
JESÚS C.
Últimamente, los días y las noches se parecían demasiado. Tal vez era lunes o al menos así lo indicaba el optimismo rutinario con el que la gente pasaba caminando al empezar una nueva semana. El pulso de la ciudad recobraba su ritmo y los cláxones afirmaban que, a la misma hora, la prisa se vuelve el común denominador de la urbanidad. Yo bebía la cuarta taza de un café insípido para cualquier paladar, pero que, al menos, mantenía mis ojos abiertos. No había podido dormir en días y en el escritorio descansaban montones de papeles, incluyendo la última notificación de las autoridades judiciales que contenía el dibujo de un rostro bastante familiar.
No era la primera vez que me tocaba investigar un caso sin demasiados indicios, pero esta vez algo había diferente. La notificación hablaba de una desaparecida: Fernanda Olivares, una mujer de 27 años que desapareció sin dejar rastro. Lo que hacía extraño el caso no era sólo que no se encontraba ni un solo testigo, además del dibujo, ninguna otra pista. Lo que realmente me desconcertaba era que en mi teléfono había varias llamadas perdidas del número de Fernanda una noche anterior. Intenté regresar la llamada sin éxito, todo era difuso, como parte de una pesadilla.
Al principio, pensé que era una broma. Pero decidí acudir a la dirección de Fernanda. Había olvidado mi teléfono y el sol se desvanecía tras los edificios cuando llegué, y el ambiente gris de la ciudad se volvió aún más sombrío al aproximarme a su domicilio. Era un lugar viejo con paredes húmedas que aún guardaban ecos de otros tiempos. La puerta de entrada rechinó cuando la abrí y, al caminar por el pasillo, me encontré con un ambiente frío que parecía no corresponder al calor del mediodía.
Subí las escaleras hasta el tercer piso en el que estaba el apartamento de Olivares. Toqué el timbre, pero nadie respondió. Pensé en irme, pero la puerta estaba entreabierta y sentí curiosidad por entrar. Con un ligero empujón se abrió completamente, y allí, en el recibidor, pude ver algo extraño. La luz de la lámpara parpadeaba como si estuviera viva a pesar de que no había viento. El ambiente estaba impregnado con una mezcla de aire espeso y un olor que me resultaba bastante común pero que no lograba identificar.
Entré con cautela, el sonido de mis pasos rompía un silencio abismal. La casa estaba completamente ordenada, demasiado perfecta, como si todo estuviera normal. En la mesa del comedor, una taza de café medio llena reposaba junto a un directorio telefónico recientemente consultado, pero lo que realmente me hizo detenerme fue una pequeña nota, escrita con letra pulcra y aparentemente reciente: «Si todo sale bien, mañana estarás leyendo esto. Las pruebas están sembradas».
Un escalofrío recorrió mi espalda al leer esas palabras. Me sentí invadido por la sensación de que algo o alguien me acompañaba, aunque todo parecía vacío. Decidí revisar el resto del lugar. El dormitorio de Fernanda no desentonaba con el orden: todo en su lugar, la cama tendida y una luz tenue filtrándose a través de las cortinas. Sin embargo, en la esquina del armario, algo llamó mi atención: una pequeña caja de madera, dentro encontré una serie de fotografías en blanco y negro, todas relativamente recientes.
Fernanda aparecía en todas las fotos, siempre con una expresión confundida, como si estuviera atrapada en sus propios pensamientos. Lo más desconcertante fue la última foto, mostraba a Fernanda en lo que parecía ser un parque de la ciudad, sonriendo con la mirada vacía, como pensando en otra cosa. En el fondo de la imagen junto a ella, algo identifiqué que me perturbó, se alcanzaba a ver una figura borrosa, una sombra que no parecía formar parte del paisaje y que no tenía por qué estar ahí, un sujeto muy parecido a mí.
En ese momento, el sonido del timbre me sacó de mis pensamientos. Giré rápidamente hacia la puerta. ¿Quién podría estar afuera? Ahora ya era muy tarde para visitas. Salí del cuarto y llegué a la puerta, donde me encontré con una joven que no reconocí. Su rostro mostraba una expresión seria, casi tensa.
—¿Puedo ayudarte? —pregunté.
—Soy la amiga de Fernanda —respondió con voz temblorosa—. Ya hice todo lo que usted había indicado. Ella le agradece todo el apoyo. Un frío intenso me recorrió el cuerpo. Las palabras de la mujer, la nota, las fotos, todo guardaba relación. En ese momento supe que algo mucho más grande había estado sucediendo. Tal vez Fernanda no había desaparecido en absoluto y todo era parte de un plan. Tal vez yo sólo necesitaba dormir un poco. Regresé a la oficina y comprobé algo que temía. Parecía que seguía siendo lunes y sobre el escritorio descansaba media taza fría de café, un informe judicial con el dibujo de un rostro familiar y en mi teléfono, otro par de llamadas perdidas.