
ENRIQUE GARRIDO
Algunas veces tenemos la posibilidad de recordar nuestras juventudes, puede suceder a través de una canción, un libro, o una declaración de un cineasta. Para todos es sabido que Joker 2: Folie à Deux de Todd Phillips fue uno de los grandes fracasos en taquilla. Después de la grata sorpresa de la primera, las expectativas de la segunda eran elevadas. Gracias a las críticas no fui a verla. Me dejé llevar por los comentarios de los “expertos” que creen que el cine debe cumplir las expectativas y trabajar en función de la audiencia.
Esto lo noté al escuchar al director de Pulp Fiction. Quentin Tarantino, en The Bret Easton Ellis Podcast, mencionó lo siguiente: “El Joker dirigió la película. Todo el concepto, incluso cómo gastó el dinero del estudio; lo gastó como lo haría el Joker, ¿verdad? Y luego su gran regalo sorpresa, ¡jaja!, que es como si te ofreciera un apretón de manos y sintieras que te disparan 10.000 voltios, es para los fanáticos de los cómics. Le está diciendo que se vayan a la mierda. Le está diciendo ‘fuck you’ a los espectadores. Le está diciendo ‘fuck you’ a Hollywood. Le está diciendo ‘fuck you’ a cualquiera que tenga acciones de DC y Warner Bros. Todd Phillips es el Joker. Una película de Joker, eso es lo que es. Él es el Joker”.
Dicha declaración parecería rebuscada para alguien que dirigió la trilogía de The Hangover (¿Qué pasó ayer?), pero el Joker debe tener humor y mucha rebeldía. Todd Philips no es ajeno a personajes oscuros e irreverentes, de hecho, en 1993 dirigió el documental mítico Hate: GG Allin And The Murder Junkies, donde se habla del controversial arte de GG Allen, un punk que a finales de los 80, junto con su banda, hizo estremecer la escena con presentaciones memorables y olorosas.
Nació en 1956 bajo el nombre de Jesus Christ Allin, pues su padre era un fanático religioso con una fuerte inestabilidad mental que le vislumbró un futuro mesiánico. De ser un mal estudiante, GG Allin pasó a frontman conocido por sus conciertos donde lo mismo podía defecar y orinar en el escenario, practicar la coprofagia, cantar desnudo, autoflagelarse, atacar a los miembros del público o un combo de todo. Sus presentaciones terminaban en zafarranchos, incluso con la policía persiguiéndolos.
Allin consideraba arte tanto a sus actuaciones como su música (con letras misóginas o racistas, muy mal grabadas y producidas). En una de las entrevistas en el documental, el buen Yisus punk lo plantea así: “Mi cuerpo era el templo del rock & roll, y mi carne, sangre y fluidos eran la comunión con la gente».
Ahora bien, el film de Philips fue trascendente porque recogió parte de su última actuación, pues fallecería en 1993 en un sillón por una sobredosis (juró que lo haría sobre el escenario en Halloween del 92) a la edad de 36 años. Su funeral se volvió el mejor homenaje a su carrera: Allin fue vestido con su chaqueta de cuero, en el ataúd se colocó una botella de Jim Beam, como lo había pedido en la canción «When I Die«; al forense se le ordenó no lavar el cuerpo, que apestaba a alcohol, sudor y heces, ni maquillarlo. La ceremonia se volvió una fiesta salvaje, pues sus amigos posaron con el cadáver y ponían drogas y alcohol en su boca.
El documental me sorprendió como la primera vez que lo vi (hace como 15 años) y que recuperé cuando supe que Todd Philips lo había dirigido. Además recordé algo que había olvidado: el arte, sea música, cine, pintura o literatura no debe satisfacer, sino ser; puede ser complejo, violento, o cursi, sin embargo, es una forma de expresión, no de complacencia. Al final Todd Philips agregó otra bomba incendiaria a su opera prima. GG. Allin era seguidor de John Wayne Gacy (sí, el asesino en serie que se disfrazaba de payaso), incluso lo visitó en la cárcel, donde hablaban de filias. Philips, en su versión más Joker, contrató a Gacy para que pintara una de las portadas del documental. Así, dos oscuros payasos se sonrieron fríamente.