
SARA ANDRADE
No me gusta ser indiferente. Quisiera abordarlo todo en su justa medida, abrir y cerrar la mano según sea necesario y aprehender ese algo de tal manera que ni se suelte ni se rompa. Pero como soy una persona solamente, estoy condenada a pasar de largo más cosas de las que puedan interesarme. Es el problema de los higos de Sylvia Plath: hay tantos frutos en este árbol que es la vida y solamente puedo tomar uno a la vez, dejando morir al resto. Para Sylvia eran los caminos que puede tomar una persona en su vida; ser doctora, o pianista, o exploradora, o más valiente o más cruel. Para mí, criatura arrastrada por mi pathos, son libros de fantasía china. O novelas escritas por mujeres, o poemarios del siglo XIX, o novelas de caballería, o las muchas traducciones que existen de la obras de Esquilo. No tengo ni tiempo ni ganas. Lo que tengo son dos manos, dos ojos y unas piernas que se acalambran luego de pasar ocho horas leyendo el libro en turno.
Como no puedo consumir absolutamente todo (series, películas, obras de teatro, óperas, videoensayos de YouTube, TikToks sobre osos panda, entradas de Substack, fanfictions de Star Trek), me doy a la tarea de consumir lo poco que puedo de manera absoluta. O sea, que cuando me prendo de algo, tengo esta necesidad imperiosa de comerme carne, cartílago, entrañas y huesos. Ahora, por ejemplo, estoy leyendo novelas chinas de fantasía. No sé nada sobre su literatura, salvo las imágenes etéreas de sus textos clásicos, mi cabeza occidental choca de manera constante con las sensibilidades de las metáforas de esta tradición y la pronunciación de sus nombres enreda mi lengua. Y sin embargo, me siento diligentemente en mi escritorio, como un escolar, y leo con emoción cada línea y, entre los dedos, acarició las imágenes que arman la narrativa. Me tomo mi papel en serio: releo el Tao Te Ching, me suelto el pelo, busco dónde queda Chongqing en el mapa, reconsidero el abanico y el paraguas de papel como objetos de absoluta belleza. Me hundo en este mundo; me pongo el hanfu, hago genuflexiones y le prendo incienso a mis ancestros, absolutamente imbuida en mi experiencia estética, en mi pasmo de lectora.
Es una lucha en contra de la insignificancia, porque sin el ancla del propósito, siento que me hundo en el ruido del mundo. No me gusta que las cosas no digan nada; no me gusta no decirles algo a las cosas. No entiendo el interés de otra forma. No puedo ser casual, no tengo la capacidad para ser superficial; pero, sobre todo, no quiero hacerlo. Quiero que mis lecturas del mundo sean tan obsesivas y profundas y significativas que provoque hartazgo y desesperación para los que no forman de este bucle de retroalimentación caníbal. Es algo que hago conscientemente: si leo una novela, quiero que la novela me consuma con el mismo vigor con el que yo lo hago. Me planteo ser un ouroboros del entusiasmo y orillarme hasta las lágrimas. Llorar porque también se llora de gusto y sentir que valió la pena el escoger este libro entre el oceáno de libros que nunca leeré.