
A Gal, porque en medio de su nostalgia, siempre habrá un cumpleaños por celebrar
JOSÉ MÉNDEZ
No le he enseñado a mi hija a leer literatura fantástica, quizás es porque este mundo que ahora siente, ha perdido esos detalles. —Mira papá, este silencio tiene forma de caracol —y aprieta los labios como buscando un beso.
No le he enseñado a leer magos que levantan plumas con conjuros extraños, ni a creer en lenguas distantes nacidas para atrapar serpientes o adormecer dragones, mucho menos en seres diminutos merodeando por las sábanas. La literatura es eso, un grimorio capaz de imposibilitar los males, la vida, un síndrome que reprime. —Mamá, Papá, hay algo en mi cabeza, pero no les había querido decir, al parecer, soy Atea —y toma entre sus brazos un aparato tecnológico que le sirve como oráculo.
Yo soy el otoño, la hoja silvestre, el rumor de las aves que se niega a caer.
No le he enseñado la mala costumbre ajena de diferenciar el sexo, si el color femenino es rosa o el azul te hace más hombre. —¿Qué te parece esta camisa, Mar, no me hace ver muy femenino?— Gal se levanta del ensueño cósmico para terciar —Papá, las prendas de ropa no tienen género —continúa leyendo la inocencia desgarbada de su Mafalda.
Yo soy la inocencia, el mar acumulado en los atardeceres que me he perdido, la balsa que encalla mientras me veo tejer la esperanza, yo, poco o nada, soy el olvido.
No le he enseñado a defenderse con los puños cerrados, pero sí, a ignorar a quiénes no merecen la palabra. No es sencillo educar a una hija, estás convencido de que ella debe ser libre, tomar decisiones, cometer sus propios errores, caer, cometer errores, sanar, volver a ser libre. —Quisiera ser aeromoza, pero le temo al miedo de los demás, como yo al mío.
Yo soy el grito ahogado de las que no saben luchar, de las que tienen miedo, de las que no han herrado alas, de las que guardan la espada y prefieren soñar. Soy el grito de las que arrancan la tierra, que cuestionan deidades, que sufragan la pérdida y los arrebatos, soy tu canto, lo que envuelve, tu otro brazo.
No le he enseñado que la lucha propia no es ajena a la indiferencia, menos, a la concepción de lo que existe. —¿Mamá, hoy irás a la marcha?. —Sí. Replica ella. —Pero no quiero que te atrapen. —Eso no pasará —y se cuelga su sudadera con tonalidades a la causa para acompañarla.
Yo soy aquella sombra que has olvidado para no sanar, la luz opaca en los labios del grito insultante, la fiera con el rencor en la fauces, la última bocanada de inocencia antes del recuerdo, lo que no has vivido, lo que no vivirás, lo que por fortuna hoy y jamás, sabrás nombrar.
—Gal, ¿qué te pareció la marcha?. Responde —Al principio me dio vergüenza gritar, luego lo hice y hoy se me ocurrió escribir algo:
«Sólo puedes mirar, está prohibido tocar,
Si no sufrirás las consecuencias,
Está prohibido tocar, sólo mirar
Si no te daré un puñetazo.
Como gota de agua que baja de la nube,
Está prohibido hablar, está prohibido callar.
Pero es confuso como gota de agua.
Está prohibido tocar y mirar como gota de agua hasta desaparecer.
Mirar, mirar, tocar, tocar, hablar, hablar, callar, callar.
El sueño es mental,
Si no hablas verás la muerte para renacer en otro mundo.
Gotas de agua caen,
Soñar otra vez y despertar en la dimensión sin salida.
Explosión en la tierra por no escuchar,
Y ver la muerte, llorar la muerte y volver a pensar»1
En medio de nuestro silencio, vuelve la mirada hacia la ventana para surcar con melancolía.
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1 Gal Iberia, 11 años. Transcripción.