
ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
¡Ay, de nuestro alfabeto, herencia milenaria, que nos presenta la Q! A los niños se les dice que es la O con colita, como la Ç, o una suerte de pizza a la que se le quita un trozo. Pizza u O con colita son imágenes que me divierten, aunque esa letra no deja de ser enigmática y singular. Parece que se la incluyó por algún capricho divino, algo así como los meses del calendario cuyos nombres provienen, en su mayoría, de otros significados (junio por Juno, juventud o Luico Juno Bruto, depende de quién lo diga). Tal vez es un capricho o simplemente está ahí para confundirnos. La Q, con su majestuosa curva y su colita, es una diva entre las letras, la reina del drama en la escena lingüística, que siempre “golpea” con su escudo curvado.
Quiero reconocer su necesidad de atención constante. La Q rara vez se junta con otras vocales, y cuando lo hace para formar palabras peculiares y poco comunes, tales como Qatar, qi y Qigong. No puede ir a ninguna parte sin su comadre la U. Son un dúo inseparable, una pareja que se cuenta chismes e historias, en las que rara vez se incluyen a otros, y si eso ocurre ellas no siempre son silenciosas, aunque las demás no entiendan de qué están hablando. Yo creo que ellas son esas comadres, que se cuentan todo y callan cuando los demás están cerca, o bien hablan en clave. ¿Qué sería de “queso” sin su U? ¿Qué es eso de “qeso”? “Qeso” es nada, un absurdo o un desastre ortográfico, esperando a ocurrir (al menos en los estudiantes del español como segunda lengua).
Pero la Q se las arregla para hacerse notar en lugares inesperados, incluso en estos párrafos. Se mete, es una intrusa que aparece en palabras divertidas, raras (algunas de ellas mis favoritas), tales como “quórum” —hace que cualquier reunión, incluso las borracheras, suene mucho más sofisticada de lo que en realidad es—, “quídam” —para llamar de manera elegante a una persona, que no nos importa, un cualquiera—. O en “Quijote”, donde se adueña de ese flacucho personaje, asegurándose de que no la olvidemos. Porque claro, la Q también nos recuerda nuestro IQ, no está aquí para pasar desapercibida. Le encanta ser el centro de las reuniones, la chica linda del colegio.
Su travesura más grande es rompernos las cabezas en el Scrabble. No hay nada más desalentador tenerla ahí sin una U, dejándonos desamparados y provocando que maldigamos nuestra suerte, y esas reglas tan específicas. La Q, también, se vuelve una aliada, un comodín malévolo, para vencer a nuestros enemigos.
Nos da también momentos de pura delicia lingüística y sonora. Sabremos por ella que la “quesadilla” puede o no llevar “queso”, crearnos imágenes bestiales cuando nos lleva a “quimera” o nos asusta cuando “quirúrgico” aparece en nuestros diagnósticos médicos (toco madera). Tiene ese don para elevar el lenguaje para añadir elegancia con un toque de magia y misterio.
¿Por qué la toleramos?: a pesar de sus excentricidades y su inclinación por complicarnos la vida, la Q tiene su propio encanto. Es la oveja negra del alfabeto, la rebelde que sigue sus propias reglas. Y en un mundo donde la conformidad es la norma, tener una letra que se niega a ser predecible es, en cierto modo, refrescante. Así que, celebremos su esplendor, abracemos esa peculiaridad, su dependencia y su inclinación por el drama. Porque al final del día, ¿qué sería del alfabeto sin su singularidad y su locura? Que la Q, con todas sus rarezas, nos acompañe en estos días, pues nos recuerda de que siempre hay espacio para lo extraordinario en este mundo.