué grupo pertenecía su prometido y qué lugar jugaba en la compañía.
Consultó los diarios para saber quién era su cuñado y si había algún dato de Teresa. Todo lo fue registrando en un diario, cómo lo conoció y toda la información que poco a poco había ido recibiendo.
Como ladrón
—Te ha sentado bien el viaje, te veo muy feliz.
—Es Emiliano. Me llena muchísimo verlo.
—¿Y si nos lo llevamos?
—No, mis papás no van a querer, no me van a dejar.
—Pues yo no sé cuándo puedas volver a venir. Tengo bastante trabajo en Reynosa y, pues, tú eres mi mujer ya, ¿qué no?
—Sí, pero no, porque ante la ley y Dios yo sigo siendo soltera.
—Pero eso lo podemos resolver mañana mismo. Además, no quiero verte llorar por tu hijo.
La Jaiba sabía que no era una propuesta sino una orden, pero llevarse a Emiliano era ponerlo a él también en peligro. Tenía la opción de contarles la verdad a sus papás o llevarse a su hijo.
—Hija, pues aprovechando que estás aquí, vamos a ir a visitar a nuestros compadres. Desde que te fuiste ya no vamos ni al cine, porque, pues, ¿quién se queda con Emiliano? Cenan y no nos esperen despiertos.
La Jaiba empacó una maleta con ropa y juguetes de Emiliano.
—Vamos a dar una vuelta.
—¿Y mis tatas?
—Al rato nos alcanzan.
Llegó Misael por ellos.
—¿Te avientas las primeras horas, mi Reina?
Se puso al volante luego de ponerle el cinturón en el asiento trasero a su hijo.
—Es lo mejor para ustedes.
—¿Y los papeles?
—Los papeles se hacen ceniza y ellos no tienen tu nueva dirección, así que deja de comportarte como una niña y sé congruente con las decisiones de adulta que tomas.
De nuevo esa mirada que le asustaba, de nuevo esa voz ronca que no sabía de dónde le salía. Su corazón estaba a punto de salírsele del pecho.
Ya estaba llegando a Cosío cuando se dio cuenta de que, de nuevo, iba adelante el Grande. Al llegar al retén, la misma señal en la cachucha del Grande; de nuevo el soldado le dio el paso sin siquiera volver a ver al interior de la camioneta.
Pasando unos kilómetros, antes de iniciar la autopista, la Jaiba se orilló, bajó y abrió la cajuela, solo para verificar lo que ya sospechaba: bloques de color blanco y verde perfectamente acomodados, como en las fotos de lo que había estado investigando.
—¡¿Por qué chingaos te paraste?! ¿Quién te dejó abrir la cajuela?
Misael casi la machuca al azotar la puerta.
—¡Súbete, voy a manejar yo! Ya que en ti no se puede confiar… ¡estúpida!
Se subió en el asiento de atrás con Emiliano, que afortunadamente dormía.
—¡¿No me vas a hacer ninguna de tus pinches preguntas?!
—No.
—Te queda claro cuál es tu lugar en esto: obedecer y no hacer preguntas.
—Vaya, pensé que ya se te había quitado lo inteligente. Yo me voy a hacer cargo de ti y de tu hijo, de su comida, de su vestir, de todo lo que ocupen. Ahora ustedes son mi familia, ¿entiendes?
—Sí.
—Y entre la familia nos cuidamos los unos a los otros, ¿verdad?
—Sí, mi Rey.
Al día siguiente de su llegada a la casa, Emiliano empezó a preguntar por sus tatas.
—Deja le aviso a mi mamá que estamos bien.
—Sí.
—¿Bueno? ¿Tata?
—¡Dios mío, Emiliano! ¿Dónde estás, mijo?
—Con mamá, no llores, Tata.
—Mamá, estamos bien, no te preocupes, me lo traje conmigo.
—Pero hija, ¿por qué así? Te abrimos las puertas de la casa, nos hubieras dicho que querías llevártelo.
—¿Y me hubieras dejado?
—No, claro que no, pero al menos no te hubieras ido como ladrón.
Misael, mirando el reloj, le hizo una señal de que colgara.
—Me tengo que ir. Que Dios los bendiga.
Papeles, papeles, papeles
La Jaiba empezó a ganarse a la gente de la casa.
—Es que nadie nos pide las cosas por favor, señora, y usted como que nos trata con bastante amabilidad, con otros modos.
—Doña Pancha, ¿pues cómo los trata Misael?
—No, el señor bien, así como usted, pero los muchachos, como que son muy toscos. Cuando les preparamos las charolas de las muchachas que tienen allá adentro —señaló con un gesto de la cabeza las habitaciones del fondo, donde el Puma estaba sentado día y noche desde hace algunos días— las regresan aventándolas.
—Ande, no sea malita, vaya por un pollo y verduritas, porque Emiliano nomás no quiere comer.
—No, seño, ahí va tener que ir usted, porque queda re lejos.
—Ahorita le digo al Grande que la lleve.
—Nooo, señora, yo con él no voy; me da miedo.
La Jaiba fue a saludar al Puma y le pidió que llevara a Doña Pancha por el pollo.
—Le voy a quedar mal, seño, pero yo de acá no me puedo mover.
—¡Ayuda, ayuda, por favor, sáquenos de aquí!
—¿Quiénes son esas chicas?
—Seño, mejor váyase, dígale al Norteño que la lleve por el pollo.
—Puma: lo mismo le puede pasar a tus hermanas, ¿no lo has pensado? Libéralas.
—Si hago eso el señor me mata y a mi familia también. Ya váyase, y le cuento algo importante; me van a castigar si la ven aquí.
La Jaiba fue a su habitación por un papel y una pluma, con la intención de pasárselos por debajo de la puerta pidiéndoles los nombres y teléfonos de sus mamás y avisarles que seguían vivas.
Cuando regresó, el Puma ya no estaba; las habitaciones estaban vacías, con las camas sin tender. Por la ventana alcanzó a ver que el Puma salía junto con el Norteño manejando una van cerrada.
—Permiso, señora, tengo que asearlas —le dijo Rosita antes de cerrar la puerta en su nariz.
Olor a pólvora
—Enséñame a disparar.
—No.
—Ándale, ¿qué tal que una de esas se ocupa?
—No.
—Enséñame, por favor.
—No.
—¿Y si me pinto el cabello de güera, así como me has estado dando y dando lata?
—¿Güera, güera? ¿Así bien como la Rubia Superior?
—Sí, todito, desde la punta hasta la raíz.
—¿Y también te operas las chiches?
—Senos, se llaman senos.
—Senos, chiches, tetas, ¿te las operas?
—Pueque luego, cuando me hayas enseñado.
—¿Se te hacen chiquitas?
—Nnno, pero las podemos volver a poner en su lugar.
Carcajadas.
—Te pasas.
—Emiliano ya bajó 5 kilos. Está demacrado y cada vez pregunta más por mi mamá.
—Pues dale papillas, licuados, vitaminas, lo que sea.
—Se me va a morir aquí, Misael.
—No se va a morir. Lo que pasa es que entre Pancha y tú lo consienten demasiado. Muele verduras con pollo, hazle un show para que coma.
La habitación contigua a la principal era la de Emiliano, pero más que una recámara parecía un cuarto de juguetes. Tenía su propia televisión, su reproductor de DVD. El niño estaba más consentido que en la casa de su abuela, pero se resistía a comer.
—Entonces, mi Rubia Superior, ¿cuándo quieres que empecemos tus clases?
—Ahorita.
—Todavía no te miro güera.
—Hoy mismo me lo pinto. ¿Empezamos en la tarde?
Misael llamó al Grande a su despacho.
—Lánzate a McAllen y tráeme una escuadra chiquita que tenga la cacha bañada en oro de 14 quilates y que le pongan las iniciales de mi vieja y mías. Chécate qué hace falta para que lo compres. Yo creo que esta semana llevamos el tráiler con la merca a Aguas.
—Sí, Patrón.
Por la tarde, Misael y la Jaiba salieron de la finca y llegaron a una bodega enorme donde había dos tráileres, cada uno con doble remolque.
—¿Así que quieres aprender a disparar? Pues primero tienes que aprender a manejar uno de éstos.
Subieron al motor de la bodega. Misael tomó el volante mientras le iba explicando.
—Entonces aquí le das si es subida. Es igual que un estándar, pero la palanca es como de un vocho, pero pesadito.
Cuando llegaron a una carretera solitaria, le cedió el volante. Misael quedó sorprendido de la seguridad y lo bien que entendió las instrucciones. Ella lo miró, sonriendo.
—Ahora sí, ya vamos a lo que nos «truje».
—Ay, güerota, de seguro ni Lola la trailera aprendió tan rápido. ¿Quién iba a decirlo?
La Jaiba manejó hasta la bodega. Misael le explicó que, con las cajas, tendría que calcular las distancias aún más, y que tanto el volante como la palanca resentirían el peso.
El sol comenzaba a ponerse. La Jaiba quiso regresar a cenar con Emiliano y acostarlo. Cuando salió de su cuarto, Misael la esperaba en el pasillo.
—¿En verdad quieres aprender a disparar?
—Sí.
—¿Para qué?
—Por si alguna vez tengo que defenderme. Uno nunca sabe.
—Vente, sígueme.
Se subieron a la Lincoln. En el asiento trasero, al volante iba el Grande, y de copiloto, el Puma.
—Tengo que vendarte los ojos, por seguridad, mi Reina.
—Está bien.
Con un pañuelo negro, la vendó. Luego de una hora de camino, sintió cómo la camioneta entraba a un camino de arena.
Cuando se estacionaron, Misael le quitó la venda. Estaban en una playa desconocida, quieta, en silencio, sola. A la distancia se veían las luces de una ciudad, un puente iluminado y algo que parecía una isla.
Caminaron los cuatro cerca de media hora. El Grande llevaba consigo una maleta negra. Al pasar una pequeña montaña de arena, se encontraron con un grupo de hombres. Dos de ellos, armados con rifles largos, asintieron con la cabeza diciendo al unísono:
—Patrón.
Siete más estaban parados de espaldas al mar, con pies, manos, ojos y boca vendados con pañuelos negros similares al que había usado Misael para taparle los ojos a la Jaiba.
Misael, con un gesto, le pidió la maleta al Grande. De ella sacó un cuerno de chivo, cortó cartucho y se lo puso en las manos a la Jaiba.
—Esta es tu primera clase.
—¡No! Así no. ¿Quiénes son? ¿Qué hicieron?
—¡Te vale madres! Tú quieres aprender, órale, ahí están tus blancos. ¡Dale!
La Jaiba respiró profundamente. Esta era su oportunidad de demostrarle a Misael que no tenía miedo, que era igual que él, que podía hacer lo mismo que él hacía. Abrió el compás de sus piernas, apoyó bien la cacha del rifle en su hombro y disparó contra los hombres. Uno a uno fueron cayendo en la arena.
Al terminar, dejó caer el arma. Con los ojos inyectados de lágrimas de odio, lo miró:
—Nada mal para una primera vez, ¿no?
Comenzó a caminar de regreso al lugar donde habían dejado la camioneta, mientras se fumaba un cigarro. Pensaba en las mujeres, madres e hijos de aquellos desconocidos. El Puma se apresuró a ir tras ella.
—¡Ey! —dijo Misael a la distancia—. Necesita estar sola.
Misael recogió el cuerno y lo volvió a meter a la maleta. De ella sacó dos fajos de dólares y se los entregó a los hombres armados.
—Ya saben qué hacer con los cuerpos. Estamos en contacto.
Regresó junto con el Grande a la camioneta. La Jaiba seguía temblando y fumando.
—Tú no necesitas clases de nada. Lo más difícil ya lo hiciste hoy: no vacilar, tener la sangre fría para acomodar el cuerpo y disparar. Porque una vez empezando, lo más difícil es parar. Verás, uno le acaba agarrando el gusto al olor a pólvora en las manos. No dejas de sorprenderme, chulada. Ten, para que te cuides.
Puso en sus manos una caja de caoba. La Jaiba la abrió: era una DoubleTap de Heizer Defense, más pequeña que su radio, bañada en oro y con las iniciales de ambos.
—Es de titanio, por eso casi no pesa. Sólo tiene dos tiros, pero queda claro que tú no ocupas más.
Llegaron a comer hamburguesas al In-N-Out del malecón. Ahí se dio cuenta de que estaban en Brownsville, Texas. No pidió más que una malteada; estaba asqueada, asqueada de sí misma.
De regreso en la finca, la Jaiba se metió a bañar.
—Cuando termines, te espero en la cama.
—Sólo un rato porque quiero dormir con mi hijo.
—Está bien. Yo voy a salir de viaje en la madrugada.
Por más que tallaba y tallaba, el olor a pólvora que cubría sus manos y brazos no se iba por la coladera junto con el agua. Supo que ya no habría regreso. La sentencia había sido dada.
Salió de bañarse y, estando a los pies de la cama, cual felina hambrienta, acarició con su lengua su tótem. Él la tomó del cabello y guió con su puño cerrado el vaivén. Ella extrañaba el cosquilleo de su glande al fondo de su paladar.
—Así me gustas, con rudeza, sentirme sometida entre tus piernas.
Él, con su mano jalándole el cabello como quien lleva la crin de una yegua, la tiró al piso. Empezó a penetrarla, pellizcando sus pezones, deslizando su barba por su vientre hasta sumergir la lengua en su vulva.
—Así, Misa, así. Bien sabes que con esto me matas —gimió ella.
Entonces el piso se mojó, de ella, de él.
Cuando fue al cuarto de Emiliano, él dormía profundamente. Ni siquiera se movió cuando ella entró a su cama. Estaba cada vez más delgado y pálido. Faltaba un mes para que iniciara el invierno, y así como estaba, una gripa podía matarlo.
—Mamita, buenos días. ¿Ya nos vamos con los tatas?
—Ya merito, hijo, ya merito.
Los golpes en la puerta la hicieron despertar.
—Señora, el Puma quiere hablar con usted.
—Dile que me espere en el despacho y dale de cenar a Emiliano.
—Parece que ya encontraron el cuerpo del Señor.
—Entonces dile que se lo dé al Pozolero para que ponga en la misma urna las cenizas de la cabeza. Que pague el rescate y que se prepare para el viaje. Ahorita voy para allá.
Por la madrugada, cuando Misael se subió al tráiler, nunca esperó encontrarse con la Jaiba.
—¿Así que ibas a vender a Emiliano y se te cayó el acuerdo porque no logré hacer que se vea sano?
Misael agarró su pistola del cinturón, cortó cartucho y descubrió que el cargador y la cámara estaban vacíos. Intentó entonces tomarla del cuello.
—Click clack. Mejor bájese, Patrón. Limpiar la sangre es mucho rollo.
—Ay, pinche Puma, siempre tan huevón.
La Jaiba ya estaba abajo, apuntándole con su Colt.
—Menos mal que no me vas a matar con el regalo que te di.
—Yo no te voy a matar, mi Rey. Bien me has enseñado que hay que dejar que otros se manchen las manos por uno.
Vestida de negro, subió a Emiliano en el asiento trasero del Sentra. En la cajuela iba una maleta. Al llegar a la bodega, bajó una bolsa negra de plástico, de esas para basura, llena de dólares, y se la dio al Puma.
Al estrechar su mano, dejó el anillo de compromiso.
—Gracias, algo ha de valer. Cuídate mucho, por favor. Lleva la urna a Matamoros, diles que mi hijo se enfermó, que estoy desconsolada. El Norteño y yo hacemos la entrega en Aguascalientes.
Al girar en Segundo Anillo rumbo al poniente, el sol se escondía tras el Cerro del Muerto, dándole la bienvenida con tonos de frambuesa, uva, fresa y zarzamora. Por el espejo retrovisor vio cómo dejaba atrás el tráiler que conducía el Norteño.
Aguascalientes, Ags. 15 de abril de 2012
Emiliano:
Ayer cumpliste 7 años. Me preguntaste por qué los señores en la puerta te llamaron por un nombre que no es el mío. Lo hiciste con miedo, y luego tú mismo te respondiste: “¡Ahhh! Es porque tienes una identidad secreta, como los superhéroes”.
—Sí, amor, como las superheroínas —te dije sonriendo.
No sé si algún día me alcance el aliento para contarte por qué realmente decidí dejarte con tus abuelos cuando tenías tan solo tres años. No sé si puedas algún día perdonármelo, porque yo aún no logro hacerlo.
Cuando recibas este texto, es porque yo estaré ya muy lejos. Confía en Beto, ese gordito que tienes enfrente. Él te aprecia y ha cuidado de nosotros desde hace muchos años. Sabe que la casa de Jesús María es tuya, así como el departamento de Vallarta (ese que te dije que era de unos amigos). Si aún no cumples la mayoría de edad, Beto tiene la custodia de ellos y de una cuenta que está a tu nombre. No es mucho, pero te servirá de algo.
Beto no solo ha sido mi abogado y consejero; ha sabido ser un buen amigo. Apóyalo y apóyate en él.
Las decisiones que se toman en la vida, muchas veces, mi amor, no se dimensionan. Hace muchos años conocí a un hombre que me parecía lo mejor para nosotros.
Una vez que la vida te enseña a mirar tras tu hombro, es difícil que en algún momento deje de ser así. La confianza es un perfume muy caro que solo a personas selectas debes convidar a oler.
Esta historia que te cuento es solo un capítulo de mi vida, no el más importante, pero sí el más difícil de pasar la página.
Espero que pronto nos encontremos, ya sea en ese país que hemos soñado o, en el peor de los casos (y espero que no muy pronto para ti), en eso que llaman cielo.
Tú sabrás qué hacer con esta historia: si es digna de ser leída por más personas con algún buen propósito o si crees que es mejor que siga en el cajón junto con el diario. Es tuya.
Recuerda, por favor, que si lo haces desde el corazón estará bien hecho; que el amor construye, que desde el amor encuentras la paz. Recuerda que nadie puede arrancarte tu paz ni tu amor; no cedas su poder a nadie ni a nada.
Confía y hazle caso siempre a tus abuelos. Yo no le hice caso a la mía y así me fue.
Recuerda que aunque no nos veamos ni nos oigamos, yo siempre, siempre, siempre estoy contigo. Tú eres mi persona, mi persona favorita. Perdona mi ausencia todos estos años.
Te amo, hijo. Te amo.
Tu Mami.