
MAR GARCÍA
Se ha sostenido que enterraban a sus muertos y que tenían impregnada una fuerte espiritualidad, en el mejor de los casos les procuraban ofrendas florales. Aunque la última aseveración ha sido desestimada, lo cierto es que los neandertales creían que había algo después de la muerte. Diseminados por buena parte de Asia y Europa, sabían bien dónde los habían soterrado y regresaban cada tanto a visitarlos. Se presume que antes de enterrarlos, sus parientes o los miembros más próximos del grupo se comían la carne, arrancándola de los huesos con sus macizos dientes, sorbiendo extasiadamente el tuétano.
De esta suerte de canibalismo espiritual, de aceptar que la agonía y los placeres de la vida se sucedían en la infinidad temporal, las cosmovisiones anímicas se esparcieron por todo el mundo conocido. En la dicotomía entre oriente y occidente, la espiritualidad tomó caminos diferentes, mientras que algunos buscaban el perfeccionamiento y el crecimiento personal, otros hablaban de experiencias esotéricas, unos más de recompensas y castigos una vez trascendido el plano material.
Aún con la escisión y el cisma geográfico, la espiritualidad oriental trascendió sus propias fronteras, perviviendo en el soplo vital de la iconografía pop, en el dominio de ciertas posturas ingrávidas que parecen rebelarse ante toda flexibilidad humana. Un sendero constituido por principios cuyo fin último es la elevación de la conciencia, principios que son graduales y progresivos, como gradual y progresivo es el ritual.
Para levitar es necesario empezar por la constante de las prácticas deontológicas, el cuidado mental, el dominio del cuerpo (ese que no estorba, sino que contiene al espíritu), respirar y olvidarnos del mundo exterior, “el miedo es el asesino de la mente”1, mi cuerpo dorado caminaba en el espacio exterior un círculo de fuego se fusionaba conmigo y se dispersaba desde mí a cada paso, el éxtasis místico. La anhelada cura filosófica, ser espectador y no protagonista de mis, tus, nuestras tribulaciones.
-Dime pequeña, ¿qué te aqueja? Está, aunque no parezca, es, aunque no parezca. Los obstáculos aparecen cuando nos dirigimos hacia la luz. Las estrellas te cubren, el cansancio nos recuerda cuan humanos somos-
Se habían encontrado en las llanuras de Siberia Occidental, cerca de Chajyrskaya, mientras preparaban un cráneo de bisonte. La respuesta instintiva fue el temor, afilar las herramientas frente a lo desconocido, aunque casi podrían reflejarse en un claro de agua. Se miraron fijamente y pronunciaron vocablos que ya no son traducibles; el círculo se abrió y se sentó al lado de la mujer encargada de pulir los cuernos del trofeo de caza.
“No debo temer, el miedo es el asesino de la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Me enfrentaré a mi miedo”2. Repetía incesantemente el mantra mientras se bañaba con flores marchitas y se ungía con aquel bálsamo de tonos verdes y aroma indescifrable.
1Frank Herbert, Dune, Debolsillo, 2020.
2Op. Cit.