
SARA ANDRADE
Es muy fácil ensimismarse. Es lo más fácil que hay. El bed rotting, el doom scrolling, el maladaptive daydreaming y otros pesares en inglés que parecen más contagiosos que el omicrón. La inercia del encierro pandémico nos llevó directito a la vida hikikomori que solamente conocíamos como exageración caricaturesca. El loco que vive encerrado entre su basura. La señorita Havisham usando su viejo vestido de novia, atrapada en el pasado y en el interior de su casa. Toda la vida nos han enseñado a desear lo contrario: a ser la chica popular, a anhelar la vida de los protagonistas que se quedan con el amor de su vida, a salir a París y realizar nuestros sueños, a disfrutar de la vida, más allá de nosotros. No quedarse aquí, sino avanzar hacia allá afuera, donde el futuro es posible.
A lo que voy es que hace 20 días mi primo se casó y una gran parte de nuestra familia se reunió para celebrar la unión. Y adoro las bodas. Adoro el ritual grandilocuente de la promesa que dos personas se hacen para pasar el resto de sus vidas juntas. Soy un loca antisocial, pero soy una loca antisocial romántica.
Es raro para mí, quiero decir, ver de vuelta mi cara reflejada en la de tantas personas, escuchar mi voz, mis inflexiones, mis lugares comunes. No debería ser raro porque, después de todo, todos ellos son mi familia, pero vivo tan ensimismada en un mundo que no es real, que no puedo evitar sorprenderme de la obvio. Esa es mi experiencia la mayor parte del tiempo: la de un cachorro descubriendo que si metes la pata al agua te mojas. Y la experiencia poco novedosa en ese momento fue la de darme cuenta de que a pesar de que me esfuerzo en pretender que estoy sola en realidad no lo estoy.
Es fácil caer en esa falsedad. El dolor es personal, intransferible. El discurso que nos hacemos entre nosotros y la voz dentro de nuestra cabeza solo tiene un testigo. Pero es cuestión de sentarte a la mesa con tíos y tus primos y el monológo necio se ve ahogado por el bullicio feliz de un grupo de personas que se quieren. Que si te acuerdas de esto, que si sabes qué le pasó a fulanita, que si las cosas en la ciudad son muy diferentes o muy parecidas a la de la otra ciudad. Que la distancia se siente corta, la sangre se siente muy caliente. Estos son los míos, te dices. Estas son las personas que, por la virtud de haber nacido entre sus manos, me quieren y me protegen. No hay regalo más precioso que ese. No hay amor más claro que el que se hace entre las personas que llevan tu apellido.
Y pienso que no necesito recurrir a conceptos anglosajones para describir esto que siento que me siento amada y amo de vuelta: memoria, techo, abrazos, comida, calor, manos, promesas. Familia. Esa palabra que quiere decir “no solo eres tú, sino que estás dividida en más”. Somos tantos más, que no hay vocabulario para contabilizarlo.