
JESÚS PABLO MARTÍNEZ RODRÍGUEZ
“Me siento bien a gusto cuando no hay nadie. Todo es paz. Todo es eudaimonía’’ —oí asegurar a aquellas personas que amo y aprecio. Como si estuvieran en una especie de meditación, de trance; como si entendieran al mismísimo Aristóteles. —No como unos cuates que conozco, que se ahogan en su pesimismo y dudas existenciales.
Y yo, que estaba ataviado entre escrituras y rara vez entre bramuras, decidí callar. Quizá ese cuate que conocen era yo, un tipo de pocas palabras; que ha decidido dejarse crecer el pelo y que, por más que intentaba buscarse, no se encontraba. Rememoraba a Juan Comodoro, que buscaba agua y encontraba petróleo. Y tal cual: yo buscaba certezas, pero me encontraba con más incertidumbre.
Y así, sin más, miré fijamente a mi teclado: aquel desgastado, ya sin algunas teclas; pero que había entretejido varias historias en una misma: desde un prisionero en Guantánamo hasta ídolos que siempre lo serán. Pero, después de haber puesto mi alma en cada relato, planteaba descansar. Lo hice.
Me dirigí a la biblioteca de mi casa, en donde había una cama integrada: había muebles, juguetes, libros… y una máscara que había olvidado. El derrumbe hecho cartón.
¡Ajuaaaaaaaaaaaaa! —grité, como si hubiera sido dotado de una revelación, de una epifanía divina. Y al parecer… pues sí.
Me llevé mi máscara, y subí al segundo piso de mi hogar. Pretendía buscar un espejo, una puerta a mis entrañas, a mis vísceras. A algo que me hiciera recordar quién era yo.
Y, triunfante, lo hallé en el cuarto de mi mamá. Quizá la ropa no era la adecuada, pero algo era seguro: mi reflejo me debía una explicación. Mi máscara, mi existencia. Y lo iba a descubrir a como dé lugar. ¡Oh, esto sonaba muy juvenil, muy contestatario, muy al estilo de Los Años Maravillosos! —repliqué, siendo el quejica de siempre. Recordando a Kevin Arnold y, aunque ya no estuviera en esa edad tan verde; todavía había algo de eso que me movía, que me motivaba a buscarme.
¡Basta de tanto pensar, Pablo! ¡Ponte la máscara ya! —dije en voz alta— Fue entonces que me atreví. Fue… inquietante.
Pretendía diseccionar cada aspecto de la máscara, pero antes de hacerlo… caí en un sueño profundo. Fue lo peor que me pudo haber pasado.
¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhh! —grité, clamando por mi vida, pero contemplándola.— ¡Que alguien me ayude!
Entre tantos vaivenes, pude ver a un duende, quizá un guerrero… llamado Link. Tampoco estaba en esos lares medievales, enredosos; sólo lo veía como un pasaje. Un flashback de mi vida, de mis derrotas y de mis glorias. Estaba en un mundo de videojuego: The Legend of Zelda. Y sin darme cuenta… me inspiré en Majora’s Mask, porque el mundo siempre ha sido visceral, raro. Y siempre lo será.
Viendo ese mundo mágico, sólo pude pensar en los Héroes del Silencio. Era un duende, un perdido; una pequeñez. Y me atreví a cantar:
‘’Y sé que, últimamente
Apenas he parado
Y tengo la impresión de divagar.’’
¿Divagar? Sí, lo admito. He estado divagando, rondando la esquina del mundo. Cantinfleando. Y nunca iba al grano —siendo culpable o inocente, lo dije. Solté aquellas palabras. No las necesitaba más. Me estaban ahogando.
Y vamos de nuevo.
¡Nooooooo! ¡Otra vez noooo! —me transporté a los años 80’s, en las comedias de situación; aquellas a las que les había entregado mi atención perpetua. Pero también me había transportado a lo eficaz de The Wall. O quizá ineficaz, ni sé por qué me había inspirado en ello.
Y así construimos el viaje del héroe, el periplo que nos negamos a alcanzar; hasta las 9 p.m. Finalmente había sido liberado. O quizá nunca fui libre: esa es la dualidad. ¿Qué es la libertad? ¿Acaso existe? —me pregunté, pero ya basta de tantos guiones largos, tantos pensamientos. No tenían sentido.
Por fin pude analizar la máscara, pude hacerme añicos, pude hacer catarsis emocional. Era el hombre más feliz del mundo. ¡A darle!
“Quebranto de sequías multicolores:
Refleja las emociones convulsas
Que se expresa en olores y sabores
Y con alegría profusa y confusa.
Qué horror, a veces era Link,
A veces era el muro,
O quizá Pink
O el arte prematuro.’’
Y ya. Eso es todo. Solté la máscara: aquella color verde, de nariz picuda, ojo azul con iris de diferentes colores tipo Majora’s Mask. Otro cerrado, llorando. Siendo incansable e imparable. También una boca de color rojo que gritaba y no lo entendían. Y la mente explotando.
También yo… decidí explotar, dando así, un…
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