
Mi abuelita materna se llama Petra, que en latín significa piedra. Cuando lo descubrí supe el sino de su fortaleza y declaré en voz baja que sería siempre mi centro, mi propia piedra angular que me anclaría a la tierra lo suficiente para volar hasta la noche nocturna hasta la estrella más brillante: Arturo, cuyo nombre también es el de mi abuelito.
De niña jugaba con las piedras: juntabas un montón que aventabas hacia arriba, luego volteabas la mano, con la palma hacia abajo y de nueva cuenta lanzabas las pequeñas rocas para atraparlas y cerrar el puño. Ganaba el que lograba apresar más. Luego buscabas guijarros lisos para lanzarlos al bebeleche y saltabas por los bloques vacíos con uno, con uno, con uno, con dos (pies) y así hasta llegar al círculo para retornar en los pequeños pasos. También juntaba algunos pedruscos para jugar a la lotería con toda la familia y ésa se volvió una tradición que todavía de vez en cuando recreamos en casa de mamá.
Mi mamá un día se volvió coleccionista de piedras. La más extraña es una roca pesada y negra que, asegura, es un fragmento de asteroide. Va a veces con la vista hacia abajo y levanta la mirada sorprendida cuando una roca peculiar navega hasta sus pies. Mi hermano se percató de ello desde muy pequeño y un día llegó con su propia colección a entregársela a mi mamá: guijarros sin valor para el mundo, valiosos para ella.
Un día, casi cuando había perdido la adolescencia y me encontraba a punto de subirme al barco de la vida adulta, un pedrusco me fue entregado en la orillita de un río: ése fue mi ancla para respirar y tocar tierra muchos años hasta que un día un par de sábanas se tragó y desapareció de mi vida para siempre. A partir de ahí fui buscando otra ancla una y otra vez hasta que se me regaló una obsidiana que ya no quiso quedarse conmigo y un cuarzo me fue robado de la habitación, se llevaron con él la última etapa de una historia triste. Un corazón negro reposa en el altar tras contener en sí las esperanzas que no fueron suficientes.
Sin embargo, en mi mano izquierda llevo una lunita que me acompaña en mis promesas de crecimiento. He perdido muchas piedras, me han regalado algunas para luego quitarme la amistad y también he ofrecido otras con mis intenciones de protección, pero me queda lo más importante: mi Petra, que me da centro; mi estrella, Arturo, que me guía; y mamá, que me dio su inmensa capacidad de asombro junto a esa mirada de obsidiana que portamos. Las diosas, después de contarles mis penurias, me reglaron el encuentro con un admirador de rocas y espinas.
En este número, queridas lectoras y estimados lectores, les dejamos no sólo alguien que contempla las maravillas de los monolitos, sino que adivina las formas secretas que contienen: los acaricia, les susurra y comienza el arduo camino de encontrar la geometría y el lenguaje de una de las muchas posibilidades que engloba. Rubén Rivera ama las piedras como yo, es el mago que revela los signos que están bajo las capas, cincela y palpa una y otra vez hasta que la voz que el escucha en el interior de las rocas sea visible, rescata la figura para que sea libre en la curvatura y las líneas rectas.
Signos del desierto es una exposición sobre el idioma silencioso que permanece en el aire mientras las polvaredas se toman un descanso, es la materia y la pasión que desenmascaran la dureza para convertirla en la sutileza de un murmullo.
Espero que, como a mí, después de una probadita a esta exposición la lengua les sepa a mineral, tierra roja y sal, que tomen una piedra y se reconozcan en lo milenario del momento. No lo olviden juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero