
DAVID CASTAÑEDA ÁLVAREZ
¿Alguna vez has leído un libro de poesía dedicado a una sola flor? No es cualquier flor. Es tal vez la más enigmática y simbólica: la rosa. Reiner M. Rilke (1875), poeta de ángeles y acantilados –entre otros temas sublimes– dedicó un libro entero en el que intentó descifrar el aroma, la forma, el color, incluso el sueño de esas flores. Pese a que escribió en alemán libros como la Elegías de Duino, escribió Les roses, en francés, aproximadamente en 1924.
En sí misma, la rosa es una flor, una insuperable potencia de representación en la pintura y en la literatura. Una flor de ornamento o una flor que esconde otra cosa: un ojo, un sexo, un sueño, una espina. Así lo explica Cirlot:
“La rosa única es, esencialmente, un símbolo de finalidad, de logro absoluto y de perfección. Por esto puede tener todas las identificaciones, que coinciden con dicho significado, como centro místico, corazón, jardín de Eros, paraíso de Dante, mujer amada y emblema de Venus, etc. Simbolismos más precisos derivan de su color y del número de sus hojas. La rosa blanca y la roja están en la relación que la alquimia determina entre ambos colores. La rosa azul es un símbolo del imposible. La rosa de oro es un símbolo de la realización absoluta. Cuando la rosa se presenta en forma circular corresponde al sentido de los mandalas. La de siete pétalos alude al orden septenario (siete direcciones del espacio, siete días de la semana, siete planetas, siete grados de perfección). Así aparece en el emblema DCCXXIII de Boschius Ars Symbolica y en el Summum Bonum de Robert Fludd. La rosa de ocho pétalos simboliza la regeneración.”
Estos poemas sobre rosas de Rilke son pequeñas obras de un artesano del lenguaje. Engranajes de palabras en poemas de unas pocas líneas. La rosa es cualquier cosa del mundo que expresa su belleza. Un aroma o un libro. La hermosura o la crueldad. El movimiento, el ser o no ser. Veamos algunos ejemplos.
No hablemos de ti. Eres inefable
por naturaleza.
Otras flores adornan la mesa
que tú transfiguras.
Te ponen en un simple jarrón,
y he aquí que todo cambia:
es la misma frase, quizás,
pero cantada por un ángel.
En este poema, la sola presencia de la rosa transfigura un espacio, mientras que otras flores únicamente adornan la mesa. La rosa es entonces una flor de metamorfosis que no pertenece a los objetos o entidades naturales, sino a las divinas. El poeta le pregunta a la rosa:
¿Contra quién, rosa,
has adoptado
estas espinas?
¿Tu alegría demasiado fina
te obligó
a transformarte en esta cosa
armada?
Un alma puede ser una rosa. Una persona. Alguien que se esconde detrás de sus espinas. La bondad, o mejor dicho, la alegría demasiado fina, necesita armas puntiagudas. En la siguiente pieza, Rilke nos habla del sueño de las flores, su ensimismamiento y su extravío.
Apoyándote, fresca, clara
rosa, contra mi ojo cerrado -,
parecerías mil párpados
superpuestos
contra el mío, ardiente.
Mil sueños contra mi disimulo
bajo el cual voy, errante,
por el perfumado laberinto.
Es la rosa entonces como un ojo con decenas de párpados cerrados. Uno ojo que se sueña a sí mismo dentro de un “perfumado laberinto”. ¿Qué sueña la rosa? Y, si la soñáramos también, ¿no arruinaríamos ese sueño? Otro tema de Les roses, la fragilidad y el vertiginoso paso del tiempo:
Una sola rosa es todas las rosas
y es ésta: el irreemplazable,
el perfecto, el dócil vocablo,
que encuadra el texto de las cosas.
Cómo lograr decir sin ella
lo que fueron nuestras esperanzas,
y las tiernas intermitencias
en nuestro incesante partir.
La rosa se llama “rosa”; ése es su nombre, su “perfecto, dócil vocablo”, como mi nombre y el tuyo, lector. Así nos encuadramos en el texto de las cosas. Somos en una realidad determinada. Soñamos, sentimos alegría o tristeza. Nuestro nombre es el testimonio de ese “incesante partir” del que habla el poeta. Rilke escribió las rosas para “fijar” su imagen. Así, escribamos nuestro nombre, amable lector, para que no quede impune nuestro paso por el mundo. Nos leemos después.