ALFONSO VALENZUELA CISNEROS
Tenía 5 años la primera vez que fui consciente del dolor, un niño escondido entre los estantes de la alacena de su cocina, se hizo por primera vez algunas preguntas de las que no tuvo elementos para responder: ¿por qué se está vivo?, ¿por qué se siente?, ¿por qué se llora?; y la que recuerdo con mayor nitidez: ¿por qué no fui simplemente una piedra?
La frágil conciencia infantil puede verse impactada por los horrores de la guerra, por la inmunda bestia que ultraja perversamente el cuerpo del menor o por la pérdida de los progenitores, que lo dejan como un barco a la deriva. Nadie tendría que tamizar la aflicción de un niño para proveerle cobijo.
Ninguno de los motivos anteriores fue causa de la introspección temprana que me aquejó y que hoy ni siquiera recuerdo el origen; sin embargo, sí dio lugar a que vuelva a plantearme otras preguntas para las que seguramente tampoco tendré un rumbo acertado de resolución.
La curiosidad por entender el mundo, así como las sustancias y fuerzas que lo rigen, ha acompañado al ser humano en el tránsito por su historia. La existencia o ausencia de un creador es un debate que rara vez ocupa espacio en los corrillos esporádicos de conversaciones con extraños, pero que, en la intimidad de la habitación y al delinear palabras sobre el papel, se intenta decantar una posición.
Dostoievski opta por la preeminencia de un ser supremo bajo el sustento de que, si no existiera un Dios, entonces todo estaría permitido, incluida la crueldad y la maldad. Ello da lugar a que el hombre que quiere mantenerse en su presencia guíe su actuar bajo los principios morales dictados según la naturaleza y esencia de su hacedor, premiando el cumplimiento y castigando la omisión. Por su parte, Nietzsche, con la declaración de que “Dios ha muerto”, no busca efectuar un ataque teológico, sino diagnosticar el colapso de los valores cristianos, lo que transmuta al individuo para dejar de mirar al cielo y ser capaz de formular sus propios valores.
La cuestión planteada no obedece exclusivamente a una encrucijada relativa a la Causa Primera aludida por Tomás de Aquino, ni a su derivación entre moral y ética, sino que obliga al sujeto, en su individualidad, a fijar postura sobre su concepción del universo, es decir, su cosmovisión: ¿de dónde venimos y a dónde vamos?, ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿qué pasa con nosotros y con nuestros seres amados al morir?, ¿qué es la verdad y si hay forma de conocerla?, ¿existe el libre albedrío?, ¿hay bondad o maldad implícita en la naturaleza?
Cualquiera que sea la determinación en torno a dichas preguntas, ya se conciba partícipe de la causalidad del destino, de la autoconstrucción o de la voluntad divina, solo le resta al hombre vivir con todas las pérdidas, sufrimientos, alegrías y pasiones que la vida tenga por darle. Cuando llegue la recta final, propia o de los nuestros, no quedará más que mirar al enigma de frente.