
SARA ANDRADE
La semana pasada fue terrible para Drake, supongo. Entre que media escena del rap lo usaba como piñata, el resto del mundo lo veía caer con la misma maravilla y terror que uno tiene cuando ve un tres descarrilándose o una iglesia quemarse hasta sus cimientos. Luego, si los rumores son ciertos, descubrió que sus propios amigos rezaban por su caída. Si en el Nuevo Testamento vimos la traición al hijo de Dios, ahora estamos presenciando la traición al Judas de Degrassi. Ya no estamos en Toronto, Drizzy.
Escucho a Kendrick Lamar decirle a Drake que él “no es como ellos”. Expone su razonamiento: Drake es un hombre mestizo, canadiense, cantante de pop, a diferencia de Kendrick que es negro, americano, rapero de Compton. No sólo eso. Entre ellos hay una diferencia de índole moral. Drake es un mentiroso y un pervertido, mientras que Kendrick es honesto y un hombre de familia. Sin embargo, del otro lado de la pantalla, las diferencias se difuminan. Para mí (desde mi casa en Zacatecas, México, con veinte pesos en monedas) estos dos hombres son casi lo mismo. Quizá Kendrick tiene una maestría probada y celebrada en el uso de lenguaje, el ritmo y la música, pero él es sigue siendo un hombre americano, millonario, que está hablando de cosas que solamente a él le importan. Me gusta el chisme y el drama y me gusta ver a las personas gritar de emoción porque sus raperos favoritos han sacado música nueva, pero no encuentro un punto de comparación entre mi vida y la de ellos y, porque así es como funciona esto, no llega a interesarme lo suficiente lo que tengan qué decir.
Sobre todo cuando al cambiar de aplicación me entero que en Zacatecas hay quince narcobloqueos, que hay 19 muertos, que hay 30 tráileres en llamas, que la gente no puede llegar a su casa, que el ruido y el olor a quemado que trae el calor de mayo es más de lo mismo. Violencia, terror, inseguridad, confusión. Poco me importa lo que tenga qué decir un rapero cuando veo que en sus ciudades están violentado a los estudiantes que protestan el intervencionismo de Estados Unidos en la soberanía de otros países. Poco me importa que Kendrick nos diga que sólo tiene clásicos, que Drake nos diga que se pudra en dinero y mujeres, que las celebridades respondan, que los socialités salgan en vestidos que sólo puedan ser usados una vez para el Met Gala.
Ellos no son como nosotros. Ellos no saben lo que es vivir al día, lo que es trabajar 12 horas al día sirviendo a otra persona, lo que es tenerle miedo a una calle oscura y vacía, lo que es estar enfermo y saber que no puedes hacer nada, no por falta de medicamento, sino por falta de dinero, de información, de la seguridad que otorga estar en la cima, donde el aire es limpio y la vista clara. Ellos no saben lo que es estar en el fondo, escuchando sus canciones, viendo sus vestidos, presenciado su indiferencia.
Me pregunto entonces, para ponerlo en perspectiva: ¿qué pensaría el conductor del tráiler que falleció entre las llamas sobre la pelea entre Kendrick y Drake?
No hay respuesta porque, claro está, ésa no es la pregunta que deberíamos hacernos.