
Hay momentos en los que la mirada se convierte en tránsito, en una forma de atravesar el espacio sin moverse, de abrir pasajes entre el presente y la memoria. Las ventanas de Héctor Salazar no son simples aperturas en la pared, sino intersecciones entre el adentro y el afuera, entre lo visto y lo intuido. Nos obligan a preguntarnos qué ocurre más allá del marco, qué historias quedaron suspendidas entre la luz y la sombra.
En sus cuadros, el color no es solo una elección estética, sino una pulsación que da ritmo a la composición. Los azules, los ocres, los púrpuras y los verdes se despliegan con una intensidad que no busca representar, sino provocar. Los muros inclinados, las perspectivas fragmentadas y la repetición de formas arquitectónicas generan un vértigo sutil, una sensación de que algo está a punto de moverse, de desbordarse fuera del lienzo.
Las casas se multiplican como ecos de una ciudad interior, pero en ellas no hay figuras humanas, solo ausencias. La soledad no es un tema explícito, pero habita en cada rincón, en cada umbral que permanece vacío. Es un vacío que no pesa, sino que sugiere, que deja abierta la posibilidad de lo que no se nombra.
En una de las piezas, una silla púrpura ocupa el primer plano, de espaldas a quien observa. Frente a ella, un paisaje de casas sin puertas, de ventanas que miran sin ser miradas. La silla, con su estructura firme pero inquietante, parece una invitación a detenerse, a ocupar ese espacio y observar lo que ocurre en ese horizonte imposible. ¿Es un lugar de espera o un sitio de contemplación?
En otra obra, las fachadas de las casas se convierten en una marea púrpura que se extiende hacia el cielo. La repetición obsesiva de las formas genera una sensación de asfixia, pero también de orden, como si cada volumen estuviera en su sitio dentro de un patrón secreto. Entre los ángulos y las sombras, la pintura no solo sugiere un paisaje, sino un estado mental, un tránsito entre la certeza y la duda.
«Ventanas: Un viaje interior» es más que una exposición; es un ejercicio de observación detenida. Es la posibilidad de mirar hacia fuera para entender lo que ocurre dentro, de abrir un marco y descubrir que el espacio que habita la pintura es el mismo que habita la mirada.
No olvide que ustedes, queridas lectoras y estimados lectores, pueden visitar esta exposición en la Galería Vetagrande, donde muy amablemente abrieron las puertas de su casa también para observar el interior de un lugarcito de este pueblo suspendido entre las sombras y los paisajes.
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero