
Por Ezequiel Carlos Campos
Tengo muy mala memoria. También soy extremadamente malo para los idiomas. Pienso que estas dos carencias en mi vida se mezclan para formar parte de mi personalidad: soy distraído, no logro guardar en mi mente lo que se me ha dictado en la clase, pero si lo escribo se queda un tiempo, luego se va, todo se va en algún punto; releí un libro que había leído en quinto semestre de la licenciatura porque no me acordaba de la historia, ni siquiera de pequeños bosquejos de las imágenes que me quedaron al leerlo, nada. Hace muchos años me aventuré a aprender un nuevo idioma y batallé muchísimo, ¿cómo alguien con tan mala memoria puede recordar qué significa tal y cual palabra y cómo relacionarla en los distintos tipos de casos gramaticales, por ejemplo?; ahora, muchos años después, intento aprender desde cero otro idioma y de veras que no puedo, por más que intente concentrarme, poner atención en clases, dormir bien, leer en ese idioma, practicarlo en aplicaciones del celular, hablarlo con mis compañeros de clase, no puedo, siento un pequeño mecanismo en mi cerebro moviéndose lo más rápido posible, pero no carbura, no logra darle rienda suelta al lado cerebral de los idiomas. Si digo que no puedo, ¿se me consideraría un débil? Hay cosas que alguna gente no puede hacer, otras sí. Veo a mis amigos hablando y leyendo en varios idiomas, los admiro, intento ser como ellos, pero no puedo. Algunos que viajan y aprenden el idioma del país al que van en un par de semanas para darse a entender con las palabras y frases básicas. ¿Qué debe hacer alguien como yo, cuya memoria funciona un rato para después esfumarse? Mi vida se rige en el presente, en lo que he hecho hoy. Si me preguntan qué hice ayer, el fin de semana, el mes pasado, cierro los ojos y ese mecanismo pequeñito no logra ayudarme a lo que se me pregunta. No recuerdo ni qué hice ayer, voy a andar sabiendo qué hice aquella fecha. Acontecimientos, momentos clave, no son las únicas cosas que no recuerdo, sino también a la gente, sus caras, sus nombres. Cuando viajo a la ciudad donde nací sucede que me encuentro a personas que me hablan, me saludan, me dicen que si los recuerdo, que nos topamos en ciertos momentos de la infancia o adolescencia; uno de mis peores momentos en esas circunstancias es cuando tengo que mentir, claro que sí, sí me acuerdo, hace mucho que no te veía. Es obvio que no me acuerdo y, si sale algo bien del momento, cuando la persona me platica empiezo a recordar poquitas cosas, pero la mayoría de las veces no, miento. Mi mala memoria y mi mal funcionamiento en aprender idiomas tenían que ir de la mano, hasta que lo descubrí.
Daniel Mediavilla, en su artículo “‘Un idioma es una forma de ver el mundo’: las personas que hablan distintas lenguas memorizan mejor”, publicado el 18 de agosto en El País, aparte de señalar que cuando se habla una lengua extranjera nosotros tendemos a tomar decisiones “menos emocionales y más utilitaristas”, moralmente hablando; hablar un nuevo idioma es una forma de ver el mundo; el autor cita a Viorica Marian, quien dirige el Laboratorio de Investigación en Bilingüismo y Psicolingüística de la Universidad del Noroeste, en Chicago, señala que “la realidad es una recreación producida por nuestro cerebro y que diferentes idiomas activan diferentes redes neuronales”. El caso es que, después de experimentar con personas que hablan dos idiomas o sólo uno, los bilingües tienen una mejor memoria porque pueden memorizar grupos de palabras con sonido similar en su propio idioma y en el segundo, una mayor flexibilidad cognitiva. En la investigación se dice que “la experiencia del idioma no solo influye en cómo la gente percibe su entorno, sino también lo que recuerdan a largo plazo”, por lo que aprender un nuevo idioma ayudará a sentir y recordar mejor.
No sé si el dedicarme más a aprender nuevos idiomas me ayude a tener una mejor memoria o viceversa, quizá sólo estoy justificando mi poco entendimiento a los idiomas o deslindarme de la vida real al recordar mi mala memoria cuando no me acuerdo de algo o no quiero pensar en eso. Me da miedo llegar al punto de olvidar lo que he leído, como en el caso que he contado, que eso se vuelva tan cotidiano que leer sea algo inservible para mí, porque lo más probable es que la mala memoria aumente al punto de no saber quién soy, qué leo.