
ISRAEL ÁLVAREZ
Para atribuir diferencias entre tantos fulanos, menganas y perenganes se utilizan palabras que puedan hacer alusión a ciertas particularidades que permitan no confundir a unos con otres. De tal modo que, aunque mucha gente se llame igual, todo Juan Pérez o María Guadalupe tiene toda una vida más o menos propia para diferenciarse de sus homónimos. La idea de libertad quizás, en ese sentido, también sería tener derecho a tomar el suficiente número de malas decisiones para que aderecen un nombre, lo hagan propio y formen eso que llaman destino. Algunos seguidores de artes oscuras como el psicoanálisis, la astronomía y misticismos jipis varios, aseguran que el nombre impacta en la personalidad y destino del nombrado y en una de esas, pueque tengan algo de razón, pero quizás no suceda tan automática y burdamente como muchas otras cosas sí suceden. La gente entonces no termina siendo como se llama, sino como la llaman, de tal modo que, aunque en las actas de nacimiento aparezca nombrado Juan Pérez o María Guadalupe, puede terminar siendo conocidos como el Pitirijas o la Güera cualquiera de ambos.
Los nombres suelen ser heredados por otros que corrieron con la misma suerte y que pretendieron recurrir a motes lo suficientemente únicos y especiales como para nombrar a un montón de gente y, así, demostrar que los quieren bien mucho. Los recién nombrados se pueden llamar igual que los abuelos, como algún artista de moda, conocidos, amigos, uniendo, volteando o deformando otros nombres o hasta igualito que los mismos nombradores que no se la quieren complicar tanto y recurren a la vieja usanza monárquica de llamarse igual por varias generaciones. Elegir nombres de gentecitas nuevas es una de esas tareas tan comunes que hasta seguro aparecen en Google sugerencias de tan creativa tarea. El otro nombre, el que no se escoge y que se llama apodo, suele ser también impuesto por un nombrador ajeno y suele hacer referencia alguna a atributos físicos o episodios memorables en la vida de los apodados. La Mosca, el Tripa, la Torta, el Panda, la Flaca, el Michi, la Flauta, la Barbi, el Pelos son claros ejemplos de seudónimos adquiridos a base de creatividad externa casi gratuita. No cualquiera es digno de ser apodado, sino que se gana y se entrega al portador por las mentes creativas detrás de los motes.
A los más cercanos se les puede decir de muchas formas lo suficientemente ridículas para que se sepa que se les quiere tan rete harto como para no referirlos por los alias que aparecen en las actas que certifican que sí nacieron, no vayan luego a pensar que es regaño o demasiada seriedad innecesaria para referir a sus queridos por los heredados nombres formales. Eso de conocer a alguien nomás por su nombre es no conocerlo suficiente. Corazón, amor, cariñito, ternura y múltiples referencias de animales chiquitos sirven como palabras lo bastante empalagosas para rebautizar con afecto a los renombrados. Quién sabe por qué también se opta tan seguido por llamarles bebé, nena, papito, mami y otros cariñosos motes que le darían la razón a cualquier psicoanalista permanentemente sospechoso de relaciones edípicas. Una imperante necesidad de rebautizar a la gente estimada persigue a los que gustan elegir palabras propias para al mismo tiempo apropiarse en la boca a sus seres queridos. Los apodos son juicios públicos en los que el sujeto juzgado se exonera con la condición de tomarse a la ligera la personalizada carrilla. Para el imaginario colectivo, los nombres que se dicen propios no bastan para designar las estrechas relaciones sociales que no saben de formalismos.
Para que algo o alguien exista, necesita ser nombrado tanto y tan seguido como para luego nunca querer que deje de existir. El problema resulta cuando por más que se nombre lo perdido, no regresa más que en la mente, los recuerdos y todas esas cosas que sólo existen como conexiones neuronales en la maceta de alguien que nomás no aprende a olvidar. No te digo por tu nombre porque quiero hacerte inolvidable. A todos les digo mi amor por si en una de esas no llegara a equivocarme. Usted, Pitirijas, acepta por esposa a La Güera para amarla y apodarla como un animal lo suficientemente tierno, como su mami o como su bebé, menos como dice en el acta que dice que sí nació, ¿hasta que la memoria los separe? Que bonito suena mi impropio nombre en tu boca que cada vez que me menciona, hasta parece que existo. Llámame por mi nombre sólo cuando te enojes con toda la indiferencia que mi seco alias de pila conlleva. Sólo soy cuando me nombras, aunque no esté y no te quede más que evitar llevarme otra vez a tu boca en otras palabras que se llaman como yo. Cualquier Fulano aspira a ser inolvidable porque sabe que existir no depende nomás de él, sino también de otros casi Fulanos cualquiera.