FOTOS/TEXTO: Karen Salazar
La noche de este jueves, la Plazuela Miguel Auza se llenó de un público dispuesto a “rajarse el corazón”. En ese ambiente expectante, Real de Catorce tomó el escenario y transformó el espacio en un territorio íntimo, casi confesional.
Con un foro abarrotado, la banda ofreció un recorrido por algunos de sus temas más representativos. “Sola” abrió una atmósfera introspectiva; “Contraley” marcó un pulso más crítico; mientras que “Beso de Ginebra” llegó como una de esas canciones que parecen decirse al oído, entre la melancolía y la memoria.
Al centro de todo, José Cruz sostuvo la noche con una presencia sobria, pero profundamente expresiva. Más que interpretar, el maestro parece habitar cada canción: su voz, áspera y contenida, conecta con el público desde un lugar honesto, sin artificios, reafirmando su lugar como una figura esencial del blues en México.
“Adiós, partí” marcó uno de los momentos más emotivos del concierto, la noche de pronto se detuvo un instante, como si la despedida necesitara más tiempo para ser comprendida. “Sostente de pie” sonó como una plegaria y una sentencia, y, hacia el cierre, “Azul” reunió todas las voces: una marea que creció desde el escenario hacia la plaza, convirtiendo la despedida en un canto colectivo.
La presentación de Real de Catorce en el FCZ 2026 confirmó la vigencia de su música y la profundidad de su vínculo con el público. En la Plazuela Miguel Auza, la noche no terminó con el último acorde: quedó suspendida en las voces que aún repetían la canción, en los aplausos prolongados y en esa sensación compartida de haber asistido a algo más que un concierto: a un milagro. Porque cuando la música logra tocar esa fibra íntima, lo que permanece es el fuego de un blues.












