
ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Llevo tanto tiempo sin escribirte, podría decir las razones por las que no lo he hecho, pero me sentiría un farsante. Podría decirte, por ejemplo, que es por el trabajo, el entrenamiento (nado más de lo que me habría imaginado, aunque a veces lo hago para competir, no tanto para ganar, sino para ganarle a mis temores), e incluso por los proyectos con los que quiero trabajar este año (académicos, ya sabes, me encanta esas cosas). Sin embargo, me conoces tan bien que es porque hay tanto miedo, tanto miedo que hasta compré el libro innombrable —el del miedo—. Más bien, no quise escribirte por miedo, amigo.
Me horroriza pensar que, después de tantos años, después de haberte apoyado con traducciones, después de haber participado en algunas correcciones, e incluso haber ido a las fiestas de tus hijos, haya perdido realmente el camino para mantener una amistad. Precisamente, me habrías dado el tirón de orejas, más allá de todo eso.
¿Sabes cómo suenan estos párrafos en mi cabeza? Por un lado, una persona con cierta ansiedad (que lo soy), con cierta preocupación (que la tengo, después de tanto tiempo), e incluso sería un poco desastroso. Es decir, un poco neurótico, lo cual es cierto, hasta cierto grado (aunque tal vez todos tengamos un poco de ese exceso de pensar). Por el otro, me siento desesperado, buscando el perdón por haberte olvidado escribir por tantos tiempos. No obstante, aquí estoy sentado, pensando en cómo iniciar la carta, en cómo iniciar el argumento del porqué ya no escribo
Hace unas semanas, pensaba en las circunstancias por las cuales las personas son golpeadas, no tanto por la vida —me resulta reduccionista pensar que es una serie de situaciones que el destino nos dispuso para aprender cualquier cosa, cuando en sí mismo la vida está en otro lado, incluso lejos de nuestro discurso banal sobre qué es vivir (cómo el de Temach u otros creadores que no me quitan el sueño)—, sino por los propios hombres —¿realmente somos los lobos para otros hombres?—, esto por el maratón de La ley y el orden UVC. Es decir, ¿qué tanto nos volvemos víctimas, ¿qué tanto somos la comidilla de los lobos?
Hace unos años, en un momento así, me respondiste que no es tanto las dificultades de la vida, sino las acciones de otro pueden impactar de una o varias formas sobre nosotros, incluso en nuestra salud. Lo cual no es sorpresivo, lo sorprendente habría sido que fuera lo opuesto, y que no nos afectara, para bien o para mal. Pero así no fuimos diseñados, somos así.
Incluso ahora, después de tantos años de mi parte, decido escribir, sabiendo que moriste años atrás, dejando tras de sí una viuda encantadora y dos hijos, cuyos nombres tiendo a olvidar.