
Con esta pequeña reflexión que a continuación te presento, amable lector, quiero comenzar una serie de aproximaciones a la lectura del poema. A riesgo de ser sumamente simplista, me gustaría ir de lo general a lo particular, al mismo tiempo de que parto de un acercamiento formal a uno de contenido. La poesía es, pues, una expresión humana y, por tanto, artificial, que sólo ocurre o se concibe a través del lenguaje.
Los griegos fueron los primeros en meditar en este tipo de arte. A Platón no le caían muy bien los poetas porque decía que tergiversaban el orden y ponían en riesgo la República. Aristóteles, en cambio, era un poco más indulgente y demostraba, como muchos otros, una profunda admiración por Homero, autor (tal vez ficticio) de La Odisea.
Aristóteles decía que la poesía se dividía en tres: epopeya (cantos de guerra), la comedia y el drama. Para este mismo filósofo, lo ideal era que un buen poema, por lo mismo de que era bueno, se debía imitar, y el mejor imitador era, en realidad, un buen poeta (no existía, para su fortuna, el copyright).
No olvidemos que, en aquellos tiempos, el poema se cantaba y memorizaba. En este sentido, los poetas desarrollaron un sentido finísimo del oído a través del ritmo y, después, de la rima. Inventaron un montón de medidas (o metros) para cada verso, según la acentuación rítmica de los mismos, o sea, donde caen los sonidos más fuertes.
Todo ello pervive; quiero decir, la concepción del poema como un arte emparentado con la música. Desde la parte formal, la pieza poética se puede analizar desde diferentes aspectos. Uno de ellos es justamente desde el número de sus sílabas, su ritmo y su rima. Si hacemos un enorme salto temporal (griegos
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;
Cada uno de los versos tiene once sílabas (es endecasílabo) y posee una rima regular en la que coinciden los sonidos del primero y del último, así como de los dos que se hallan al centro. Lo emocionante es también la coincidencia de los acentos marcados, por mí, en rojo. Es decir que el sonido es mayor en las sílabas 2, 6 y 10. Además de cuidar la métrica, la rima, que literariamente se escribe A-B-B-A, el poeta se preocupó por una cadencia regular al interior de los versos a efecto de generar un sonido armonioso.
Uno creería que en la actualidad, esta parte rítmica se encuentra descuidada. Pero muchos buenos poetas, preocupados aún por el sonido, lo siguen ejercitando. Pondré un ejemplo de César Vallejo (siglo XX) para que el lector lo aprecie mejor:
Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.
El ritmo acentual del primer verso recae en las sílabas 1, 4 y 8, mientras que en el segundo y tercer verso se escucha en las sílabas 2, 4 y 8. El poema, además, tiene una rima asonante, es decir, que sólo riman las vocales del segundo y tercer verso en e-o (me-nos, lle-ga-re-mos). En resumen, una manera de leer y disfrutar la poesía es desde la métrica, la rima y el ritmo. Prometo seguir con otras formas de leer un poema en el número que viene.
Nos leemos después.