
SARA ANDRADE
El asunto de Imane Khalif, la boxeadora argelina, ganadora del oro olímpico, y su linchamiento simbólico en las redes sociales y en los medios no es más que el producto desesperado de las tensiones esquizofrénicas del pensamiento conservador. Ya he hablado de esto en la Manícula: sobre nuestra tendencia hipermoderna de dudar de todo y, por lo tanto, en creer en todo. Los grupos de ultraderecha, los neo-fascistas, los conservadores cristianos son el mejor ejemplo de este pensamiento desquiciado. En su intento por explicar el por qué nuestra sociedad está colapsando y evitando mirar los problemas dentro de casa (capitalismo caníbal, instituciones corruptas, ecología en ruinas) prefieren inventarse un enemigo invisible, un masiosare ubicuo, que sea lo suficientemente neblinoso y real como para enjaretarle todos los males del siglo XXI. El chivo expiatorio, dirían algunos. Las personas trans, señalarían estos locos de trajes ajustados y cruces de oro.
Y el problema es que, cuando no hay personas trans a las qué culpar de su incomodidad por ver cosas que no comprenden en la televisión (a los franceses siendo franceses, por ejemplo), estos infantes espirituales tienen que inventarse a una persona trans. Ése es el riesgo; ese siempre ha sido el riesgo. Cuando les damos la oportunidad de poner en duda las definiciones de género, sexo y expresión, la progresión lógica de su desquicio es que pongan en duda la realidad que percibimos todos con nuestros ojos. Ser testigo no es suficiente. Tener ojos no es suficiente. Ahora, tienes que correr al ritmo de sus miedos y aceptar la realidad distorsionada en la que viven, en la que todos hemos transicionado al sexo contrario, como víctimas de la cabal de reptilianos cirujanos que se alimentan de jugo de rodilla.
Así que Imane, a pesar de ser mujer, de que su pasaporte lo diga, de que su padre lo confirme, de que el Comité Olímpico lo cerciore, de que nosotros la veamos en pantalla, alta y musculosa e increíblemente agraciada, tiene que ser hombre. Porque las mujeres todas lucimos como barbies, supongo. Porque las mujeres no podemos ser altas ni musculosas, ni buenas en lo que hacemos. Porque las mujeres somos un molde que ni siquiera ellos pueden definir. Es una meta móvil, que se transforme según sea su conveniencia. A veces son los cromosomas, a veces los gametos, a veces solamente lo que el resto de las personas decentes hemos dicho todo el tiempo: que si parece mujer, es mujer; que si ella dice que es mujer, entonces lo es.
Y como es de personas que perdieron la cabeza eso de andar revisando lo que la gente tiene dentro de sus pantalones o mandando al laboratorio muestras de médula ósea para comprobar si tienes cromosomas Y, yo las invito a todas las mujeres que me lean que tomemos la ruta de Imane Khalif: pelear como mujer, vivir como mujer, ganar como mujer. Si las palabras y la realidad no son suficientes para éstos que se asustan por imaginarse un hombre con cuernos, entonces tenemos que ignorarlos, silenciarlos y alzar las manos cuando ganemos la presea de nuestra propia felicidad.